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Sábado, 07 Noviembre 2020 11:37

La corrupción como arma

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Miguel Francisco Crespo Alvarado

La palabra “corrupción” suele estar presente en el discurso cotidiano de los políticos. Por desgracia, lo está como un arma de la que se echa mano cuando hace falta golpear a un adversario. Nada parece ser tan efectivo que señalar a los contrarios de aprovecharse de su acceso a los recursos del erario para enriquecerse, incluso, cuando no hay evidencias de que eso realmente esté sucediendo. La acusación, que en muy pocas ocasiones se realiza ante las autoridades correspondientes, solo busca desacreditar a los rivales para fines estrictamente electoreros. 

 

Ese hábito de usar el membrete “corrupción” como instrumento para el golpeteo político tiene algunas consecuencias indeseables. Por ejemplo, contribuye a consolidar en la opinión pública la idea de que todo en la función pública y el gobierno está podrido; que todos los servidores son corruptos y que no hay ninguna institución que se salve. No existe un solo dato duro, que no provenga de la percepción, que confirme tal hipótesis. Sin embargo, se la considera una verdad irrefutable. 

Nadie -o casi nadie- reclama si decimos cosas tipo: “los políticos, todos, son unos corruptos”, como si así nos constara; como si la honradez y la honestidad fueran virtudes prohibidas en el ámbito de lo público. Pero esa creencia generalizada contribuye a que más personas que laboran en la política; el gobierno o en el ámbito de las instituciones públicas tenga la tentación de tomar lo que no es suyo: “si todos lo hacen ¿cómo pueden notar que yo también?”. En un ambiente mayoritariamente aséptico es fácil notar las manchas, pero ¿cómo descubrirlas en el tigre?

La creencia de que la corrupción está por todos lados también complica el combate contra ese mal. Lo hace de dos formas: primero, dificultando un diagnóstico serio, que permita no sólo identificar los actos indebidos, sino, además y de manera muy importante, sus condiciones de posibilidad. Y segundo: colocando una presión adicional a los sistemas destinados al combate, porque no hay manera para explicar que siendo todos no caiga ninguno. 

Se nos olvida que la carga de la prueba está en quien acusa. Los ciudadanos deberíamos exigir que todo político, sin importar su cargo o filiación, presente las evidencias necesarias y las denuncias correspondientes cada vez que señala la corrupción de una persona, un programa o una institución. Tendríamos, además, que dejar de repetir sus acusaciones si éstas no fueron formalizadas ante una autoridad. Debemos impedir que se siga utilizando la palabra “corrupción” como arma para el desprestigio. 

 

Doctor en Ciencias Aplicadas. Director del GIISI S.C. Miembro fundador de la Escuela Latinoamericana de Pensamiento y Diseño Sistémicos. Integrante del Consejo de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción de Coahuila.

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