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Domingo, 26 Julio 2020 22:02

SERIES

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SNOWPIERCER

Fría como el planeta que se recorre en un supertrén de 1.001 vagones y apostando a generar tensión solo en interiores, esta serie que se puede encontrar completa en su primera temporada en Netflix, en realidad le pertenece al canal estadounidense TNT y hasta ahora ha cosechado críticas divididas, sobre todo porque avanza ligera pero no logra profundizar más allá tal vez debido a que -con la notable excepción de Jennifer Connelly- el reparto no alcanza una sintonía adecuada con los espectadores. Con el respaldo del laureado director coreano ganador del Óscar por “Parásitos”, Bong Joon Ho, el director ganador de un Oscar de ‘Parasite’, que debutó en el cine hablado en inglés con la afamada película de 2013 y que acá aparece como productor, “Snowpiercer” logra mostrarnos un mundo distópico que está muriendo congelado, mientras los pocos sobrevivientes reproducen las diferencias sociales y los juegos de dominación y política en un tren especialmente creado para avanzar en su viaje sin fin por un planeta congelado

Víctor Bórquez Núñez

El filme original está basado en una novela gráfica francesa, cuyo corazón eran las atroces desigualdades de clase existentes, donde cada uno de los vagones de ese interminable tren de 1.001 vagones era la excusa ideal para retratar temas como el poder, el orden jerárquico social de forma satírica, todo esto con el sello del realizador coreano y sus referencias a su cultura y las diferencias sociales abismantes existentes hasta ahora.

 

La serie “Snowpiercer” parte explicando que han pasado siete años desde que el mundo entró en una era glacial que, en poco tiempo, congeló toda la superficie de la Tierra, exterminando la vida humana y animal, excepto la de un reducido número de personas que lograron comprar boleto, algunos, y colarse, otros tantos, en un tren especialmente diseñado para romper la nieve y avanzar a toda velocidad , arrastrando 1.001 vagones, en donde van las diferentes clases sociales desde la primera clase hasta los que logran sobrevivir en el hacinamiento de la denominada cola del tren.

Suerte de Arca de Noé, en esa maquinaria increíble, existen desde la miseria de la cola del tren hasta los lujos de los poderosos que tienen saunas, discotecas, salas de juegos de azar e incluso una extraña sala en donde cada uno de los que ingresa se enfrenta con sus pesadillas más ocultas. Así, ese tren que corre por el planeta una y otra vez, lleva consigo la miseria más terrible hasta los lujos, privilegios y excesos más increíbles. El orden lo impone un cuerpo policial que semeja a los nazis y el equilibrio y la hospitalidad la brinda Melanie Calvin (Jennifer Connelly), una mujer imperturbable como el mismo hielo, hierática y misteriosa, que también tiene uno de los secretos más importantes de esta primera temporada.

Hay evidentes diferencias entre la película original y esta serie, desde la diferencia de presupuesto, porque ahora denota menos recursos económicos y ello se ha debido ocultar de manera especial usando planos muy cerrados, una iluminación que privilegia los tonos sombríos y concentrando la serie en lugares muy específicos y reconocibles, a medida que avanza cada uno de los capítulos.

Aunque entretiene, si se gusta del cóctel apocalipsis y distopía, esta serie parte con un crimen sucedido en el vagón de primera, lo que de inmediato debe ser resuelto para evitar la molestia de sus privilegiados pasajeros y para ello se saca del carro de la cola del tren a Andre Layton (Daveed Diggs), un detective que ahora se ha convertido en el líder de una revolución que amenaza contra el orden establecido en ese tren.

Él acepta porque eso lo acerca a la clase privilegiada, de donde espera sacar la información que le falta para apoderarse del tren y darle a su gente la posibilidad de salir de la miseria y las pésimas condiciones en que viajan, pudiendo así acceder a las regalías que ellos ni se imaginan.

Con ese esquema -algo como “Crimen en el Expreso de Oriente”, pero en clave distópica- parte la serie, que cuesta seguir a ratos porque peca de un estilo muy fragmentado y de planteamientos visuales y temáticos algo estáticos.

De esta manera, su aparición como detective en ese mundo de primera clase, le permite atisbar escenarios que él ni imaginaba: desde peleas impresionantes por su ferocidad, vagones convertidos en invernadero, discotecas donde se trafica drogas especiales y burdeles lujosos donde la clase privilegiada puede disiparse.

Recorren la serie temas actuales como el cambio climático, las desigualdades sociales y el discurso progresista respecto de las relaciones humanas (en el tren hay una pareja de lesbianas, una de las cuales además pertenece a la casta policial) y otros conceptos que se pierden porque no hay suficiente sutileza para aprovechar ese espacio específico que daba el tren y la idea de hacinamiento como metáfora de nuestra realidad mundial, sobre todo porque estas ideas son expuestas de manera algo burdas y aparatosas, donde ni siquiera la violencia -que la hay, y mucha- se articula como una al estado de las cosas hoy.

Pareciera que el gran lastre que acarrea “Snowpiercer” es que no se decide a seguir la línea del comic original (brutal pero efectivo) o las ideas del filme de 2013, donde se subrayaba el tema del poder y la desigualdad de clases, antes que los de la revolución y las complejas relaciones humanas donde hay muchos traumas no asumidos.

A pesar de la fría recepción (irónico considerando que el mundo de la serie está sufriendo la debacle por una nueva era glacial), TNT ya ha renovado la serie para una segunda temporada, a pesar de que no haya demasiadas expectativas.

Pese a todos estos problemas de identidad, “Snowpiercer” alcanza a ratos momentos de gran tensión, como de genuina emoción, aunque sean menores que las deficiencias del guion que parece haber copiado muchas ideas de las películas distópicas, sin pasar esas ideas por un adecuado procesamiento.

UN FRÍO VIAJE POR EL PLANETA

Existe una marcada diferencia entre el filme original y esta serie, porque en este caso la violencia está dosificada y muchas veces se evita mostrarla, en la película era explícita, sanguinaria y brutal. Uno de los problemas parece estar en que el detective que ocupa el rol del rebelde (que era interpretado por Chris Evans) acá se diluye con las contradicciones internas del detective Andre Layton, su deseo de dar libertad a su gente y sus propios fantasmas.

Su rebelde es un habitante de la cola llevado por las autoridades hasta los vagones ricos para que resuelva un asesinato, pues era detective en el mundo anterior. Y eso es todo, el choque más grande que ocurre es que él se deslumbra con el brillo y fastuosidad de la clase adinerada y con mayor razón decide embarcarse en la revolución que lo señala a él como su líder natural.

Otro elemento que perjudica esta serie es su tratamiento visual de los exteriores, con un más que evidente trabajo digital de la imagen que no encaja con el del interior de los vagones, rompiendo así una unidad estilística.

Si bien hay un muy buen trabajo en el sentido de lograr que los espectadores se olviden de lo angosto que puede ser un tren (por moderno o súperpoderoso que quieran), a veces cuesta recordar que se trata de un tren precisamente porque en ciertas ocasiones el espacio empleado parece demasiado exagerado en el empleo de la lógica espacial, del avance del tren, de la velocidad fantástica que se supone mantiene.

Fría y desangelada, esta serie puede ser un bocado exquisito para los fanáticos acérrimos del mundo de la distopía, con esos recuerdos de tantas películas fascinantes de esa tendencia, pero en verdad puede resultar algo demasiado gélido para quienes esperan acción por doquier. En todo caso, “Snowpiercer” avanza con comodidad hacia su segunda temporada, que de seguro seguirá aportando más polémica en su comparación con las fuentes originales y cautivando a aquellos que deliran con esos mundos destruidos, arrasados por la tecnología descontrolada y la bestialidad de los seres mal denominados humanos.

@VictorBorquez

Periodista, escritor y Doctor en Proyectos de Comunicación

 

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