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Lunes, 19 Octubre 2020 13:16

La Economía del Cuidado

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Silvia Elena Romero Adame

Desde el inicio de la pandemia, prácticamente a todo ser humano sobre el planeta nos cambió la vida. Pero si bien a muchos nos trastocó la rutina, existe un silencioso y gran porcentaje de personas que han sido sometidas a una sobre carga de obligaciones. Me refiero a las personas que son cuidadoras primarias. Desde las mamás de niños pequeños hasta las personas que están a cargo de adultos mayores o personas con discapacidad. 

Definición de cuidados

Podríamos definir cuidados como toda aquella actividad que se realiza para el bienestar de otras personas, que incluye actividades de limpieza y mantenimiento de la vivienda, limpieza de ropa, alimentación, administración del hogar, así como el cuidado y apoyo a otras personas.

Aun cuando el estado provee algunos cuidados por medio de instituciones, la realidad es que la mayoría se otorgan al interior de los hogares por la misma familia. Ahora bien, debido al constructo familiar en nuestra sociedad mexicana, esos cuidados generalmente se definen como roles femeninos, por eso se dice que los cuidados tienen cara de mujer.

¿Quién cuida en México? 

En la “Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México 2018”, publicada por el INEGI en 2019, 90 millones de personas mayores de 12 años al interior de los hogares se encarga de los cuidados de niños pequeños, personas enfermas, personas con discapacidad, adultos mayores e incluso de otras personas no dependientes, como cónyuge y adolescentes. Donde las mujeres aportan el 76.4% del total de horas destinadas a este trabajo al interior de los hogares.

El Valor Económico Total del Trabajo No Remunerado en los Hogares (VTNRH) equivale a 5.5 billones de pesos, lo que representó el 23.5% del PIB en 2018 en nuestro país. De ese porcentaje el 17.7% es aportación del trabajo realizado por mujeres. ¡Por encima de la Industria de la Manufactura! Que ese mismo año aportó el 17.3% de PIB.

Por supuesto, eso sería si el Trabajo de cuidados fuera remunerado, de ahí la importancia de hablar de la Economía del Cuidado y poder cuantificarlo como cualquier otra actividad productiva.

También puedes leer: https://issuu.com/revistametropolis/docs/metr_polis_no.136_septiembre_2020

Cuidados y discapacidad

Sin embargo, dentro de todas las actividades de cuidado, las que consumen más tiempo son las destinadas al cuidado de personas con discapacidad, donde las mujeres invierten en promedio más de 40 horas semanales.

Por eso es comprensible que, ante la pandemia, donde las tareas aumentan con la escolarización en casa de los hijos con alguna condición, muchas madres decidieran dejar pasar el año y concentrarse en otras actividades. Simplemente porque no les alcanza para más.

Desigualdad

Por supuesto que la configuración social de nuestro país, donde los cuidados se delegan casi en exclusivo a la mujer, propicia condiciones de desigualdad para ella, principalmente en el acceso a mejores oportunidades de empleo, autorrealización y actividades de autocuidado que eleven su calidad de vida.

Por ejemplo, las organizaciones suelen “penalizan” a las madres de niños pequeños, limitándolas a puestos de menor nivel, responsabilidad e ingresos, por creerlas incapaces de consolidar los compromisos laborales y familiares. Y si alguna mujer logra “colarse” en puestos de liderazgo, la sobre carga de trabajo es irracional. Muchas de ellas tienen jornadas de trabajo de 8, 10 o hasta 14 horas diarias y aún deben llegar a casa a cubrir el resto de sus responsabilidades.

Ahora ¿Se imagina cómo vive una mujer con esas jornadas de trabajo, que además provee cuidados a una persona con discapacidad? Las horas del día no son suficientes.

Es por eso que para muchas mujeres el autoempleo, las ventas por catálogo y cualquier trabajo dentro de la informalidad se vuelve la única forma de conciliar responsabilidades. Sin embargo, la informalidad las pone nuevamente en desventaja, dejándolas sin prestaciones, sin seguridad social, sin acceso a vivienda y sin un fondo de retiro.

Cuidados en un marco de derechos

De ahí la importancia de hablar de cuidados desde un marco de derechos humanos. Reconociendo el derecho que tiene una persona a ser cuidada, pero también reconociendo los derechos de quien cuida. 

Lamentablemente México no avanza mucho en cuanto a Política de cuidados. El CONEVAL en un análisis acerca de los Cuidados de Largo Plazo (CLP) en México concluyó que la provisión de los mismos “es escasa y fragmentada; no hay una política nacional ni programas específicos de CLP”.

Por lo cual, proporciona algunas recomendaciones de políticas públicas para mejorar el sistema de cuidados en nuestro país en tres vertientes: Investigación, Provisión y Jurídico-Normativo, con el fin de que las actividades de cuidado no recaigan totalmente en las familias.

Por la misma tesitura, Sughei Villa Sánchez en su publicación “Las políticas de cuidados en México ¿quién cuida y cómo se cuida?” Dice que es importante “desfamiliarizar” el cuidado de las personas. Recomienda que tanto el Estado, el mercado y las empresas sean corresponsables para ofertar servicios que cubran las necesidades y tareas de cuidado.

Conclusiones

Es indispensable generar programas enfocados no solo en el cuidado, sino en la promoción de una vida independiente y autónoma para las personas con discapacidad. A la vez de políticas públicas que valoren y aborden los cuidados dentro de un marco de derecho para quien los requiere, como para quien los proporciona.

En tanto eso no suceda y la oferta de espacios destinados al cuidado sea escasa o inaccesible, las mujeres seguiremos viendo limitada nuestra participación en diferentes ámbitos sociales.  

Porque, mientras para unas mujeres el proveer cuidados solo es un estadio en su vida, al final los hijos crecen y se independizan. Para otras, la demanda de cuidados suele aumentar con los años. Por eso existen mujeres de casi 80 años, aun proporcionando cuidados a un hijo de 60.

Si voltea a su alrededor podrá identificar a más de una de esas mujeres que cuida a sus padres, a sus hijos u otro familiar sin remuneración alguna y muchas veces, sin reconocimiento. 

Encontrará a la mujer que, por decisión propia o en pareja, eligió el rol de los cuidados. En estas situaciones la familia en su conjunto delimita roles y responsabilidades en tareas y economía. Y aunque sigue siendo un trabajo no remunerado, normalmente los otros integrantes de la familia apoyan y reconocen el esfuerzo realizado.

Existen otras mujeres que además deben conciliar el trabajo de cuidados dentro del hogar con un trabajo puertas afuera que les permita también ser proveedoras. Algunas de ellas incluso como únicas jefas de familia.

Yo he visto a otra mujer, usualmente poco valorada por su familia y la sociedad, para quien las tareas del cuidado la reclaman de tiempo completo. Ha visto morir sus aspiraciones y de a poco su luz se va apagando. Ella me preocupa más, porque el confinamiento ha quebrado su carácter y autoestima, volviéndola con los años vulnerable e incapaz de redirigir su vida. 

En cualquiera de los casos esa mujer esta desprotegida, sin salario, sin prestaciones, sin un plan de jubilación. Su labor, de cuantificarse, es sumamente productiva y sin embargo nada le pertenece. 

Hoy lo invito a volver su rostro y mirar de frente la cara de los cuidados en su comunidad, se encontrará con un bello rostro de mujer.

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