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Jueves, 11 Noviembre 2021 10:39

MITOS Y NOVEDADES EN LA HISTORIA DE MÉXICO

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Su Alteza Serenísima

 

Jesús Vázquez Trujillo

Después de la derrota frente a los Estados Unidos en la cual México tuvo que entregarle más de la mitad de su territorio, el país cayó en una grave crisis de gobernabilidad, pues hacía falta un gobernante que propiciara la estabilidad política y la unidad nacional, tan necesaria en esos momentos. 

En marzo de 1848, había asumido la presidencia el Lic. José Joaquín de Herrera, sin embargo los partidarios del general Antonio López de Santa Anna (Quien se encontraba en el exilio tras la derrota frente a los Estados Unidos), encabezados por el general Mariano Arista. 

Encabezaron una rebelión para derrocarlo, pues a pesar de sus errores, ocurrencias e incongruencias, tanto liberales como conservadores creían que Santa Anna era el único hombre capaz de salvar a México de la desintegración. 

El mismo general Arista proclamó el Plan del Hospicio, en el cual se exigía el regreso de Santa Anna al país, para asumir una vez más su presidencia. 

El general Mariano Arista renuncia a la primera magistratura, dejando en el cargo al también general Juan Bautista Ceballos, quien a su vez se la entregó al Lic. Manuel María Lombardini, un leguleyo de “poca monta” adepto a Santa Anna. 

Mientras esto sucedía en México, una comisión encabezada por Lucas Alamán e integrada por liberales y conservadores, se trasladó hasta la ciudad de Turbaco, Colombia para literalmente suplicarle al general Santa Anna que regresara al país para que lo gobernara una vez más. 

Ofrecimiento que don Antonio aceptó gustoso, tanto liberales como conservadores presentaron a Santa Anna sus proyectos de Nación, ofreciéndole que se inclinara por el proyecto de gobierno que él considerara mejor para el país. 

Lucas Alamán, convenció a Santa Anna de que el proyecto del partido conservador era el mejor, cosa obvia ya que Alamán era el ideólogo de los conservadores. 

 

Ungimiento del general Antonio López de Santa Anna como su “Alteza Serenísima” en la Catedral Metropolitana.

Así, el 1 de abril de 1853, a bordo de la fragata “Iturbide” el general Antonio López de Santa Anna arribó al puerto de Acapulco, donde es recibido por el antiguo insurgente Juan Álvarez, entrando a la ciudad de México a los trece días, Santa Anna integró un gabinete mixto es decir formado por liberales y conservadores, pero encabezado por don Lucas Alamán. 

Alamán, hacía que don Antonio gobernara con moderación y sensatez, es decir sin excesos. 

Sin embargo, al mes siguiente fallece don Lucas Alamán y lo primero que hace don Antonio es integrar un nuevo gabinete, pero esta vez formado solamente por conservadores. 

Además de desterrar del país a prestigiados liberales, entre los que se encontraban Benito Juárez, Melchor Ocampo y Ponciano Arriaga, los que fueron exiliados en La Habana y posteriormente en Nueva Orleans. 

Santa Anna se convirtió en un dictador, transformando su gobierno en una monarquía con ropajes republicanos. 

Se hizo llamar “Su Alteza Serenísima”, (Título y tratamiento ofrecido a don Miguel Hidalgo y Costilla durante su estancia en la ciudad de Guadalajara en noviembre de 1811). 

Su cumpleaños y su santo son motivo de fiesta nacional, realizando saraos con boato imperial, cayendo en la ridiculez y la extravagancia, pues manda exhumar su pierna izquierda (misma que perdió el 27 de noviembre de 1838 durante la guerra contra Francia), y la vuele a inhumar en el panteón de Santa Paula, construyendo un mausoleo para la extremidad ornamentado con un busto de yeso.

Manda cerrar a todos los periódicos de oposición e impone las contribuciones fiscales más absurdas, cobrando un impuesto por cada ventana que tuvieran los inmuebles, por cada rueda de los carruajes, carromatos y carretas y por cada perro. 

Por si esto no fuera suficiente, el 30 de diciembre de 1853, ante nuevas amenazas estadounidenses Santa Anna vende a los Estados Unidos el Valle de la Mesilla, ubicado entre Chihuahua y Sonora, territorio por el que el gobierno yanqui había ofrecido $ 10,000,000 de dólares, pagando únicamente siete, y de los cuales el pueblo mexicano nunca vio ni un centavo. 

Santa Anna en cambio, se hizo rodear de un lujo acorde con el título que ahora ostentaba.

Los detractores de su “Alteza Serenísima”, le compusieron un verso peyorativo haciendo alusión a su ostentoso estilo de vida. 

“Es santa sin ser mujer, es rey sin cetro real. Pero es un sultán al parecer”. 

El 1 de marzo de 1854, los generales Juan Álvarez, Florencio Villarreal e Ignacio Comonfort, publican el Plan de Ayutla desconociendo Santa Anna como presidente de la República, pronunciamiento que es secundado por todos los liberales, incluidos los que están en el exilio. 

Al saber esto, Santa Anna efectuó un amañado plebiscito para conocer la opinión del pueblo mexicano sobre si deseaban que permanecieran en el poder. 

El resultado de esa absurda consulta pública, fue un decreto que lo ratificaba como presidente, además de nombrarlo “Dictador Vitalicio”. 

Sin embargo, la revolución de Ayutla iba cobrando mayor fuerza. Ocupando cada vez más territorio, por lo tanto, y para distraer a la población su “Alteza Serenísima” convocó a un concurso para escribir la letra de un himno nacional para México, del que hasta entonces se carecía. 

 

General Antonio López de Santa Anna, Su Alteza Serenísima 

Además del concurso para escribir la letra del himno, se convocó a otro para componer la melodía del mismo. 

Ambos concursos fueron ganados por el poeta potosino Francisco González Bocanegra y el músico español Jaime Nunó Roca, respectivamente. 

Ellos ganaron los respectivos concursos, por ser los artistas favoritos de la pareja presidencial. 

Francisco González Bocanegra era el poeta favorito de don Antonio y el músico Jaime Nunó, era el músico favorito de su esposa doña Dolores Tosta. 

Don Antonio mandó construir un teatro (Al que por cierto le puso por nombre su apellido), para inaugurarlo con la primera entonación del himno nacional, interpretado magistralmente por la soprano Enriqueta Sontag, la noche del 16 de septiembre de 1854.  

Ante el imparable avance de los revolucionarios, el mismo general Santa Anna sale a combatirlos, pero es derrotado, por lo que vuelve a la ciudad de México para renunciar a la presidencia, a pesar de que los conservadores le ruegan que se sostenga en el poder. 

Finalmente, en abril de 1855 y ante su incapacidad para detener a los revolucionarios renuncia a la presidencia, y huye al puerto de Acapulco donde se reembarca nuevamente a la ciudad de Turbaco, Colombia.

 

Su Alteza Serenísima.

 

 

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