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Miércoles, 10 Marzo 2021 12:57

Como la primera vez

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Mariana Rodríguez

Llegue como la primera vez, el auto estacionado frente a la antigua casona ubicada entre Juárez e Hidalgo, justo en el corazón del Torreón viejo. Me parecía casi un sueño o más bien un recuerdo, había pasado más de un año desde que estuve en esa casa por última vez.

 

Una cantidad inusitada de eventos habían provocado que no pudiera volver en mucho tiempo, el cambio de locaciones y un suceso que azotó al mundo entero, un virus letal que suspendió las actividades diarias de todas las personas, convirtiendo el ejercicio de tareas que podían considerarse ordinarias en extraordinarias.

Baje del coche y contemple por un milisegundo el ambiente que me rodeaba, la tarde del viernes corría en la alameda a espaldas de mí, el olor de la brisa característica de inicios de marzo que anuncia la llegada de la primavera y la antigua casa color azul mirándome de frente con su fachada de estilo francés, invitándome a pasar.

Desde afuera podía escuchar el sonido de las guitarras, esas guitarras que llevo escuchando casi por cinco años, interpretaban una melodía que reconocí al instante “Amor de mis amores” de Agustín Lara, era la canción. A las afueras puede distinguir una figura familiar, recargado sobre la baranda con la vista puesta al frente, me saludó – “¿Y ese milagro Luz?”- “¿Cómo ha estado profe?”- contesté. El profesor Antonio Estrada, ha dirigido de la mano de su pareja a la Rondalla durante varios años, no hemos dejado de vernos desde la suspensión de actividades, aunque debo decir que fue una sorpresa tenerlo de frente en vivo y en directo, y no desde una pantalla de computadora.

Al hablar una voz proveniente de la casa me calló –“estamos grabando”- y al instante reconocí la voz, se trataba de mi directora Cristina Larios, subí las escaleras, atravesé la puerta girando a mi derecha, entrando en la primera habitación y me encontré de frente a la sala, tan amplia como la recordaba, con una tenue iluminación que apenas deja a unos pocos rayos de sol cruzar por los límites de sus persianas, el lugar se encontraba repleto de equipo de grabación.

El once de marzo del año 2020 se declaró estado de emergencia mundial, curiosamente ese mismo día nosotros, las rondallas que formamos parte de la Universidad Autónoma de la Laguna nos preparábamos para partir al concurso nacional Amor y Amistad en Xalapa, Veracruz, esa fue la última vez que tocamos, fue la última vez que escuchamos el aplauso del público al terminar, después de ese día nos recluimos durante un año entero y ahora estaba parada en esa sala de regreso, lista para tocar.

En la sala se encontraban sentadas  sobre unos banquitos Alicia, Yuli y Vicky, los tres requintos de la rondalla femenil, me saludaron, justo después pude ver a Cristi, en cuyo rostro pude distinguir una sonrisa detrás de la mascarilla y más allá de ella una figura sentada en las penumbras de la sala , ahí donde casi no llega la luz , el profesor José María Larios, el padre de Cristi, el padre de todos nosotros de algún modo;  me saludó desde su asiento, se encontraba detrás de un montón de equipo de audio, fue cuando supe que en algún punto interrumpí la grabación de algo.

Salimos por un momento de la casa, las chicas tenían otras cosas que practicar, al salir nos dirigimos a la jardinera de un lado, ésta da a un callejón que al adentrarse en él se pueden apreciar ventanas y balcones de las casas vecinas, a veces practicábamos ahí y desde esos balcones nos llegaron a aplaudir. Estábamos sentadas en una de las jardineras, cuando una señora se nos acerca- “¿ya van a volver?”- nos preguntó, seguido de una negativa nuestra, - “se les extraña por aquí”- la señora se marchó con una sonrisa. 

Sentadas en la jardinera vimos a la distancia a una pequeña figura acercándose a lo lejos, se presentó bajo el nombre de Alondra y formaría parte de la rondalla a partir de ese día, Alondra fue el primero de varios rostros nuevos que veríamos esa tarde, Valeria y Marisol serían las siguientes. 

Entrando a la casa estábamos todas listas para grabar, nos habían citado en pequeños grupos para evitar aglomeraciones, todo era con la intención de grabar un cover de la canción amor de mis amores para celebrar la llegada de la primavera en nuestra universidad.

Todas estábamos un poco nerviosas, hacía casi un año de no tener contacto grupal, cuchicheábamos –“¿te acuerdas de la voz?”, “¿cómo empezaba?”, - “¿Te la sabes?”, tal y como antes, era una costumbre arraigada de muchos años atrás, con un miedo al error perceptible en todas nosotras, que al final no pasaba de una equivocación seguido de carcajadas sueltas.

Nos sentamos en la sala, todas con mascarilla puesta y cantamos. Cantamos; tantas veces lo había hecho, tantas veces había estado sentada en esa misma sala ensayando hasta tarde después del colegio, pero esa vez fue especial, fue como si nunca lo hubiera dejado de hacer, las voces fluían mecánicamente por la garganta, era tan familiar y recordé cuanto lo extrañaba.

Al levantar la vista y mirar alrededor comprendí que no era la única que se sentía así, Cristi alzaba las manos limpiando lagrimas que le corrían por el rostro, - “salió muy bonito niñas”-. Al terminar el turno de mi grupo y dándole paso al segundo puede distinguir más rostros conocidos, las Andreas, Mariana, Ana Carmen y Ely.

Se pudo sentir la ausencia de muchas otras, pero sabemos que la próxima vez estaremos todas juntas, Dana, Azul, Naylea y las que faltan.

Al terminar el ensayo nos reunimos, los que quedábamos, alrededor de la sala de estar y conversamos sobre diferentes temas, terror y películas entre otros.

Cuando llegó el momento de marcharme eran las 7:30, al salir por la puerta giré levemente la cabeza para echar un vistazo a la casa y me perdí en la noche, que ya empezaba a asomarse.

 

• Mariana Rodríguez, es estudiante de la licenciatura en Comunicación y Periodismo, de la Universidad Autónoma de La Laguna

 

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