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Viernes, 20 Noviembre 2020 09:39

Víctimas de los seres queridos

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Miguel Francisco Crespo Alvarado

Tal vez no hemos dimensionado de manera correcta la pandemia de Covid-19. No hace demasiado tiempo que evitábamos estar en las calles porque "no nos fuera a tocar una balacera". Nuestro comportamiento demostraba que una gran mayoría de nosotros temía ser víctima de la violencia. Pues bien, mientras el año pasado -que fue el más violento de la historia reciente de México- asesinaron a unas 35 mil personas, desde marzo de este 2020 y hasta hoy, viernes 20 de noviembre, han muerto unas 100 mil por causa de la enfermedad; es decir, el triple. 

 

El problema es que, al menos en el papel, debería ser mucho más fácil cuidarnos de los contagios que de las balas. Usar de manera correcta el cubrebocas; conservar la distancia; lavar con mucha frecuencia las manos; así como evitar las aglomeraciones, es suficiente para disminuir sensiblemente el riesgo de propagación del coronavirus. Pero no parece que estemos dispuestos a cumplir con esas sencillas medidas. 

No son sólo las fiestas, sino la manera imprudente en que se llevan a cabo. Es también esa extraña convicción -que se sostiene con poca evidencia sólida- de que a los jóvenes no les ocurre nada si se contagian. Es cierto que sus probabilidades de fallecer son menores, pero dos de cada 10 muertes por la enfermedad han ocurrido a personas que tenían entre los 30 y los 49 años. Incluso si se piensa en personas que no tenían un padecimiento previo, la estadística demuestra que, a pesar de la juventud, no se está a salvo del todo.

Ahora bien, de acuerdo con un estudio realizado por el Centro para el Control y Prevención de las Enfermedades de los Estados Unidos, la propagación de Covid-19 entre los integrantes de una familia es muy común y ocurre con rapidez una vez que uno de sus miembros ha comenzado a experimentar los síntomas. La razón es simple: la confianza. En casa muy pocas personas mantienen los protocolos de distanciamiento social establecidos para disminuir el riesgo de contagio. 

Eso, que parece una obviedad, suele ser fácilmente olvidado por aquellos que sostienen comportamientos imprudenciales fuera de sus hogares y que luego terminan repercutiendo en la salud de sus seres queridos. Algo similar sucedía hacia los años noventa, cuando el grupo de las amas de casa se convirtió en uno de los de mayor riesgo de contraer SIDA porque sus parejas las contagiaban. 

Uno de los hallazgos más importantes del estudio sobre Covid-19 ya mencionado es que, sobre todo al inicio de la enfermedad, los individuos que llevan el virus a sus hogares ocultan los síntomas a sus familiares hasta que éstos ya son demasiado evidentes. Eso eleva la exposición a la enfermedad e incrementa las posibilidades de contagio de los demás integrantes de la familia. No se especifican las razones por las que los pacientes iniciales no comparten con sus parientes su situación, el caso es que su silencio también les impide protegerse. 

Si se toman en cuenta los resultados del estudio en cuestión la sentencia del "quédate en casa" cambia completamente su significado, cuando los que se quedan, terminan siendo víctimas de sus seres queridos.

 

Doctor en Ciencias Aplicadas. Director del GIISI S.C. Miembro fundador de la Escuela Latinoamericana de Pensamiento y Diseño Sistémicos. Integrante del Consejo de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción de Coahuila.

 

 

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