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Viernes, 18 Septiembre 2015 10:22

El único periodista lagunero que fue testigo (Sismo en México, 1985)

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Julián Parra Ibarra| Metrópolis


Caminar por las mismas calles que solía recorrer dos años y medio atrás en su época de estudiante de periodismo en la escuela Carlos Septién, pero ahora entre edificios derrumbados, con calles abiertas como si hubieran sido bombardeadas, escuchar de manera simultánea el incesante ulular de sirenas -de ambulancias, camiones de bomberos, patrullas-, con los ‘ayes’ de dolor de los atrapados bajo los escombros y los gritos desesperados de quienes intentaban remover pesadas lozas para rescatar a los heridos y a los cuerpos de los fallecidos, marcó para siempre a Juan Noé Fernández Andrade.

La mañana del 19 de septiembre de 1985, el veracruzano –de Córdoba- recién llegado a La Laguna, se disponía a ir a una entrevista que tenía agendada con el entonces presidente de la Academia Mexicana de Investigadores con quien se encontraría en las instalaciones de la Universidad Autónoma de Coahuila. No bien terminaba de descender la escalinata de la puerta principal del periódico

La Opinión, cuando fue alcanzado porque era llamado por la directora, Velia Margarita Guerrero Jaramillo.
El tiempo sólo alcanzó para recibir al mismo tiempo que los viáticos, las instrucciones para viajar de inmediato a la ciudad de México donde, cuando el día era muy joven esa mañana del 19 de septiembre de 1985, se había registrado el peor sismo de la historia en la capital del país. No hubo tiempo de regresar a casa, ni hacer maleta porque el vuelo estaba por salir, Fernández Andrade partió sólo con lo que llevaba puesto.

Los daños en la infraestructura hacían prácticamente imposible la comunicación hacia y del Distrito Federal, las líneas telefónicas estaban colapsadas y por amplios lapsos el telex -la herramienta utilizada para la transmisión de noticias entonces-, permanecía interrumpido. Sólo se tenía acceso a las imágenes que se transmitían a través de la televisión.

Antes de que el avión aterrizara cerca de la una de la tarde, Juan Noé empezó a dimensionar la magnitud de la tragedia porque desde al aire se podía advertir una enorme nube de polvo por todos los edificios caídos –“se calcula que hasta 30 mil estructuras cayeron, entre casas edificios, escuelas, hospitales”, recuerda-. Ya en tierra, las dificultades para moverse, la mayor parte de las estaciones del metro permanecían sin operar, unas colapsadas por el sismo, y otras por razones de seguridad porque se mantenían las réplicas tras el sismo de 8.1 grados en la escala de Ritcher.

Camino al periódico Excélsior para encontrarse con un ‘paisa’ veracruzano -el periodista Fausto Fernández Ponte-, Juan Noé Fernández pensaba mientras se iba adentrando en la ‘zona cero’, que las experiencias que había vivido casi dos años atrás en El Salvador y Nicaragua donde dio cobertura a sendos terremotos, nada tenían que ver con lo que tenía frente a sus ojos, “además es tu país, caminar en esas condiciones las calles que recorrí tantas veces cuando era estudiante de la (escuela Carlos) Septién y ver que milagrosamente se había mantenido en pie en medio de tantos edificios caídos, como el Hotel Regis que estaba a 200 metros”.
Aún con el compromiso de cubrir periodísticamente el hecho para el periódico La Opinión, Fernández Andrade, se dio tiempo para ayudar en algunos momentos en las labores de rescate durante los tres días que permaneció como el único periodista lagunero enviado al Distrito Federal.

“Fue muy triste, esa es la peor experiencia trágica, dentro de lo que como periodista le toca uno ver, escuchar o enterarse”, dice mientras se le quiebra un poco la voz, “de hecho casi no me gusta hablar de esto, porque son experiencias que te marcan de por vida sobre todo si eres joven. Creo que ha sido la mayor tragedia pero al mismo tiempo el mayor ejemplo de solidaridad, de fraternidad, se podría decir que hasta de nacionalismo”.

Luego de experimentar la réplica registrada el 20 de septiembre y de haber permanecido durante tres días en la capital mexicana, en los que recorrió las devastadas calles para consignar todo lo que vieron sus ojos en las páginas de La Opinión, Juan Noé regresó a la Comarca, pero marcado por esos hechos para el resto de su vida.

“Me dejó marcado el ver los cuerpos aplastados por toneladas de escombros, los gritos de la gente herida y atrapada. Cuando regresé, no digo que haya soñado o que tenía pesadillas, pero sí por las noches al ir a la cama permanecía en mí la sensación de seguir escuchando el ulular de las sirenas de las ambulancias, de las patrullas, de los camiones de bomberos, los gritos lastimeros de los heridos y los desesperados de los voluntarios cuando encontraban a personas o cuerpos atrapados entre los escombros de los edificios derrumbados”.

 

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