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Domingo, 25 Octubre 2020 18:18

Paul Leduc, y aquella fotografía de luz de su Reed México Insurgente

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Raúl Adalid Sainz

Que lejos y que cerca parece aquel 1973 en que se estrenó la histórica película, “Reed México Insurgente”. Cinta basada en la novela: “México Insurgente: la revolución de 1910”, del periodista norteamericano John Reed.

 

Tendría 16 años cuando vi por Canal 13, cuando era televisora del estado, aquella película que marcó mi senda de gusto por el cine mexicano setentero. Ese cine que hablaba a tus sentidos y a tu razón.

Hoy en esta incertidumbre pandémica del 2020, este octubre 21 en que murió Paul Leduc, me pregunto ¿por qué me arrobó esa cinta siendo tan carente aún de razones de lo que es la vida? Recuerdo haberla visto con mi padre. Un adorador de la figura villista. Conocedor a fondo del centauro norteño y de las tomas a la ciudad de Torreón, nuestro lugar de residencia en ese 1976 en que la vi. 

Me contesto en este presente: Fue quizá ver a un hombre solo en medio de las batallas. Alguien que luchaba por revelar la verdad. Me llamaba la atención los parajes. Esos tan conocidos por mí, esos que dividen a Torreón de Chihuahua, tierra de mi madre. Me llamaba la atención, no sé por qué, la actuación del actor que hacía a “Reed”, el gran Claudio Obregón. Las imágenes me atrapaban. Chihuahua, “Pancho”, como le decía mi padre al gran Francisco Villa. 

Seis años después me hice actor, debutaba en 1982 en el teatro profesional con la obra “Tartufo”, de Moliere, y ahí el primer actor de esa obra era el señor Claudio Obregón. Cuando lo vi me dije: “Ahí está Reed”, qué asombro.

La suerte me permitió conocerlo y que le cayera bien. Le decía Don Claudio, tenía 21 años y me impresionaba conocer en persona al mismísimo “John Reed”. 

“No me digas Don Claudio, dime Claudio, yo te voy a contar todo lo que quieras de esa película de “Reed” que dices que te impresionó”. Claudio me contó que habían filmado en llanos del estado de Querétaro. Yo le dije que eran muy similares a los desiertos que figuran ser en la película, esos parajes entre Torreón y Chihuahua. 

Recordar que la cinta habla de los preparativos de la “Toma de Torreón”. Los villistas van aproximándose a La Laguna desde Chihuahua y Durango. A Claudio esto le impresionaba por la similitud de sitios que le contaba. Me hablaba que había sido un rodaje extenuante, donde hubo que prepararse mucho. Claudio no tenía reparo para hablar de sus cualidades; “Me entregué por entero al personaje”, decía en la seriedad que yo veía de su personaje en la película. Seis años después de haber visto por primera vez “Reed México Insurgente”, me enamoré más de la película, Claudio era y es, un referente para mí en la actuación.

Este 21 de octubre del 2020 en que murió Paul Leduc, no pude dejar de pensar en los recuerdos mencionados. Pensé: ¿Por qué me gustó tanto esa película? ¿Por qué la considero un referente dentro de mis gustos cinematográficos? 

Las preguntas se responden por lo anterior. Sin dejar de rememorar que en un ciclo de la “Cineteca Nacional” sobre el cine de los setentas en México la volví a ver. Tenía 23 años y definí y certifiqué más hondamente el por qué es una de las mejores películas de nuestro cine.

El 22 de octubre del 2020, un día después de la muerte de Paul Leduc, volví a verla, el viaje me dejó lo siguiente: Un girar de carroza inicia la película. Es el vértigo, el correr de la vida. ¿A dónde va John Reed? Es 1913 y el buen “John” va en búsqueda del ejército villista para narrar qué se persigue en esa lucha y describirlo para el periódico en que labora. 

La cámara son los ojos de aquel gringo inquieto. Su idealismo de narrar algo muy importante: la verdad, el porqué de una lucha, los para qué de un pueblo humilde que busca la dignificación sin saber en razones los porqués. Sólo es la necesidad vital de cambiar las cosas. De remediar su miseria. 

La cámara de Leduc, de sus fotógrafos, Toni Kuhn, Ariel Zúñiga, Víctor Herrera y Alexis Grivas, son las razones de búsqueda de “Reed” y de los espectadores. Un cine que en su fotografía se revelan las imágenes que ve el periodista. 

La película es un viaje, es encontrar al general Tomás Urbina, compadre del centauro, y verlo retratarse con su familia en la lente de la cámara de “Reed”, es ver a su tropa extrañarse por aquel gringuito que quiere contar sus hechos de guerra, es cuestionarlo: “Usted es un gringo Huertista”, le dice encarador el teniente Julián Reyes, interpretado por el gran actor, fallecido ya, Juan Ángel Martínez. 

Es ver esa gran secuencia entre el humano teniente “Longino” y “John Reed”. Ese encuentro nocturno de instantes antes de los cocolazos. Escena que narra la verdad de dos hombres, de la amistad, del cariño fraterno que nace, de dos seres que apuran la vida confesándose y tomando sotol. Uno cuenta su miedo, “Reed”, el otro escucha, fuma y da ánimos. 

“No se me achicopale Juanito”, dice compasivo Longino. “Reed”, reflexiona, ve su vida, sus miedos, estos son como un túnel, en él ve los peligros propios, pero no los enfrenta, encara peligros ajenos, y eso es trampa, dice acongojado y turbado por la bebida. “Pero tú te metiste aquí para contar la verdad Juanito y eso es de machos”, dice hermanándose “Longino” con “John”. 

Una secuencia hermosa, profunda, es la vida; es para mí la tesis del personaje central en ese preciso momento de su vida. El actor Hugo Velázquez, está espléndido en ese papel de “Longino”.

La cinta es el correr de vida de “Reed”, en esa encrucijada. Su ser o no ser. Su pelear o no pelear, su ser espectador narrativo o ser protagonista en acción luchando por una causa justa. Veremos sus soledades nocturnas, su deambular por los desiertos persiguiendo a la tropa en desbandada, su correr por los llanos persiguiendo la verdad o su necesidad presurosa de ser. 

La luz se revela al conocer la inteligencia vital de Villa. Interpretado magistralmente por el escritor chiapaneco Eraclio Zepeda. Sus inquietudes no resueltas con los periodistas colegas al cuestionar cómo lograr el dar a conocer lo que es el ser humano cuando persigue un ideal de justicia y dignidad. Su incertidumbre. Su fumar con tres miembros de la bola. El decir que es periodista y ver que aparentemente no entienden su oficio. 

Uno de ellos dice al otro, “Son esos que escriben cosas”. Todo hasta oír en las inmediaciones de Gómez Palacio para la toma del lugar: “Se rajaron, nos dejaron Gómez Palacio solo”. Los pelones se han replegado a Torreón para ofrecer resistencia desde ahí. Ese pequeño papel del heraldo informativo fue realizado por el buen rescatista cinematográfico lagunero, el buen amigo Fernando Del Moral.

La tropa circunda las calles de Gómez, hay gritos, barullo victorioso, saqueos, la cámara se posa sobre “Reed”, junto a un escaparate de una tienda de artículos diversos, cierra su puño, lo cubre con su chamarra haciendo colchón y rompe el cristal. “John”, ha cruzado el túnel de sus miedos. 

En eso la cámara avanza por descampado en continuo fluir. Se oye la voz de Claudio como narrador decir: “Siete días después las tropas de Villa tomaban Torreón. Tres semanas más tarde los norteamericanos invadían Veracruz, seis años después moría John Reed en la Unión Soviética a los treinta y tres años de edad”. La cámara avanza. El tiempo manifiesta el destino de “Reed”.

Grandiosa película hecha por puros chavos. Leduc tenía 28 años al hacer ésta su ópera prima. Los productores de esta película independiente fueron: Salvador López, Luis Barranco y Bertha Navarro. Los guionistas: Juan Tovar, Paul Leduc y el experimentado Emilio Carballido. 

Los actores, muy jóvenes: Claudio Obregón, Ernesto Gómez Cruz, Eduardo López Rojas, Eraclio Zepeda, Juan Ángel Martínez, Hugo Velázquez, Max Kerlow, Farnesio de Bernal, como los actores más reconocibles. Son muchos los personajes incidentales.

Una película de esfuerzo conjunto. Un proyecto independiente, con recursos. Se recrean muy bien las secuencias de guerra, de tropa, de trenes, de multitudes subidas en los techos del ferrocarril. Muchos extras bien dirigidos.

Un gran ejemplo de una película hecha con esfuerzo, con el material perfectamente organizado, y con una materia prima indispensable: el corazón, el alma y la inteligencia puestas al servicio de un ideal llamado: “Reed, México Insurgente”.

¡Gracias Paul Leduc y gracias a todos esos chavazos que nos dejaron para la posteridad esta extraordinaria cinta que nos impulsa siempre a luchar, aunque sea como dice la película por los que vienen delante!

 

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan

 

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