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Viernes, 14 Agosto 2020 10:57

Retablo, una gran película peruana

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Raúl Adalid Sainz

No es fácil llegar a ver una película peruana en México. La avalancha del cine norteamericano es tremenda. Ya sea en las salas comerciales o por las llamadas plataformas. Recuerdo algunas muy buenas cintas peruanas, destacando las hechas por Francisco Lombardi como: “La Ciudad y los Perros”, “No se lo Digas a Nadie”, “Pantaleón y Las Visitadoras”, “Tinta Roja”, sin olvidar una gran película de Claudia Llosa, “La Teta Asustada”.

 

Me sorprendió al ver por Netflix el anuncio de una película peruana: “Retablo”, de Álvaro Delgado Aparicio. La intuición fue mi consejera. Generalmente el cine latinoamericano siempre ha llamado mi atención. Responde a una necesidad orgánica de conocer los sentires de la gente que hablamos el idioma español y las diferentes lenguas autóctonas. 

Me gusta ver sus costumbres, sus sentires y pensares, sus escalas de valores, sus atavismos, sus diferencias sociales y políticas, los ideales, su autenticidad y deslealtades, su panorama geográfico, su cultura de vida, su folclor. Sus semejanzas y diferencias con México.

Lo anterior señalado lo encontré bella y profundamente narrado cinematográficamente hablando en la película “Retablo”, ópera prima de Álvaro Delgado Aparicio. Estrenada en 2017 en el Festival de Cine de Lima Perú, siendo ganadora, y exhibida comercialmente en 2019. Está nominada para ganar el “Ariel” mexicano para la mejor cinta iberoamericana en este convulso 2020.

¿De qué va “Retablo”? Es la historia de un retablista (piezas ornamentales de barro, figurillas pintadas de color, enmarcadas en cajas de madera, arte característico de Ayacucho, Perú), que acompañado de su hijo van por los pueblos de la cordillera oriental de Los Andes, así como por Ayacucho, vendiendo sus retablos. 

Su relación es hermosa, armónica, un ejemplo filial de vida padre-hijo en convivencia. Ellos son Noé (el padre) y Segundo (el hijo adolescente de 14 años). Noé prepara a su hijo para que sea su sucesor en el arte retablista. Un día de viaje de venta de retablos a Ayacucho en una camioneta que les da aventón, “Segundo”, quien va en la batea con los retablos, ve como su padre tiene una relación sexual con el conductor joven quien les dio aventón.

“Segundo” sufre un choque en su emocionalidad. No entiende nada. Comienza a guardar un insondable silencio de piedra. Esto conflictúa a sus padres. El adolescente busca una salida: abandonar la empobrecida comunidad e irse a otro lugar con un amigo a ganar dinero en la cosecha del algodón. 

En ese inter, Noé es sorprendido en una comunión amorosa gay en el pueblo y es molido con saña a golpes por la comunidad indignada. Su esposa Anatolia, avergonzada e indignada lo abandona. “Segundo” condolido decide no abandonar a su padre quien está herido por la golpiza. El hijo se compadece de su padre. Lo ama y siente protegerlo. Una especie de solidaridad amorosa. 

“Segundo” es atacado en la comunidad por la conducta de su padre. Es acosado en masa. Su padre Noé, sabiendo que no habrá vida para ellos en la aldea, no tiene fuerza moral para levantarse, decide quitarse la vida, y dar libertad a su hijo para que haga su existir. “Segundo” entierra a su padre y decide abandonar su casa y tomar un nuevo camino.

Esa sería la anécdota. Lo interesante es cómo está filmada en su contenido temático y esto llevado al detalle. La amistad padre hijo, el dolor y la desilusión, el deseo de encontrar una vida mejor, el machismo y su correspondiente homofobia, el abandono de la mujer a Noé, la comprensión del hijo y su búsqueda de dignificación están exploradas en el pormenor veraz e inteligente. 

La cámara acompaña al alma y pensamiento de los protagonistas de esta historia. A veces en acercamientos a los rostros, o a las figurillas, o a las manos que laboran con el barro, otras en planos medios o generales, y lo más interesante es cuando la cámara sigue en el ritmo del correr o caminar en apresuramiento del personaje central “Segundo”.

Toda una gramática narrativa muy interesante guarda la película. Las locaciones hablan del estadío emocional de los personajes. Los grandes parajes de la cordillera de Los Andes simbolizan la lejanía de estos seres de la llamada “civilización”. Sus usos y costumbres son explorados no en el vano folclor sino en la extensión de las situaciones que acontecen. Un panorama del sentir humano se refleja en profundidad.

La falta del ser en libertad en la dignificación sexual, por un lado, y la ignorancia, machismo exacerbado y homofobia deshumanizada por otro, son contrapuntos que chocan en esta cinta para dar punto de reflexión honda al espectador. 

El amor de “Segundo”, en comprensión a su padre traerá catarsis purificadora. Sólo la libertad, el encontrarse a sí mismo brindará luz de renacer. Esas serían las premisas de esta valiente, inteligente y talentosa cinta del director Álvaro Delgado Aparicio. 

Un guion que toma posición clara de rumbo a filmar por parte de Álvaro Delgado y Héctor Gálvez. Película hablada en quechua con subtítulos al español. La fotografía de Mario Bassino es un poema que ahonda en el alma y mirada de los protagonistas y de los hechos. Las actuaciones de Amiel Cayo (Noé), Magaly Solier (Anatolia), a quien la vimos protagonizar espléndidamente “La teta Asustada”, y de Junior Bejar Roca (Segundo), son espléndidas en su verosimilitud y compromiso a sus personajes. El joven adolescente Junior Bejar fue seleccionado entre setecientos aspirantes al papel. No es actor profesional y está maravilloso.

Una película en verdad honesta, sin concesiones, muestra la vida tal como es, con los vicios y virtudes del ser humano, sus enormes contradicciones. Ahí reside la grandeza de esta cinta. Cine no caro en su producción. Apostando todo a una inteligente historia, a organizar bien y talentosamente los elementos a trabajar. 

Con un estilo cinematográfico. Dejando que las imágenes despierten el criterio y sensibilidad del espectador. Ahora con las restricciones económicas al cine mexicano, aquí está el ejemplo para volver a ese cine que nos ha significado en nuestro contenido y capacidad cinematográfica. 

Así que no todo es malo. De las crisis sale lo mejor. Si no preguntemos al neorrealismo italiano lo que consiguió.

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan

 

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