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Lunes, 15 Junio 2020 10:27

Cuando llegues a Madrid chulapa mía

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(Bitácora de un viaje con mi padre)

 

Raúl Adalid Sainz

Sí, como dijo Lara, mi padre y yo armamos la tremolina cuando llegamos a Madrid.

Bien que lo tengo presente. Como a eso de las seis de la mañana comenzamos a sobrevolar el cielo madrileño. Lo comencé a ver y mis ojos se llenaron de lágrimas. Un sueño estaba a punto de volverse realidad. Tanto había oído desde niño los ecos de esa ciudad que un velo mítico se iba a descorrer para mostrarme el escenario de un tesoro sólo imaginado. Mi madre en sus jornadas de cocina me hablaba también de esa ciudad. La soñaba, la imaginaba vivazmente.

 

A los veinte años iba a conocer ese sitio que los árabes en su estadía de ocho siglos llamaban: "Mayrit", esa que, "El Flaco de Oro", Agustín Lara, inmortalizara. "Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací".

Arribamos al aeropuerto de Barajas. El frío calaba hasta los huesos. Bien presente lo tengo, 26 de diciembre de 1981. El viento helado de "La Sierra del Guadarrama" nos daba la bienvenida. Un taxi nos trasladaba por los suburbios, recuerdo multifamiliares, y una atmósfera nublada. 

Todo hasta llegar al centro. Al edificio de la telefónica donde a un costado estaba en altos un hotel de un sabor madrileño a más no poder. Un Hotel romántico llamado "Pereda". El dueño nos recibió. Un viejo de porte. Con gorra madrileña, bigotito a la Clark Gable, bufanda anudada como gazné, y su abrigo, un personaje extraído de una zarzuela. Un caballero madrileño llamado "Laureano Pereda". Al paso de los días de estadía en su hotel nos confesó: "Aquí donde me ven, con esta edad, yo fui chulo", no era de dudarse, la actitud y "el que tuvo retuvo" lo dejaban adivinar.

Serían las ocho de la mañana cuando llegamos al hotel. Dejamos nuestras cosas, el equipaje, y salimos a caminar por la imponente "Gran Vía". Fuimos a desayunar ligero, pues los festines gastronómicos nos esperaban para tapear y luego comer. Llegamos en nuestro caminar a una esquina símbolo de Madrid: La confluencia de la "Gran Vía" y la calle de Alcalá. ¿Qué más podía pedir? Estaba en el corazón de Madrid. Pero mi sentir, mis ojos, mis sentidos todos, aún no lo podían creer. Las imágenes enteras se me venían de golpe. Madrid no podía contemplarse así a golpe de un trago. Había que sorberlo de poquito en poquito. La belleza es abrumante y te invita a cerrar los ojos.

Ese primer día culminó con una gran comida, unos mariscos deliciosos, una sopa caliente que arropaba del frío y una tarde en el "Bar Chicote", ahí donde uno se da "un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad y la gracia de un piropo retrechero más castizo que la calle de Alcalá". Indudablemente, así como desde México lo dijo soñando España el gran Agustín Lara.

Este paseo por Madrid continuará, por cierto, esa noche dormí como un lirón, ocho horas de adelanto de la vieja Europa en relación a América comenzaron a pesar. Me fui a dormir y mi padre en su enamoramiento por su Madrid siguió la correría. Así se las gastaba mi viejo.

 

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de este México Tenochtitlan

 

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