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Martes, 22 Septiembre 2020 09:11

Una vez conocí un ángel, su nombre: Jorge Marcos Karmy

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Raúl Adalid Sainz

Pocas veces, muy pocas, casi nunca, he llegado a toparme con una criatura angélica. Seres humanos con virtudes y defectos, pero que estos últimos parecen palidecer ante la luz radiante de la bondad. Eso era el querido profesor Jorge Marcos Karmy. Un amigo para mi insustituible. Extrañado como un sol en medio de los países escandinavos.

 

Lo conocí en el Teatro Libanés de la Ciudad de México. Fue como espectador a ver una obra teatral que realizaba como actor: "El Vuelo", de la autoría del querido Tony Trabulse. Obra que habla de la emigración libanesa a México.

Sus avatares, nostalgias y esperanzas renacidas en una nueva tierra. El maestro Marcos enloqueció con la obra. Fue gustoso a felicitarnos al camerino. Yo hacía el personaje del emigrante libanés: "Feres". 

El maestro me habló en árabe, yo me reí y le dije que no hablaba ese idioma. Sonrió y me brindó un abrazo muy cariñoso. Desde entonces fui Raulito para él.

El profesor fue un minucioso investigador del mundo árabe. Betlemitano de origen. Un profundo cariño a Líbano. Regiomontano de nacimiento. Egresado de la "Universidad de Notredame" donde estudió Derecho. Preparado en las altas esferas eclesiásticas. Profesor de sociología en la Universidad Metropolitana de la Ciudad de México. Maestro de Yoga, en Monterrey, de un grupo comandado por el carismático empresario Roberto Kaun Nader. Escritor de diversos temas sociales, filosóficos y religiosos.

Vivió en España, Roma, Estados Unidos, Líbano, México, Monterrey y Torreón. Casado con la linda señora y compañera de vida del maestro, la señora: Guillermina Zarzar.

Mi amistad con el maestro surgió propiamente en Torreón. Esas grandes charlas con él en el Café de París de la Morelos y en el Paraíso del Desierto fueron inolvidables, fundamentales para el crecimiento espiritual. Un hombre sabio. Presto al consejo. A preguntarte para conocerte. Un mayéutico. Mantenía el diálogo abierto, franco, lleno de luz. Dios, una inspiración para él. 

"A cada día basta su propio afán, mijo"; así decía el maestro en palabras de Jesús. Un tipazo. Un amigo invaluable. Esos que al amigo le dispensaban el tiempo para gastarlo en él. Así como decía el poeta libanés: Gibran Jalil.

Nuestra amistad enorme siguió en la Ciudad de México. Las enormes charlas por los jardines de su hermoso edificio de departamentos en Santa Teresa. Los retiros espirituales en su casa. Las comidas árabes. La cheve. Sus recuerdos de "Father Buttler" en la Universidad de Notredame. "You have an inquire mind George", recordaba el maestro riéndose de lo que aquel sacerdote norteamericano le decía de su persona.

Querido maestro: se acuerda cuando me tradujo la oración en latín, "De Profundis", esa que dije haciendo el papel de sacerdote en la cinta "In The Time of the Butterflies". Nuestras risas, sus cantos a la virgen en el 13 de mayo, su presencia que era como sentir a Dios hecho hombre.

Un ángel. Jorge Marcos era un ángel. Un día me acompañó a tomar un taxi. Al abordarlo le dijo al conductor: "Mijo, te encargo mucho a Raulito, déjalo en su destino, y a ti que Dios y la virgen te acompañen". Al ir con el taxista este me dijo: "Oiga, ¿quién era ese señor? Ese hombre se veía como un apóstol. Que privilegio para usted de ser su amigo". Esa era la luz que irradiaba el maestro Jorge Marcos.

Acostumbraba decir que al morir, el ser humano llegaba a un aeropuerto. Ahí alguien asignaba el avión que te tocaba para tu destino final. El negro que significaba el horror perenne, el verde que simbolizaba la esperanza de acceder al reino eterno y el blanco que era el símil del amor, de la paz, de la gracia y la concordia divina. Él tomó ese avión el día que nos dijo hasta pronto.

Lo extraño maestro. Muchas fueron sus enseñanzas de vida. Usted me hizo volver a tener fe en Dios. Muy simple: su ejemplo era demasiado para no creer que de repente Dios habla por sus hombres.

¡Gracias eternas, querido maestro!

 

Escrito dedicado a Guillermina, a sus amigos, a sus discípulos, a todos los que amaron a este ser de otra galaxia.

 

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de este México Tenochtitlan

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