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Martes, 05 Octubre 2021 11:10

DOGMA DE FE

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La caída

Marcos Durán

Al principio de los tiempos, los humanos vagaban de un lado a otro en busca de alimento y refugio. Se moría de hambre, atacados por bestias o por los efectos de los elementos y enfermedades tan simples como una infección estomacal. Pero hace apenas 150 años, los avances científicos y tecnológicos como vacunas, sistemas de transporte, electricidad, telefonía y después Internet y computadoras, nos permitieron vivir en una situación más cómoda y en teoría con una mejor calidad de vida que nuestros antepasados. Hoy el promedio de vida alcanza los 80 años y sin el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y el COVID-19, estaríamos viviendo aún más. Pero deberíamos hacernos algunas preguntas: ¿Es el mundo un sitio mejor gracias a la ciencia y tecnología? ¿Nuestras relaciones personales y familiares han mejorado? ¿Somos más felices que nuestros antepasados?

 

En mi opinión, no somos tan felices pues las generaciones anteriores vivieron en un mundo libre de tensión, poco contaminado y con menos violencia. Hoy, la ciencia y la tecnología han encontrado la cura para muchas enfermedades, pero hay más enfermos que nunca. Inventamos los sistemas de transporte y la electricidad, pero el mundo está contaminado por sus emisiones. Logramos filtrar el agua, pero muy pronto no habrá más agua que filtrar.

Hoy nuestra soledad y nuestros vacíos, nos empujan a intentar encontrar un sentido a la vida con trabajos, vacaciones y una vida social frenética. Pasamos de comprar en la tienda de la esquina a los grandes centros comerciales; de tener un solo teléfono en casa, a todos con teléfono celular. Evolucionamos de un mundo sin telefonía inalámbrica, televisión satelital y redes sociales, a estar comunicados las 24 horas con sitios que ni siquiera podemos ubicar en el mapa. Hoy estamos más comunicados con el mundo, excepto entre nosotros mismos.

Hasta hace solo pocos años, conocíamos al vecino, visitábamos a nuestra familia, teníamos televisión con solo 2 canales y los estrenos del cine llegaban con meses de retraso a las salas locales. Las noticias las leíamos en el periódico de un día después o en el noticiero nocturno de televisión. Hoy, todo tiene que ser de inmediato, pero provoca situaciones como esta y analícelo pues si usted lee este artículo, es probable que lo haga desde su teléfono inteligente, gran logro de la tecnología, pero también es probable que frente a usted, esté su hijo intentando ser escuchado.

No hay duda de que la tecnología puede traernos relaciones positivas. Solo pensemos cuántas personas conocemos hoy gracias a las redes como Facebook, Instagram y WhatsApp. Sabemos mucho más de la vida de personas que no conocemos a lo que está sucediendo en nuestra propia casa. Vivimos de la aprobación de las redes sociales y si esto no sucede, nos sentimos mal. Inmersos en un proceso de socialización con la tecnología, nuestra relación más cercana es con nuestros dispositivos tecnológicos, no con los seres humanos. Con todas esas relaciones nos sentimos más solos que nunca.

Al respecto, científicos aseguran que la tecnología no crea la soledad, solo la revela y que al final, es la tecnología quién puede aliviar esta soledad. Que este, es solo un ejemplo más de cómo las nuevas tecnologías son acusadas del comportamiento que ya existía en nosotros mucho antes de que estas existieran

Los científicos dicen que el propósito de la ciencia y la tecnología nunca fue encontrar la felicidad, y que la propia búsqueda del conocimiento es en sí mismo un motivo de satisfacción, no de felicidad; por lo que en forma equivocada, hemos utilizado el conocimiento, lo mejor que tenemos, para crear una fórmula segura para el desastre. La ciencia y la tecnología que debieron ser las palancas que nos liberaran de la ignorancia, la hemos dilapidado en cosas banales como las redes sociales. ¿Pero estaría usted dispuesto a vivir sin las comodidades producto de ese desarrollo?

El ejemplo de este desastre fue el caos que sufrió el mundo entero ayer con la caída de Facebook, Instagram y WhatsApp, que tuvieron a la humanidad en la histeria colectiva. Lo entendí todo cuando sonó mi teléfono celular y no era un mensaje de WhatsApp, ni tampoco una notificación de Facebook, Whatsapp o Instagram. Era una llamada... no supe qué hacer.

@marcosduranf

 

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