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Lunes, 23 Noviembre 2020 09:34

LA VIDA ANTE SÍ

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Pura nostalgia, puro cine italiano de la vieja escuela. Los estragos de los años y del físico no opacan un ápice el talento y el carisma de la gran dama que es Sophia Loren, que grabó este filme a sus 85 años. Y aunque no sea una gran película, que siempre se presume el desenlace y los pormenores, esta obra fílmica termina seduciendo en su humildad, en sus desmesurados personajes que viven al margen y por la Loren, que se entrega de lleno a un papel que nos recuerda esas películas de los años sesenta y setenta que hizo que hizo furor, con dueñas de casa abnegadas, familias chillonas y barrios peligrosos, retratando una Italia que seguía teniendo cicatrices de la Guerra Mundial y dolores en el alma

Víctor Bórquez Núñez

El regreso de Sophia Loren al cine. Y a través de la plataforma de Netflix, en pleno período de pandemia denominado como la “nueva normalidad”: cine por internet.

 

Y éste es un remake de un clásico, dirigido por su hijo Edoardo Ponti, sobre la película “Madame Rosa” y que se titula “La vida ante sí”, cuya protagonista es una sobreviviente del Holocausto, llevada a la pantalla grande en 1977 por el realizador Moshé Mizrahi y en la que actuó Simone Signoret, otro icono del cine. Por este conmovedor trabajo el filme se adjudicó en 1978 el Óscar a la Mejor Película de habla no inglesa.

Siendo absolutamente objetivos, esta película sería una más de tantas, de no contar con la presencia de Sophia Loren, entregada en cuerpo y alma, sin temer a exponer sus arrugas y su decadencia física que no ha hecho mella en su tremendo talento, en su presencia, su manera elegante de pararse frente a la cámara tras diez años ausente del cine.

El valor intrínseco que tiene “La vida ante sí” es su presencia, su figura que ya luce cansada y extraviada, como ocurre con el personaje que interpreta, la famosa Madame Rosa, una ex prostituta que en la actualidad recoge a niños desamparados y los protege como sea, en una casa en donde comparte con otras trabajadoras sexuales, en un barrio popular del sur de Europa.

Esta Madame Rosa no es francesa, sino italiana, pero su origen judío y pasado traumático en un campo de concentración, durante los años del nazismo permanecen inmutables. La anciana ex prostituta sigue, contra vientos y mareas, su noble labor iniciada tiempo atrás: criar, nutrir y educar a niños abandonados por sus madres, en su mayoría trabajadoras sexuales.

El filme está basado a su vez en la novela del escritor judío-lituano Romain Gary de igual título, que da cuenta de cómo un chico senegalés se gana la vida, vendiendo drogas en el barrio y robando para sobrevivir y que se protege de la violencia del medio imaginando a su madre muerta transformada en una leona que vela sus sueños.

Si entramos en el terreno de las comparaciones, gana el original porque se trataba de manera más sutil la relación entre la ex prostituta y el pequeño y rebelde Momo. Lo que salva este remake es que Sophia Loren, aun cuando ya está en el cierre de su extensa y brillante carrera (Óscar incluido por “Dos mujeres”) y parezca a ratos bastante externa al drama que se desarrolla teniéndola como protagonista, sigue siendo una diva, una mujer que sabe actuar y que transmite una fuerza que solo las grandes tienen.

Tal vez sea un poco excesivo mostrar a la Loren desaliñada y mal maquillada, evidenciando su vejez, pero es una opción que le entrega una cuota de verismo y dignidad adicional a su tour de forcé.

Y no podemos dejar de mencionar que junto con ella y tal vez gracias a ella, luce con colores propios el pequeño Ibrahima Gueye (quien interpreta a Momo), pues logra dotar a su explosivo, rebelde y pendenciero personaje una cuota de ternura que los otros personajes no alcanzan a entregar. Y esto se evidencia claramente en que las escenas que comparte con Sophia Loren: la diva revive, se ilumina, se siente cómoda junto al muchacho y despliega sus encantos, su picardía y esa voz especial que puede ser el resumen de todas las cientos de mujeres que protagonizaron los filmes italianos de la posguerra.

Desafortunadamente, el director Ponti no se encuentra a sus anchas con el material que filma, no tiene sutilezas en el montaje y, salvo quizás una escena, la del apretón de manos entre la Loren y el pequeño que encarna a Momo, todos los demás segmentos de la película resultan planos y carentes de una textura fílmica que se merecía este melodrama a la antigua. Le falta al realizador estilo propio, lo que se denomina dibujar cuadros con luz, como sucede con los grandes directores del cine.

Un cambio no menor en el guion tampoco favorece mucho el desarrollo general de su historia: acá el personaje de Momo se convierte en un astuto y precoz vendedor de droga y parte siendo un chico rebelde, difícil. En la novela original de Gary (y en la película de Mizrahi), Momo era un chico sencillo, normal, que descubre a Rosa y se encariña con ella desde el silencio y la contemplación, mientras que acá se ha dejado de lado el tema de contar una historia de crecimiento personal (un bildungsroman), quedando como un melodrama característico, donde los buenos luchan por sobrevivir y los malos están acechando en cada rincón, sin lograr tener estatura dramática, como sucede con el narcotraficante cuya vida familiar se insinúa, pero de la que jamás nos importará porque desaparece literalmente de escena.

La bendita suerte que tuvo Edoardo Ponti es de contar con su madre como protagonista, lo que le asegura una corte de admiradores y fanáticos de la diva, de tener un actor en ciernes tan brillante como el joven Ibrahima Gueye y, por supuesto, de agregar una cuota tan grande de nostalgia que ya con esos elementos la película encandila, encanta, seduce, a pesar de no ser la gran obra que sí parece.

No deja de ser maravillosa la conexión que se produce entre la vieja diva italiana y el muchacho, cuyas escenas en conjunto terminan recordándonos momentos imborrables de ese cine antiguo, de esos melodramas tremendos que surgieron como cuentos morales en la Italia después de la Segunda Guerra Mundial y que llevó a esa cinematografía a ser una industria dominante hasta pasados los setenta.

Uno puede insistir en que no se trata de un gran filme, pero “La vida ante sí” se nos antoja como un acto de amor, una lección de ternura y un viaje lleno de nostalgia por un estilo de cine que ya desapareció y que, solo gracias a esa tremenda Sophia Loren, podemos reencontrar tan vivo y seductor como siempre. Y con esos elementos, su visión se hace casi una obligación para cinéfilos.

FICHA TÉCNICA

La vita davanti a sé; Italia, 2020. Dirección: Edoardo Ponti. Guion: Ugo Chiti y Edoardo Ponti. Duración: 94 minutos. Intérpretes: Sophia Loren, Ibrahima Gueye, Abril Zamora, Renato Carpentieri, Babak Karimi. Estreno disponible en Netflix.

 

@VictorBorquez

Periodista, escritor y Doctor en Proyectos de Comunicación

 

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