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Viernes, 12 Noviembre 2021 09:23

Aviso de curva

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El reto de José María Fraustro Siller en Saltillo (la clave está en el Cerro del Pueblo y la Sierra de Zapalinamé)

Rubén Olvera Marines

El acelerado crecimiento de la población y una acentuada diferenciación socioterritorial han dado a Saltillo un rostro asimétrico. La ciudad se ha divido en dos partes, mostrándose una de ellas descompensada respecto a la otra, muy similar a la fisionomía de una moderna metrópoli latinoamericana.

 

Al comparar las condiciones urbanas del sur, oriente y poniente de la ciudad con las observadas en el norte, distinguimos con facilidad una particular divergencia social. Por una parte, un cúmulo de unidades habitacionales populares de reciente ubicación en zonas periféricas, que alojan viviendas de bajo costo, con espacios reducidos, hacinamiento y probablemente con una alta incidencia de problemas sociales y de seguridad.

Al otro lado, desde las avenidas principales como Venustiano Carranza, Periférico Luis Echeverría en su parte norte, Luis Donaldo Colosio, vía Saltillo-Monterrey, Los González, Eulalio Gutiérrez, José Musa, entre otras, se pueden observar emplazamientos urbanos en donde predominan los denominados “fraccionamientos cerrados”, los cuales se distinguen por ser espacios aislados, exclusivos, rodeados de una envidiable dotación de infraestructura urbana y resguardados por una considerable presencia de servicios públicos municipales. Características que aseguran uno de los más altos estándares de calidad de vida del país en esas zonas.

De hecho, diversos estudios colocan a Saltillo como una de las ciudades más habitables y con el mayor potencial para la atracción de inversiones de México. Los índices de competitividad urbana y calidad de vida registrados en fechas recientes, resultan la envidia de las urbes de igual tamaño. Sin embargo, con sus 879 mil 958 habitantes, la capital de Coahuila experimenta un rápido proceso de periurbanización, con todas las implicaciones sociales, económicas y de política pública que este fenómeno acarrea consigo.

Se trata de un patrón territorial ciertamente común en las ciudades de rápido crecimiento. En este caso, apalancado por el desarrollo industrial, caracterizado por la recepción de flujos migratorios provenientes del área rural y de otras ciudades de la República, atraídos por las positivas condiciones de vida y las oportunidades de empleo.

El resultado, sin embargo, ha sido la conformación de un paisaje lleno de contrastes y desigualdades sociales. Incluso, en ciertas zonas se observa el crecimiento de asentamientos marginados del desarrollo urbano, como lo son algunas colonias ubicadas a las faldas de la Sierra de Zapalinamé, al sur y oriente de la ciudad, y a los alrededores del Cerro del Pueblo, al poniente de Saltillo.

No cabe duda que la capital de Coahuila se ha convertido en una ciudad importante. Concentra una gran actividad económica industrial que ofrece empleos bien remunerados. Las condiciones de vida de la población han mejorado radicalmente. Además, registra altos niveles de seguridad, su oferta educativa es variada y de calidad y su infraestructura para la movilidad y conectividad ubican a Saltillo como una de las urbes más competitivas del país.

No obstante, el crecimiento acelerado puede abrumar la capacidad del Gobierno municipal para la prestación de servicios públicos suficientes y de calidad, comprometiéndose, en consecuencia, la ordenación del desarrollo urbano en los nuevos asentamientos de la periferia. Si esto sucede, Saltillo podría convertirse en una urbe fallida, marcada por la desigualdad y la proliferación de colonias marginadas.

Lo anterior plantea el reto más significativo para la nueva administración municipal que encabezará José María Fraustro Siller.

Mi opinión es que no se deben poner límites al crecimiento, pero sólo si los encargados del desarrollo urbano y la prestación de servicios públicos municipales logran resolver los problemas y las complejidades que acompañan el incremento de asentamientos humanos en la periferia.

Si bien en el sur, oriente y poniente de la ciudad no prevalecen situaciones generalizadas de pobreza, implementar políticas y programas dirigidos a fortalecer la cohesión social, la prestación de servicios, la seguridad y la movilidad hacia los centros de trabajo es de la mayor importancia a medida que la periurbanización crece a una escala de irremediable complejidad.

No se trata, por lo tanto, tan solo de abrir la cartera para invertir en suntuosas obras de infraestructura. El cemento y el acero son importantes, pero no suficientes. Para garantizar un desarrollo urbano equilibrado, que reduzca las brechas sociales entre el norte y el sur de la ciudad es necesario que las nuevas autoridades municipales impulsen políticas urbanas de inclusión que amplíen las oportunidades para el desarrollo social integral de los nuevos y antiguos asentamientos urbanos de la periferia.

La tarea puede resultar más sencilla si José María Fraustro Siller voltea y mantiene su mirada hacia el Cerro del Pueblo y la Sierra de Zapalinamé.

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