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  • Jesús Marín Fotografia
Viernes, 03 Agosto 2018 17:50

ANIMAL

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Un burgués, la necesidad de un riñón y una excelente demostración de cómo una película dolorosa como ésta, puede terminar siendo un excelente filme para adultos

Víctor Bórquez Núñez
Este filme es un excelente trabajo en clave de thriller. Una película que se sufre intensamente. Sufrir en el sentido de su tema, de su tratamiento brutal y de su anécdota cruda.


“Animal” es, por decirlo de una buena vez, una película solo para gente que entiende el cine como una constante provocación y no como una máquina para entregar modelos archiconocidos. Es, eso sí, una buena película difícil de recomendar. Su realizador, Armando Bo, entendió que ésta era una cinta dura, por lo tanto su tratamiento visual, su manera de dirigir a los actores y su resolución son consecuentes con el concepto básico: acá se trata de un hombre, un burgués, que se desespera ante el peligro inminente de morir porque necesita con urgencia de un riñón.
Su filmografía ha pasado de manera vertiginosa desde la dulce y evocadora “El último Elvis” a este trabajo que no deja a nadie indiferente.
Guillermo Francella, el actor protagónico, se desprende de su veta cómica y, tal como lo hizo en “El secreto de sus ojos”, construye de manera solvente un personaje dramático que se llama Antonio, un tipo de cincuenta y tantos años que lleva una apacible vida que podría denominarse como pequeña burguesa: sin sobresaltos y con una agradable comodidad material, que se traduce en un trabajo muy bien remunerado, un cómodo chalet ubicado en un buen barrio, una camioneta, dos hijos adolescentes, un bebé adorable, y Susana, una esposa que mantiene una excelente relación con él (Carla Peterson).
De pronto, un anuncio le quiebra su vida: Antonio va al médico y le avisan que su existencia depende de un trasplante de riñón con urgencia.
Y es entonces cuando aparece el verdadero tema de la película, la crueldad de un argumento que abruma, asfixia y golpea al espectador tanto como al acongojado protagonista, llevando todo el relato a un experimento ficcional rendidor: la exposición de ese típico hombre común a una situación límite, algo por lo demás que alguna vez Alfred Hitchcock, también en clave de thriller, llevó hasta las últimas consecuencias.
Y de este modo se instala la gran pregunta del filme: hasta dónde puede llegar y cuánto puede sacrificar un ser humano para sobrevivir.
Y además se puede instalar otra gran pregunta: ¿hasta dónde son capaces de llegar sus hijos, esposa y parientes para ayudarle? ¿Podrán desprenderse de la comodidad material en la que viven para que el padre pueda obtener el riñón que lo ha de salvar?
Es decir, al director le interesa quitar las máscaras sociales de la buena vecindad y demostrar que muchas veces, detrás de las apariencias, existen secretos y situaciones que sobrepasan las expectativas.
Y justo cuando este juego comienza a cobrar víctimas, aparece una pareja que podría ser la solución. El único gran problema es que se trata de dos personas, Elías y Lucy (Federico Salles y Mercedes De Santis, dos revelaciones) que son lo opuesto de la familia de Antonio, dos personas miserables, marginales, que no respetan las convenciones y que solamente desean lucrar con el dolor de los demás.
Pero el realizador va todavía más allá, siguiendo la línea del director Michael Haneke, nos hace dudar de las intenciones de estos nuevos personajes que podrían ser dos psicópatas o sociópatas de marca mayor, tal como sucedía en la terrible película “Funny Games”, aunque también podrían ser simplemente dos tipos egoístas y nada más.
Y desde luego que cuando un pequeño burgués ve amenazada su seguridad, su familia y su entorno, se vuelve más peligroso incluso que quienes lo agreden.
El realizador emprende entonces un excelente relato dominado por la tensión y la ambigüedad extrema, donde predomina el humor negro y pizcas de surrealismo, que transcurre en Mar del Plata, azotada por un crudo invierno y que es filmada como un lugar desolado, marco más que perfecto para este juego macabro en donde uno a uno se enfrentan y se genera un proceso doloroso de descomposición moral que, de verdad, se sufre y mucho, porque a pesar de no existir escenas explícitas de violencia, el espectador termina agobiado por la tensión y el intenso jugueteo psicológico al que ha sido expuesto.
Se trata, en síntesis, de una muy buena película que debe ser disfrutada por un público adulto, de criterio formado y que comprenda que los caminos para entender el arte son, casi siempre, intrincados a la vez que dolorosamente fascinantes.

@VictorBorquez
Periodista, escritor y Doctor en Proyectos de Comunicación

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