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Martes, 03 Noviembre 2020 12:01

Cuando la política falla 

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“Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. Georg C. Lichtenberg

 

Luis Eduardo Enciso Canales

Estamos pasando por un momento de una obnubilada visión colectiva derivada de una incertidumbre en la que inciden varios factores, primordialmente el recrudecimiento de la crisis sanitaria por la oleada de nuevos contagios por COVID, seguido por la falta de estrategias claras para afrontar este repunte, el tema económico mantiene un nerviosismo y la falta de un manejo político de la crisis generalizada está provocando un vacío de poder. 

 

El presidente de la republica quizás jamás se imaginó que sus principales adversarios políticos en el ejercicio de sus funciones iban a ser sus propias estrategias de golpeteo, hoy esos golpes parece que se le regresan, pero el problema principal, por supuesto no es él ni sus ideas de lo que debe ser la conducción de una nación, el problema es el peligroso vacío político que esto está provocando en la ya de por si maltrecha relación entre los ciudadanos y sus gobernantes. Genera el auge de las más diversas posturas anti políticas, anti estatistas y anti partidistas ensanchando la brecha entre sociedad y gobierno, un binomio que hoy más que nunca, al contrario de lo que está sucediendo, debería estar más unido que nunca ante la crisis. Sabemos que tenemos problemas cuando la política se ha convertido en un problema en lugar de un aliado que debería aportar soluciones. 

La estabilidad esta vulnerada por toda la inseguridad que se percibe sobre el futuro inmediato. Y es que la clase política gobernante no acaba de entender que por encima de sus preocupaciones particulares existe un malestar general en la sociedad por la forma en la que las personas dedicadas a la actividad política están afrontando este momento y la crisis de valores éticos para orientar sus decisiones. La sociedad no comparte una acción política donde prima prioritariamente los intereses de grupo y partidista que escenifican sus relatos imaginarios por medio de estrategias de comunicación como las “mañaneras”. 

Aumenta el divorcio entre el lenguaje político y las preocupaciones reales de la ciudadanía de la calle que necesita entender y explicar lo que sucede, y lo que se le impone. Los grandes poderes económicos y mediáticos presionan de manera invisible y las organizaciones políticas no transparentan esos condicionantes, en ese sentido parece que solo existiera el México de los poderes facticos y el poder político, dejando de lado, para variar, a la población que es tratada como si fuese un menor de edad. Aunque también es cierto que esto que sucede no se trata de una tendencia nueva. La desafección política como fenómeno social relevante se remonta por lo menos a la última década, aunque se viene gestando desde hace al menos treinta años.  

Y es que igualmente hoy vemos que paradójicamente el poder es bastante inestable, prácticamente vivimos, por lo mismo, en una precampaña permanente. Es preocupante cómo detener esa hemorragia de descrédito de la acción política donde se generaliza el criterio de que todos los políticos actúan igual y donde la corrupción, la mentira, la injuria, el descrédito injustificado no tiene castigo social, ni electoral. 

Es preocupante porque es en ese terreno donde crecen los movimientos violentos y donde profundiza la injusticia, la desigualdad, y se justifican los posicionamientos radicales que amenazan con destruir los valores y las bases, que se han construido con tanto esfuerzo, de nuestro endeble sistema democrático. No se puede concebir la participación política sin incluir las exigencias éticas que nos obligan a priorizar el interés general por sobre todo lo demás, a mantener los compromisos, a no modificar nuestros valores por conveniencias electorales o de pactos, a no ceder a los chantajes, aunque nos cuesten votos fáciles. Que, dicho sea de paso, por todo ese descredito, el costo del voto para los partidos políticos y los gobiernos cada vez es más elevado, se invierten mucho en programas sociales, obras y acciones de corto plazo, en comprar medios para evitar o minimizar la crítica, en moldear la opinión pública. 

Se invierte cantidades estratosféricas en comunicación social para maquillar al máximo a los gobernantes, todo ese costo de estar permanentemente haciendo proselitismo electoral al final del día si lo cruzamos con la baja participación ciudadana, cuando hay elecciones, te arroja como resultante un voto de un costo muy elevado. 

El ejemplo de esta debacle es precisamente el partido en el gobierno, MORENA esta convertido en un monstruo sin cabeza que da manotazos y embiste como chivo en cristalería, y es que este partido es el claro ejemplo de la falla de la política, el partido del presidente es un Frankenstein al que en su creación el fin le ganó al medio, ya que este nació como un “movimiento” y no como partido político, de entrada esta ya es una falla de origen que hoy lo imposibilita en la práctica de aparecer como algo que no es, de ahí que los interesados de apoderarse del cascaron que desechó Andrés Manuel no han podido acabar de habilitarlo como partido a pesar de todos los apoyos de los diferentes programas sociales que se bajan por medio del gobierno emanado de ese remedo de movimiento político. 

Lejos se ve que en medio de la pandemia y rodeados de tantos otros problemas, el presidente logre dar un golpe de timón que componga el rumbo y salve la nave para evitar el eminente hundimiento de la 4T.  

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