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  • Jesús Marín Fotografia
Jueves, 14 Noviembre 2019 11:07

MIDSOMMAR, EL TERROR NO ESPERA A LA NOCHE

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Con un clima de creciente tensión, cuidadosa caligrafía fílmica y centrada en los pasos de un grupo de amigos que viajan a Suecia en compañía de una pareja, este filme de Ari Aster demuestra sus virtudes para un género -el terror psicológico- que ya se había desplegado con talento en su anterior “El legado del diablo”. De paso, constata el vigor que tiene el terror para revelar la intrigante naturaleza humana

Víctor Bórquez Núñez

Una pareja se une a un grupo de amigos que van a participar de un festival ritual en Suecia. Se trata de una comunidad casi perdida que, cada 90 años, realiza esta actividad que pocos conocen y que calza a la perfección con sus intereses como estudiantes de antropología. Esto, era que no, deriva en una pesadilla y en un filme que se aleja de las fórmulas preconcebidas.

 

En 2018, el realizador Ari Aster demostró con la película “El legado del diablo” (Hereditary), su capacidad para trabajar el miedo desde el drama de una familia, asolados por la muerte de una abuela y unos misterios sin resolver y si sorprendió a todos, ahora lo vuelve a hacer en “Midsommar”, en donde retoma su estilo de autor, donde confluye el cine de género y el horror también tiene como punto de partida una tragedia personal que debe ser asimilada con mucho cuidado en la secuencia inicial, pues contiene elementos que después se entienden a la perfección.

Esa misma tensión de su opera prima se reconoce en “Midsommar, el terror no espera a la noche”, demostrando mayor dominio de los elementos de su intriga, manteniendo firme el pulso hasta el desenlace, haciendo que todas las secuencias de su película se originen en medio de la luz, trayendo los ecos *de esa joya de cine terrorífico folk “El hombre de mimbre”, de Robin Hardy, un hito dentro del cine inglés de 1973, también conocida como “El culto siniestro”, que tuvo un lamentable remake en 2006 que ni siquiera merece ser recordado.

El tema es el mismo, elemento que el director Aster estira hasta más no poder: la llegada de forasteros en el seno de una comunidad cerrada, donde tras la capa de normalidad se revela el mal en toda su esencia, con rituales arraigados a los tiempos arcaicos y paganos.

En este caso, los forasteros son tres estudiantes de una universidad estadounidense, invitados por un amigo en común para pasar el verano en su pueblo de origen, en la campiña sueca, y así poder participar de la festividad especial que tendrá lugar durante nueve días. A ellos se suma la novia de uno de ellos, Dani (Florence Pugh), que sobrevive a un duelo y desde la partida no calza con el grupo de amigos de su pareja.

Desde el inicio, Ari Aster construye un universo visualmente deslumbrante, con bosques, praderas y senderos maravillosos, rodeados de montañas donde se oculta una comunidad que mantiene intactos los ritos ancestrales, con extrañas cabañas compartidas, aldeanos amistosos vestidos de blanco, donde los afuerinos son recibidos con flores y hongos alucinógenos. Sabemos, por cierto, que algo oscuro y siniestro se incuba en ese mundo ideal.

Uno de los escasos errores del director es que, a su puesta en imágenes soberbia, donde hay escenas realmente inolvidables en su encuadre, fotografía y sugerencias, existen otras grotescas al borde del absurdo, que resta el necesario verismo que se logra durante casi todo el metraje. Esto se debe precisamente a que el gran lastre que tiene “Midsommar” es un guion que no se corresponde con la calidad visual que enmarca ese lugar donde nunca se pone el sol y que se va transformando en un escenario difícil de olvidar.

Este filme despliega símbolos, rituales y magia pueblerina en dosis crecientes, haciendo que los espectadores se sumerjan en una enervante tranquilidad aparente, en una comunidad que se va tornando más extraña y delirante, a medida que avanza el metraje, un poco exagerado, en sus 128 minutos.

Por fortuna, el realizador Aster va desarrollando su película con paciencia, incluidas enfermizas secuencias donde todo parece natural y hermoso, aunque por debajo se despliega un terror viscoso, que da cuenta del culto a lo pagano de toda una comunidad que parece muy amable y turística, pero que en verdad mantiene secretos inconfesables.

Lo mejor que tiene este filme es su textura, la manera en que el director utiliza los elementos técnicos, destacando en este sentido su fotografía que captan a la perfección los ambientes veraniegos, bellísimos pero extraños, y la forma en que se trabaja el tiempo narrativo, porque desconcierta su manejo emocional de elementos que no son exagerados, sino livianos, aparentemente inofensivos, pero a través de los cuales se logra generar intriga y sustos.

Donde aparecen fallas es en la construcción de personajes, los que en su mayoría resultan predecibles en sus acciones y contradictorios en sus motivos, lo que merma la calidad general que ha desplegado el director durante el desarrollo de su pieza fílmica.

Por suerte, estos detalles no logran quitarle fuerza al conjunto: “Midsommar” logra generar pasajes perturbadores, incluso enfermizos e indaga con habilidad en temas poco tratados en este tipo de películas, como por ejemplo las implicaciones y excesos de la necesidad humana, tratando por todos los medios de establecer lazos y hacer comunidad, aunque esto signifique desplegar la maldad y el horror casi metafísicos. 

Sin superar esa brillante película de culto que fue “El hombre de mimbre”, este filme es una pieza exquisita de ansiedad y sobresaltos, a plena luz del sol, y sin usar ni un solo efectismo, porque el verdadero terror está en nuestro interior. Buena.

@VictorBorquez

Periodista, escritor y Doctor en Proyectos de Comunicación

 

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