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Lunes, 20 Julio 2020 10:30

‘Érase una vez en Durango’. Un romance con ese cine que no muere

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Raúl Adalid Sainz

"¿Qué buscas forastero?", así inicia la aventura. Un viejo velador de un pueblo set cinematográfico de western le grita a un curioso niño inquieto y gustante a más no poder por las películas de vaqueros. El niño ha irrumpido en el pueblo.

 

La relación se va dando poco a poco entre ellos. Él fue un stunt de películas. El niño un adepto al cine, esos maravillosos ambulantes que caminaban la legua, con un sabio proyeccionista de la vida en secuencia.

Con esta premisa, el cineasta Juan Antonio de la Riva, durangueño hasta la médula, construye su historia. Cuarta cara de un cuadro cinematográfico de Durango. Su gente, sus costumbres, su cielo y su sierra. Sinfonía serrana neorrealista compuesta por: aquella entrañable, "Vidas Errantes", "Pueblo de Madera", "El Gavilán de la Sierra" y ahora este viaje de set en "Érase una vez en Durango".

Neorrealismo serrano, así fue bautizado este filmar de Juan, por su actor Abel Woolrich, célebre en sus trabajos en "Pueblo de Madera" y "El Gavilán de la Sierra". Es que Juan canta la vida del segundo de su sierra, el minuto es composición y las horas consecución de existencia. El costumbrismo de los pueblos. Su habla, sus emociones, sus sueños, sus ilusiones, su dolor, su deseo de volar y saber qué hay más allá de las montañas. 

Así es el niño protagonista de "Érase una vez en Durango". Gabriel Nevárez se fuga por medio del cine a otras latitudes de aventura. Al reconocer al viejo velador del pueblo vaquero en una película, lo busca y quiere caerle bien; el objetivo: que le enseñe sus secretos para hacer un vaquero de acción cinematográfico. Antonio Montaño, el viejo stunt, vuelve a vivir, y le enseña cuanto hay que saber. Todo se complementa. El niño es un gran alumno, tiene grandes referencias cinematográficas. Una especie de Juan de la Riva cuando estudiaba cine en el CCC, lo que escuchaba ya lo había visto en el cine ambulante, "Alameda", de su padre.

La película contiene elementos reconocibles en las otras tres que componen el cuadro: el cine dentro del cine, el niño que vuela en una sala cinematográfica, el viejo proyeccionista, la naturaleza jugando rol protagónico, como un testigo activo que cual coro griego comenta el acontecer de los personajes. 

Al final, el niño Gabriel, después de haber aprendido los secretos y el amor vivo al cine, tiene su examen final, un duelo al mejor estilo de las películas de Sergio Leone. Mata en el duelo a don Antonio. Previo a esto, Juan Antonio juega con la cámara en movimientos circulares en close up al rostro de los implicados, todo hasta oír los balazos. Gabriel se gradúa. Antonio se levanta y recibe los agradecimientos del alumno. Se saludan tocándose la parte frontal del sombrero al estilo del respeto de los caballeros cowboys y se despiden. Don Antonio dice en la retirada del niño "Que te vaya bien forastero".

Un día Juan Antonio de la Riva dijo en conversatorio sostenido con el público asistente en Cineteca Nacional, en una espléndida charla conducida por el cineasta Roberto Fiesco, que la cinta es el cierre hacia un cine que se fue, ese de westerns realizados en el esplendor cinematográfico de Durango. Yo agregaría que es un cine que desapareció hasta en los mismos Estados Unidos, recuerdo como lo último a "True Grift", de los hermanos Cohen. Yo diría que este cine como el de Juan Antonio de la Riva, es ese cine que charla con el espectador, que lo hace vivir, ese que hace sentir la aventura, el sueño de ser un héroe, ese que hace vivir el amor por la vida sencilla, ese de costumbres que de tan vívido te hace sonreír o arrojar una lágrima. Llega porque te reconoces.

Cinematográficamente Juan juega con planos secuencias, con el manejo de los tiempos: del pasado al presente, como esa escena de la carreta, en que Antonio conoce a su amor Jacinta Cárdenas y vuelve al presente con el niño amigo.

Jorge Luke, es Antonio Montaño, está maravilloso. Su rostro, su mirada, otorga vivencia a la cámara. Su transcurrir de mucho cine se transparenta espléndidamente en la pantalla. Verosímil y entrañable. Una despedida auténtica y de homenaje que Juan le dio a esta leyenda del cine mexicano. Magnífica elección. El niño actor, José Eduardo, transmite su mundo de sueños e ilusiones. Jorge Galván, un tierno proyeccionista. Lumi Cavazos y nuestro querido Memo Larrea, QEPD, son los padres del niño. Papeles incidentales muy bien logrados como es el caso de Jorge de los Reyes y Javier Escobar. La música de Toño Avitia y Sebastián de la Riva, enalteciendo, dando recuerdo emocional entrañable.

Me despido con la mirada perdida en la sierra, como ese final del viejo stunt, viendo a la vaguedad inmensa de la vida. Hoy "la vida es cine y los sueños cine son", maravilloso final con las palabras inscritas de Luis Eduardo Aute, QEPD.

Nota: Ayer Domingo 19 de Julio del 2020 fue exhibida esta linda joya por el canal televisivo 14.1, recordé que guardaba éste escrito en alguna bodega cinematográfica de mi memoria, y decidí renacerlo como un homenaje al cine romántico que nunca muere, ese cine de tan Juan Antonio de la Riva.

 

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan

 

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