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  • Jesús Marín Fotografia
Lunes, 13 Agosto 2018 09:31

Festival Internacional de Cine de Michoacán

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(Nunca olvidaré el Festival de Cine sin Cines)

Raúl Adalid Sainz
El reloj dejó de sonar el tic-tac de mis pasos tanto en Parácuaro como en Uruapan.
Hoy en esta mañana de DF empiezo a recordar, de a poco en poco, lo que fue que sucedió en el Festival de Cine de Michoacán que dirige la actriz Elpidia Carrillo.


Llegué un mediodía a calor extremo de Parácuaro. Tierra caliente michoacana. Mis primeras imágenes fueron el verde selva, matizada en azul profundo del cielo. Llegamos al lugar los actores Jorge Adrián Espindola, Víctor Hugo Arana, Aldo Verástegui, el gran amigo creativo del maquillaje Rodolfo Menchaca, la michoacana-lagunera del casting Elvira Richards, la guionista y actriz Lourdes Elizarrarás y el cineasta Jaime Ruiz Ibáñez.
Por la tarde en la plaza principal del pueblo, Elpidia Carrillo presentó el festival. En la sencillez de la presencia de los participantes con el pueblo. Platicando a corazón abierto del por qué y para qué del festival. "Llevar cine al que no lo tiene".
Al día siguiente de mañana se inauguró el festival. Largometrajes, cortos, inicios de talleres. Por la noche se proyectó "Familia Gang", última cinta de Elpidia Carrillo en México. El auditorio de Parácuaro estaba lleno. La expectativa era grande. La noche culminó en cena michoacana, baile y música amenizada por los hermanos "Grupo Koraje Silva" del buen Mike Silva.
Debo hablar de la calidez de los paracuenses. Sencillos, amables, hospitalarios, gran sentido del humor. Sus comidas de rico sabor. La morisqueta, los uchepos, su pozole, sus carnitas, su birria, las paletas de la plaza, en fin, qué delicias.
Debo mencionar la participación de los niños y jóvenes en los talleres de actuación de Elvira Richards y del actor méxico-norteamericano Pepe Serna. Un acercamiento natural y sencillo al arte escénico. Viví momentos sentidos en la comunicación tan hermosa suscitada. La espontaneidad fue el faro conductor.
Al día siguiente se presentó el documental del cineasta norteamericano James Scurlock, "Fathers of the Year", una visión detallada de la lucha de unos padres mexicanos en los Estados Unidos por sacar adelante a sus hijos.
Por la noche se proyectaron el corto "Caminos" y "La Mitad del Mundo", de Jaime Ruiz Ibañez. Todo culminó con una fiesta con el pueblo en la plaza principal, un evento llamado, "Quinceañeras", un cierre del festival en su primera etapa en Parácuaro.
Aún veo la alegría multicolor de los bailes cándidos de esas quinceañeras, veo los puestos de comida, los juegos mecánicos, paladeo esa birria de la cena, el baile alegre de la concurrencia, la risa contagiante al ver ese show del "Mariachi Real Apatzingán" con aquellas imitaciones del ídolo oriundo de Parácuaro Juan Gabriel.
Debo mencionar que haber conocido al cineasta norteamericano James Scurlock, al actor Pepe Serna y a Francisco de Puerto Rico, fue un gran placer. Su sencillez y riqueza humana es enorme. Así como la de mis compañeros de inicio de viaje desde el DF a tierras michoacanas.
Al día siguiente partimos a los bosques de Uruapan a la otra etapa del festival. Un lugar hermoso. Tierra fría matizada de vegetación en pino, y en techos de teja cubriendo el blanco de las casas del colonial michoacano. Sus farolas nocturnas son una invitación a un romance casi de Romeo y Julieta. Hermoso lugar llamado Uruapan.
Se presentaron los cortos, documentales y largometrajes exhibidos en Parácuaro. La sede fue en la Universidad Don Vasco. Ese "Tata" Vasco que tanto bien dio a los indios purépechas.
La clausura llegó. El público en votaciones, tanto en Parácuaro como en Uruapan, entregó el "Premio Huizache", al largometraje "La Mitad del Mundo", al documental "Fathers of the year" y al corto "Gustavo".
Aún faltaba vivir la fiesta de clausura que se dio en el barrio de San Pedro.
Una "Canacua", coronación en purépecha. Un entregar el alma de la ciudad a los invitados. Un ritual bellísimo purificante. Un sincretismo cultural que nos fue entregado en una iglesia. Donde se nombró "Nana" (señora) a la actriz michoacana internacional Elpidia Carrillo.
Baile purépecha hondo religioso, matizado en arpa y violín, flores rojas amarillas en el altar, un ritual dedicado a la prosperidad, a la armonía, a la abundancia. Un sentir la belleza absoluta de nuestro ser mexicano en la comunión humana espiritual. Aquello fue inconmensurable, cósmico en belleza.
Hoy en esta mañana de DF, empiezo a recordar lo vivido. Cada teclear es un latido al momento vivido. Sólo alcanzo a balbucear en mi mente y en mis dentros, gracias Dios por tanto recibido.
Doy infinitas gracias a todos los organizadores y amigos, a todos los voluntarios que hicieron fuerte al festival. A Elpidia Carrillo por querer tanto a su Michoacán y llevar cultura, educación viva para sus habitantes. Si México viviera más estos aconteceres comunicativos indudablemente seríamos otro país.
Con conciencia a la sensibilidad, a la realidad humana en su problemática social y un querer tomar acción hacia su transformación.
Hoy damos vuelta a esta página. Cierro este primer libro de este festival que ha sido ejemplo de sencillez, de transmisión y de algo muy importante olvidado por el ser humano: el dar sin esperar. Hoy llevamos cine a la montaña, no esperamos que ella viniera a nosotros. Esta mañana yo me siento en paz y satisfecho.

PD: Esta inolvidable vivencia ocurrió viva en agosto de 2015. En estos días de agosto de 2018, el Festival de cine de Michoacán volverá a vivir ahora en zonas purépechas como Cherán. Un abrazo muy grande a los inolvidables amigos de este fundamental para México festival.


Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México-Tenochtitlan

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