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Domingo, 30 Agosto 2020 15:34

EL PRÍNCIPE

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UN BOLERO, UN DRAMA CARCELARIO Y CIERTA ESTÉTICA GAY

 

Coproducción chileno-argentina-belga, esta ópera prima de Sebastián Muñoz, basada en la novela homónima escrita por Mario Cruz, tiene momentos y soluciones visuales brillantes, aunque abusa de los estereotipos del cine carcelario y se extasía demasiado con una manera de entender el cine homosexual asociado a la genitalidad y a lo corporal, en desmedro de un estudio de personajes y conductas. Con altos y bajos, esta película que acaba de aparecer por tiempo limitado en www.ondamedia.cl, en cualquier caso, una demostración de los cambios que está teniendo el cine chileno en relación con temas y estéticas

 

Víctor Bórquez Núñez

El Príncipe es un proyecto seleccionado para la categoría denominada Cine en Construcción en el Festival de San Sebastián 2018, donde se presentó al año siguiente en la sección Horizontes Latinos. Tiene como protagónicos a un estupendo Juan Carlos Maldonado, un camaleónico Alfredo Castro y al argentino Gastón Pauls en una intervención completamente diferente a sus roles habituales.

 

El contexto en que se nos muestra El Príncipe es el Chile de1970, justo antes que el socialista Salvador Allende asuma la presidencia. En esos días, Jaime vive una etapa de descubrimiento de su homosexualidad a la par que comienza a entender que es un solitario al que nadie parece tomar muy en cuenta.

Producto del alcohol y los celos, este veinteañero mata, degüella a su mejor amigo y objeto de sus deseos, El Gitano que está bailando con un desconocido en un restaurante, ante la mirada horrorizada de todos.

Todo esto lo vamos viendo en flashbacks (regresos al pasado) en una narración clásica, donde lo que primero destaca es la visualidad de la cinta, llena de instantes notables donde se juega con la luz, los ambientes y las texturas, logrando efectos de sensualidad, de desenfreno sexual y de violencia, todos elementos clave para descubrir la historia que se nos presenta.

Cuando Jaime ingresa a la cárcel, es destinado a la celda que maneja El Potro, un hombre mayor, respetado y con evidentes heridas de un pasado del que poco sabemos. Él protege a Jaime, lo convierte en su amante y lentamente va naciendo entre ellos una necesidad intensa de cariño que, debido a los códigos carcelarios, no siempre se expresa. A esa relación se le conoce como el “amor negro” en el lenguaje de la cárcel y es tan intenso que ni siquiera ellos entienden hacia dónde los lleva esa pasión recubierta por la violencia, la sumisión y el liderazgo frente a las luchas de poder que se generan en ese recinto asfixiante donde reina el hacinamiento, la violencia y el sexo.

PASIÓN Y MUERTE AL RITMO DE BOLERO

El conocido bolero “Ansiedad”, pieza compuesta por José Enrique Sarabia en 1955, es utilizada como leit motiv en varios instantes de este filme, sobre todo para dejar en evidencia la pulsión visceral que nace, crece y se desarrolla entre Jaime, apodado como El Príncipe, y El Potro.

Con ese tema asistiremos a un par de escenas donde el roce de los cuerpos, la sexualidad de los prisioneros y los deseos de los protagonistas son exhibidos a ratos de manera demasiado gratuito, sobre todo cuando se abusa de primeros planos de penes y actos masturbatorios que no siempre están lo suficientemente justificados, en un filme que oscila entre la grandeza y la obviedad en su desarrollo.

Porque uno de los detalles que se puede criticar a la película es que su director se fascina con los ambientes (absolutamente brillantes en su concepción), pero descuida su historia, que termina siendo un poco predecible en sus fragmentos finales, aunque de igual manera adquiere los tintes de una pequeña gran tragedia asordinada.

Donde no cabe ninguna objeción es en la creación de los ambientes, porque es evidente la capacidad del realizador (que antes fue director de arte) para armar escenarios y trabajar con la iluminación, haciendo que haya escenas donde se puede palpar el sudor, el calor de los cuerpos y la humedad que rodea a todos en esas celdas diminutas y casi en ruinas.

“El Príncipe” es, en este aspecto, un filme completamente sensorial, donde esa fascinación por la forma juega en contra de su historia, llena de los estereotipos de los dramas carcelarios, y en este caso agravada por la excesiva exhibición de escenas de un naturalismo que se regocija en mostrar desnudos frontales masculinos, con predominio de situaciones que aspiran a espantar a los espectadores más convencionales.

A ratos, los cambios de tiempo y escenario, suelen ser algo confusos, aunque tienen una lógica en su conjunto, porque permite conocer el cómo y el porqué, Jaime llega a la cárcel y cuáles son sus necesidades afectivas y sexuales.

En ese empaque de drama carcelario clásico, llama la atención la decisión del realizador por mostrar de modo casi explícito el sexo homosexual en las celdas y en los baños, haciendo que solo el talento y el dominio de los recursos actorales que tienen Alfredo Castro, Gastón Pauls y el protagonista Juan Carlos Maldonado, la película no se convierta en una demostración gratuita de genitalidad masculina exagerada, que debilita la posibilidad de escarbar en temas que eran muy interesantes del pasado del protagonista, como su relación con una mujer mayor que lo mantiene o esa necesidad de sentirse adulado y reconocido.

En síntesis, este filme es un intento de generar un cine distinto para una cinematografía como la chilena, apegada por mucho tiempo solo a los temas políticos, a las comedias sosas y a ciertos experimentos visuales que conectan poco con las necesidades de los espectadores.

El cineasta Sebastián Muñoz, a pesar de sus licencias, se las ingenia para hacer que su cinta sea interesante, emocionante y a ratos sofocante en su demostración de la sordidez de las relaciones que se establecen en esos microcosmos, apoyado con una exquisita factura técnica.

Pese a situarse en una época clave para Chile, el director no se inclina por el discurso político y sí se transforma en una suerte de alegoría de un mundo cuyos códigos permiten, por ejemplo, una versión del bolero “Ansiedad”. filmado con un tremendo picado de un baile colectivo sudoroso y sexual y de unas actuaciones que se encuentran en el límite mismo de la exageración y el naturalismo descarnado, donde el espectador debe soportar la sodomización con una escoba del Potro, a manos de los gendarmes, gracias al talentoso actor de cine y teatro chileno Alfredo Castro que, lejos, tiene una performance arriesgada y brutal. 

A pesar de todas sus exageraciones y desbordes, hay cierta nobleza y un fascinante cromatismo que eleva a este filme, si no a la maestría, por lo menos en la antesala de ser un retrato contundente y casi surrealista de una cárcel, de un bolero y de cierta estética homosexual que encandila, escandaliza y seduce por partes iguales.

FICHA TÉCNICA: Título original: El Príncipe. Año: 2019. Duración: 96 min. Color. País: Chile. Director: Sebastián Muñoz. Guion: Luis Barrales y Sebastián Muñoz. Fotografía: Enrique Stindt. Música: Ángela Acuña. Género: Drama. Productora: Le Tiro Cine & Niña Niño Films. Distribuidora: Barton Films. Disponible  sólo en www.ondamedia.cl

 

@VictorBorquez

Periodista, escritor y Doctor en Proyectos de Comunicación

 

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