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Jueves, 21 Mayo 2020 14:06

DE CULTO

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MERLÍ

O cómo enamorarse de una serie catalana que te cambia la perspectiva de muchos temas en la vida, como por ejemplo entender el valor de los peripatéticos, el símbolo de la lechuza y, por cierto, comprender a cabalidad por qué un muro lleno de nombres nos conmueve hasta las lágrimas, Eso y mucho más provoca una serie que en apenas tres temporadas se ganó el corazón de toda la audiencia. Y está completa en Netflix para los que se la perdieron

Víctor Bórquez Núñez

Escuchas la palabra peripatéticos y de inmediato te sonríes con complicidad. Sí. Fuiste uno de los que vio (y amó) a Merlí, ese extravagante profesor de Filosofía, separado, con un hijo adolescente al que casi ni conoce, mujeriego, vividor pero, por encima de todo, un tipo adorable, imposible de no querer, que se ganó el corazón de los espectadores como protagonista de las tres temporadas que componen la serie, rodada íntegramente en catalán, que se transformó en un éxito increíble y objeto de adoración en muchos países. Nacida en TV3, luego pasó a la Sexta y actualmente sigue cosechando adeptos gracias a Netflix.

 

Merlí es una serie catalana dirigida por Eduard Cortés, con un inteligente guion de Héctor Lozano, Mercé Sarrias y Laia Aguilar, centrada en la experiencia de un profesor de Filosofía, casi al borde de la miseria, que debe reemplazar a un colega para sobrevivir, dictando clases en el curso donde está su propio hijo, Bruno. Desde su llegada al Instituto, nada volverá a ser como era, porque Merlí Bergeron es un tipo que no acepta ataduras, ni esquemas rígidos, que dice las cosas por su nombre y se mete en lío tras lío solo porque quiere que sus estudiantes piensen, sean personas y no números en un listado.

Desde luego que, tras existir muchas series que se desarrollan en un Instituto, cabe la pregunta: ¿por qué el éxito de Merlí? ¿Qué tiene de especial?

Vamos por parte.

MERLÍ, SUPERSTAR

Esta serie lleva el nombre de su protagonista, el profesor Merlí Bergeron Calduch (interpretado de manera notable por Francesc Orella), que llega por necesidad al Instituto Ángel Guimerá, poniendo de cabeza a las autoridades, encantando a sus alumnos y seduciendo a las apoderadas. No es un tipo perfecto, qué va, hace trampas, es irónico e irreverente, bastante manipulador, pero nadie puede negar que es un tipo consecuente a más no poder, inteligente y gozosamente provocador. Un tipo que necesitaba ese instituto, adormilado y lleno de reglas. Desde luego que sus estudiantes quedan deslumbrados con su particular manera de enseñar un tema como la filosofía que, pronto, se convierte en una superestrella indiscutible que, incluso, empieza a ganarse el aprecio y el respeto de Bruno, su hijo, que hasta entonces lo ignoraba. Cada clase (y cada capítulo de la serie) está dedicado a un filósofo y da lugar para que Merlí se adentre en las vidas de sus estudiantes que, ineludiblemente, se cruzan con la suya y sus merlinadas.

Uno de los puntos que debe destacarse de esta serie es que nunca parece forzada, ni siquiera cuando introduce temas muy profundos -y polémicos- sin perder en ningún instante su brújula. No cae en los estereotipos ni menos en la gravedad.

Durante sus tres temporadas, cada uno de sus capítulos asume temas muy importantes y serios y si se considera que su público objetivo es mayormente joven, corre el riesgo de manera elegante. Así, Merlí no les hace el quite a asuntos fuertes como la depresión, la homosexualidad, el suicidio, el consumo de drogas y alcohol, el sexo, la privacidad en redes sociales, la transexualidad, la muerte, la autoestima, el bullying o los embarazos adolescentes. Pero cada uno de estas temáticas son desarrolladas con cariño, con respeto, sin que en ningún momento parezca una clase tediosa donde se lanzan moralejas y, mucho menos, se adopta un planteamiento sensacionalista o frívolo.

TODOS SOMOS PERIPATÉTICOS

Si algo hay que agradecer a la serie es que despierta el interés por la Filosofía, haciendo conocidos los nombres de los principales representantes de este saber, partiendo por los queridos peripatéticos, pasando por Platón, Maquiavelo, Aristóteles, Sócrates, Schopenhauer e incluso (y eso sí que es un gran acierto), considerando a mujeres pensadoras como Hiparquía o Judith Butler.

Los muchachos que al comienzo fruncían el ceño con estas materias, ahora están encantados descubriendo cómo la filosofía los ayuda a entenderse y entender el mundo en que viven, desarrollando la visión crítica, ampliando sus horizontes y, por cierto, descubriendo que son mucho más de lo que ellos mismos creían. Y como por arte de magia, esta serie también contagia a los espectadores, que se empapan y se dejan seducir por el pensamiento de los filósofos más relevantes a través de ejemplos cotidianos y con mucho, mucho humor. Si esto es mérito de la serie, gran aplauso en esos tiempos que vivimos.

Pero no solo el tema filosófico importa en Merlí.

Los personajes secundarios están muy bien diseñados, generan humor y son espejo de temas muy presentes en el acontecer político catalán y, aunque no hay grandes discursos políticos, por allí hay referencias bien directas respecto del momento que se vive en España con la cuestión catalana que se deja ver con algún soliloquio de la madre de Merlí, una diva del teatro, Carmina Calduch, o con el personaje de Elisenda, una profesora de inglés cuyo motor vital es conseguir la independencia.

Esto no dejó a nadie indiferente en España, claro, y de hecho hubo críticas por parte de la Societat Civil Catalana, lo que obligó a Jaume Peral, el director de TV3, a explicar que esas referencias se justificaban porque eran una "necesidad dramática" dentro de la serie que, por lo demás, no adhería a ninguno de los bandos en conflicto.

La estructura de la serie es coral, es decir, aparte del personaje central todos sus alumnos constituyen protagonismo y por fortuna, cada uno de ellos está construido desde el punto de vista dramático con fuerza e inteligencia, empezando por los adolescentes y terminando en los secundarios que, cuando corresponde, tienen algo que decir y lo dicen con claridad y coherencia porque tienen personalidad propia y conflictos que van más allá de los amoríos propios de la edad. Cada estudiante madura, crece, se transforma durante las tres temporadas, situación que ayuda más aún a empatizar con los personajes.

Donde se agradece la agudeza de la serie es en el mosaico extraordinario que se entrega de la relación entre padres e hijos, partiendo por el propio Merlí y su tensa relación con su madre y con su hijo Bruno.

Por suerte, las aventuras de los muchachos no se agotan en el instituto y podemos ver cómo son sus hogares, su interioridad, sus conflictos y sus disfuncionalidades. Merlí es también un reflejo de la diversidad de familias, desde la madre soltera o un matrimonio conservador, hasta el padre que abandona a sus hijos. Y mejor todavía, la serie nos permite seguir también algunos momentos íntimos de los docentes, sobre todo en la sala de profesores, en donde se logra una dinámica y una estupenda tensión que se agradece, porque allí también hay un microcosmos de lo que es la vida misma con sus rebeliones, alianzas, envidias, celos y ayudas entre cada uno de los profesores.

LA SOCIEDAD DE LOS FILÓSOFOS VIVOS

Aunque tenga algunas semejanzas formales, esta serie no es un equivalente a la aclamada película de Peter Weir “La sociedad de los poetas muertos”. Si bien tanto en aquella como en ésta hay una fuerte crítica al sistema educativo, el camino que sigue Merlí es diferente.

Lo que se valora en esta serie es la manera clara, directa y frontal con que se critica -con sólidos argumentos- el sistema educativo, incluso con momentos célebres como cuando el director del Instituto esconde a los estudiantes conflictivos para que no molesten durante una visita de inspectores, situación por cierto que aprovechará Merlí para demostrarle a todos que no existen alumnos de primera o segunda categoría de manera genial.

Desde el punto de vista actoral, la serie tiene el mérito de haber logrado una formidable gama de personajes que sacan a relucir cualidades y texturas en su actuación que se agradece de verdad. De este grupo, sobresale con colores propios el actor Carlos Cuevas (Pol Rubio), con una interesante trayectoria previa, pero junto a él destaca una hornada de nuevos talentos a los que hay que seguirles la pista y que, curiosamente, son ídolos en Argentina. Destacan Albert Baró (Joan Capdevila), Iñaki Mur (Oliver Grau), sin dejar por supuesto de lado a David Solans (Bruno Bergeron) que se convirtió en ídolo debido al romance que protagoniza en la serie con Pol Rubio, tema que fue tan popular más allá de la serie que la pareja Brunol (Bruno y Pol) dio origen a un spin off -una serie derivada de la original- que se titula “Sapere Aude” y relata cómo Pol Rubio, una vez egresado del Guimerá, lucha por sacar su título y descubrir si realmente ama a Bruno.

Un punto aparte es la nostalgia. Una lechuza sobrevuela durante cada capítulo la ciudad, las andanzas de estos muchachos nos llegan directo al corazón porque son chiquillos que están creciendo, descubren el mundo, se enfrentan a la vida, viven intensamente una época de cambios de paradigmas y descubren tan pronto la felicidad de la amistad como la incerteza de un amor. Todo eso queda grabado en un muro que visitaremos siete años después que ellos egresan del instituto, donde la pregunta inevitable salta a la vista: ¿dónde quedó el Merlí de mi propia existencia?

 

Aclaración:

SAPERE AUDE

Sapere Aude es una locución latina que significa “atrévete a saber”; también suele interpretarse como “ten el valor de usar tu propia razón” y es el nombre del spin off surgido tras el éxito impresionante de Merlí.

Merlí: Sapere Aude está disponible a través de la plataforma Movistar+, siendo la primera ficción en catalán de Movistar.

 

@VictorBorquez

 

Periodista, escritor y Doctor en Proyectos de Comunicación

 

 

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