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Miércoles, 02 Septiembre 2020 11:12

Gustavo Torres Cuesta, In Memoriam a un gran director teatral, actor y maestro

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De mi libro "Historias de Actores", te comparto este escrito a un gran director y a un entrañable montaje: Gustavo Torres Cuesta y aquella su " Lulú"

 

Raúl Adalid Sainz

Ayer recordaba un montaje teatral que fue una enseñanza muy grande para mí en el aspecto humano y artístico. Su nombre: "Lulú", de Frank Wedekind, su director, Gustavo Torres Cuesta.

 

Muchas veces las ráfagas de la memoria te hacen recordar gente que dejó honda huella en tu preparación humana y artística, por eso hoy quise dejar la impronta de este escrito haciendo vivir a un gran maestro y director teatral.

Era el año 1984, en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, vi un anuncio, convocando a actores de la carrera de Literatura Dramática y Teatro a audicionar para la obra "Lulú" que Gustavo iba a dirigir.

Recuerdo que las pruebas fueron realizadas en el Teatro de Arquitectura (hoy Carlos Lazo) de la UNAM. Las audiciones fueron severas: improvisaciones, baile, lectura de la obra. Gustavo, serio, sin mostrar emociones, fumaba y sacaba conclusiones. 

Finalmente tres días después dio su veredicto. Los dioses nos auxiliaron, y literalmente digo me auxiliaron, para estar ahí. Yo me había sentido fatal. Gustavo me dijo, que me había quedado porque mi tipo le funcionaba mucho y que iba a tener que trabajar demasiado. Empezaba mi funcionamiento actoral y estaba en manos de una guía espléndida. Gustavo me dio dos extraordinarios papeles: El domador del circo, y el Dr Shon.

Gustavo había sido alumno y actor destacado de Héctor Mendoza. Las bases mendocinas de dirección fueron puestas en práctica. Descubrir al personaje línea por línea, sus subtextos, objetivos, obstáculos, diseño físico-gestual del personaje, una actuación expresionista producto de una eclosión interna.

Fueron siete meses de ensayo, con un entrenamiento exhaustivo de danza y expresión corporal, trabajo de voz para un teatro grande. Coreografías que marcaban acentos y símbolos del carácter de la obra; todo llevado a un estilo expresionista que Gustavo imprimió a su montaje. La música era de la alemana punkera ochentera Nina Hagen.

Finalmente el estreno se dio un octubre del 84. Cincuenta funciones. Producción de TEATRO Y DANZA, que en ese año era coordinada por el maestro Luis de Tavira. 50 funciones, sueldo y enseñanza, qué más podía uno pedir. Algo había que dar a cambio: esfuerzo, mucho esfuerzo, trabajo que conllevara a la excelencia. Concluimos la obra. Nuestros padrinos de develación de placa fueron: Delia Casanova y Héctor Mendoza.

Recuerdo que Gustavo me dio mi placa, le dije: "Gracias" y lo abracé. Ese agradecimiento es a alguien que te enseña y señala veredas de concientización y perfeccionamiento. Con Gustavo aprendí la soltura del cuerpo, la danza, el manejo del "carapacho", así le decía al cuerpo, para expresar, para proyectar la conciencia de la energía creativa en el escenario, aprender una técnica de cómo construir personajes, conocer los cimientos de preparación del mismo, cómo lograr un buen acabado, cómo sumergirte a la vivencia. Entender antes de volar. Qué estoy haciendo. Por qué y para qué. El matiz emocional, el manejo de la voz, cómo respirar al actuar. La exigencia.

Gustavo era irónico ante el error. Despertaba el carácter. El deseo de ser.

Era además un excelente catedrático. Impartía la materia de Teoría y Composición Dramática en la carrera de Literatura Dramática y Teatro. Alumno brillante de su mentora, la gran dramaturga, Luisa Josefina Hernández.

Las clases de Gustavo eran un deleite. Aún lo recuerdo, fumando sus Marlboro, escuchando las barrabasadas o brillanteces que los alumnos proferíamos. Gracias a él conocí ese maravilloso testimonio teatral y humano de Federico García Lorca llamado: "El Público".

Maestros que dejan huella honda. Cuando uno los recuerda te das cuenta de tantas cosas que ellos señalaron. Tantas rutas convocadas a explorar, que una vez conocidas, resuenan sus ecos en tus dentros. Sí, como una concha de mar que al llevarla al oído te hablan de verdades lejanas y universales.

Sí, Gustavo Torres Cuesta fue un canto de mar, de esos rumores encendidos, como olas que se acercan trayendo sabiduría a tu playa.

Un recuerdo fraternal para aquellos compañeros de Lulú. 

Ignacio Escárcega, Verónica Maldonado Carrasco, Mónica Lentz, Edgar Alexen, Licha Sandoval, Jesús Perulles, Álvaro Arriola, Héctor Dupuy QEPD, Raúl Zuñiga QEPD, Marina del Campo Díaz, Margarita Sifuentes, Soldadila Priska, Clarita de la Torriente, Veronique, Mónica, Marco Novelo, Oscar Gómez, Martin de Parma, y el director German Castillo que fue nuestro escenógrafo.

 

Raúl Adalid, Sáinz, en algún lugar de Mexico Tenochtitlan

 

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