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Lunes, 29 Marzo 2021 09:22

Un viaje por la librería Otelo 

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Mariana Rodríguez

El centro de la ciudad de Torreón Coahuila es un refugio de antiguas memorias. Al internarse por sus calles uno se pierde en la magnitud de historias que sus viejas fachadas van contando en el recorrido, tomando un camión en la Treviño, o disfrutando de una nieve en la plaza de armas.

 

Camino por la Juárez primero de Cobián con rumbo fijo, giro un poco la mirada a la izquierda, me detengo frente a un local alto de doble nivel, en medio de otros dos, con el número 666 “librería Otelo- casa de libro usado” y cruzo la puerta, al atravesar, del lado derecho se encuentra una mujer tras un escritorio, me recibe con una sonrisa, la señora Doris Romero, me saluda con un gesto de mano.

Ya había platicado con ella antes por teléfono tan solo unas horas atrás, le pedí que me recibiera en su local, ella me dijo que fuera en la tarde y ahí estaba.

La señora Doris Romero, pequeña, de tez clara, con unos ojitos verdes que me miraban fijamente con un brillo que, pese a su edad, irradiaban la energía de un millón de soles y me brindaron una cálida bienvenida.

Había más personas dentro del local –“ahorita que se vayan ellos empezamos”- me dice, asiento con la cabeza, levanto la vista para ver las estanterías que recubren los alrededores de la antigua casa y me adentro por sus pasillos, reconozco algunos ejemplares voy desde recopilaciones de clásicos hasta juveniles y de fantasía, de libros académicos que contienen el conocimiento de datos exactos y certeros, hasta cuentos con relatos de tierras lejanas y héroes intrépidos viviendo las más grandes aventuras.

Recorriendo los pasillos, me inunda el olor de gastadas páginas que tenían años de vida, ¿hacía cuanto nadie las leía? ¿Cuántos eran?, esas preguntas inundaban mi cabeza, desbordando mi imaginación.

El ruido de los clientes saliendo por la puerta me hace reaccionar, regreso a la entrada y finalmente puedo empezar a platicar con la señora Doris, prendo mi grabadora y empiezo a hablar- “¿Me comenta que esta librería tiene más de treinta años verdad?” –“esta librería abrió sus puertas en el año mil novecientos noventa, por mi esposo, siempre ha sido un amante de los libros y decidió abrirla cuando se jubiló, primero en la Matamoros a un lado del Isauro Martínez, después en la Galeana y luego enfrente de las oficinas del Isauro, ahí duró más de veinte años, cuando iniciaron los trabajos de construcción para la Plaza Mayor, nos desalojaron y finalmente nos quedamos aquí en la Juárez”.

Indago más respecto a la historia de la mujer que tengo en frente, la plática fluye de manera espontánea- “Yo antes trabajaba, fui secretaria, primero en el Isauro y después en la Ibero, cuando me jubilé pude empezar a venir, tengo como tres o cuatro años viniendo”.

Con una mirada brillante y llena de sentimiento la mujer empieza a contarme un poco del día a día dentro de la librería Otelo, - “ahora que estoy pensionada puedo estar aquí todo el día atendiendo a la gente y demás leyendo, algo que siempre me gustó, pero nunca tuve el tiempo para hacerlo, ahora estoy enamorada del libro”.

Mientras me platica, el tono de Doris cambia un poco y ese brillo que resplandece en sus ojos baja y expresa una situación que la aqueja dentro de su reino hecho de papel, -“Todos los días veo que pasan ríos de gente y de entre todos esos, solo uno voltea”. 

Con sus palabras Doris me hace entender que a pesar de esta situación, la librería también cuenta con su fiel cartera de clientes que asisten recurrentemente y pasan horas buscando entre las torres de libros que componen Otelo, “es bien bonito cuando alguien llega y me pregunta ¿Qué hay de nuevo para mí? Y buscan y buscan hasta que lo encuentran y cuando lo hacen, es como si encontraran oro”.

Cambiando un poco el tema, recuerdo la pregunta que me hice al principio, - “Aproximadamente, ¿cuántos libros tiene aquí?”- “más de diez mil, porque estos no son todos, hay muchos en cajas”. - “¿Quiénes son sus autores favoritos?”- “Mi autor favorito es Víctor Hugo por Los Miserables y Dostoievski por Crimen y Castigo, son los que más me han impresionado y de ahí hay un montón” –“y ¿cuántos libros ha leído a lo largo de su vida?”. Pensativa mira hacia el techo, hace cuentas en voz baja “intento uno cada quince días y por año mínimo diez”, y me contesta “más o menos unos quinientos”.

Este lugar guarda anécdotas e historias de vida, de las cuales la señora Doris Romero es partidaria, escuchando u aconsejando a todos aquellos individuos que se aventuran a explorar los límites de su librería, me cuenta algunas historias de la gente que llega y se va, las historias van desde anécdotas de gente que va una vez, hasta clientes recurrentes que miden el paso del tiempo a través de las páginas de los libros que van comprado.

“Aquí he visto hasta familias formándose, unos niños que venían con sus papás, antes nunca agarraban los libros, se la pasaban corriendo, ahora poco a poco han tomado el hábito de la lectura”. 

Hablando de la carga simbólica y emocional que un lugar como el que este representa podemos encontrar la belleza en cosas tan cotidianas como: “una vez llegó un niño de once años preguntando por libros de liderazgo y derecho mercantil y me pidió también uno de la revolución porque dice que hace mucho que no lee de la revolución”; hasta cuestiones de vida más complejas y duras de afrontar, “a veces ha venido gente diciéndome que se quiere suicidar y pues trato de ayudarlos en la medida de lo posible”.

Escuchando a la mujer que tenía al lado, no puedo más que confirmar la información que me da, estoy sentada justo a un lado de la puerta de entrada y la gente que entra y sale de Otelo, lo hacen con un aire familiar y de confianza, una comunidad de individuos distintos que creen en las palabras y ven en los libros un tesoro invaluable, el saber.

Finalmente me despido de Otelo con un último mensaje de Doris Romero, “Cuando la gente venga, quiero que se sientan libres y como en casa, nunca voy a correr a nadie, aunque se pase de la hora de cierre, lo que quiero es que lean, ¿cómo los voy a correr?”. Miro fijamente a Doris y le pregunto “y ¿Cómo se ve en unos años?”- “me veo igual, aquí atendiendo a la gente y si nadie viene yo aquí voy a estar, leyendo”.

 

• Mariana Rodríguez, es estudiante de la licenciatura en Comunicación y Periodismo, de la Universidad Autónoma de La Laguna

 

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