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Jueves, 08 Octubre 2020 23:49

AVISO DE CURVA

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Gobernadores aliancistas, ¿quietecitos o gritones?

Rubén Olvera Marines

Con su rúbrica en un escueto pero revelador comunicado, a mediados de septiembre de este año los diez mandatarios que integran la Alianza Federalista oficializaron su salida de la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago). El hecho no es aislado, y podría estar abriendo una grieta en el terreno sobre el que avanza el nuevo régimen de izquierda recientemente instaurado en México.  

Un escape inédito, sobre todo en una democracia que, como la mexicana, presumía de haber dejado atrás las prácticas centristas, cerradas e impositivas del viejo régimen, para dar paso a un auténtico sistema de coordinación al estilo de los grandes teóricos del federalismo representados en la figura de James Madison.

Es decir, se esperaba que en nuevo gobierno buscaría desterrar la autoridad coercitiva de un presidencialismo exacerbado, e instaurar, a cambio, un modelo soportado por una concepción consensual, dialoguista y pactista del ejercicio político para beneficio de los 32 estados y el Gobierno Federal.

Queda claro que, en un sistema pluralista, caracterizado por la presencia de fuertes liderazgos estatales encarnados por gobernadores contestatarios, increpados por el fuerte activismo de un Presidente de la República que busca introducir cambios de gran calado en algunos aspectos de la vida pública nacional, el federalismo, en sus espacios y foros de encuentro y coordinación como lo es (o lo fue) la Conago, debería colocar a la deliberación y la búsqueda de equilibrios en una dimensión capital, irreductible frente a las identidades neocentristas que recorren los salones de Palacio Nacional.

De hecho, en la misiva dirigida el 14 de septiembre a Juan Manuel Carreras López, Gobernador de San Luis Potosí y actual Presidente de la Conago, los gobernadores firmantes explican su salida de este espacio de encuentro, en la impostergable necesidad de “…fundar un diálogo distinto, novedoso y socialmente útil entre los integrantes del pacto federal…”.

En su escrito, los mandatarios dibujan esa resistencia política tan característica de los nuevos liderazgos regionales emanados del pluralismo y sostenidos por una base electoral propia.

Los diez gobernadores, en apariencia, sin “deudas” políticas con el centro y, algunos de ellos, con aspiraciones hacia el 2024, demandan un “Diálogo soportado en la legitimidad y mandatos democráticos respectivos y respetados de los dialogantes, no en la obsecuencia”

Basta que consultemos la definición de “obsecuencia” para comprender que lo que representa una virtud política para algunos (“lealtad ciega”), podría significar sometimiento y condescendencia para otros (“quiere a los gobernadores humillados”).

Un auténtico y perfectamente bien definido nudo gordiano. Un dilema del prisionero sin aparente solución.

Vanidades recalcitrantes; intereses personales; distintas visiones; estilos diferentes. Hablan, pero no se entienden. Negocian, pero no acuerdan. Solicitan audiencia y no les dan. Ofrecen diálogo y reciben regaños en la mañanera. Todo un cóctel, que terminó dinamitando a la Conago. Amenaza, además, con agrietar el pacto federal y la conducción de la nación como un todo, sin menospreciar sus autonomías y diferencias.

Los diez mandatarios, un mosaico de colores y estilos de gobierno (Aguascalientes, Guanajuato, Coahuila, Jalisco, Colima, Michoacán, Chihuahua, Nuevo León, Durango y Tamaulipas), aderezan su singular comunicado diciendo: “Es tiempo de fortalecer nuestro federalismo en todas y cada una de sus expresiones, y de hacerlo con el concierto efectivo de todos”.

Pero, ¿cuáles han de ser esos lazos comunes, de beneficio para todos, que reestablezcan y fortalezcan el proyecto federal bajo un esquema de auténtica coordinación y diálogo efectivo?

Los integrantes de la Alianza Federalista antes que permanecer quietos frente a la avasalladora Cuarta Transformación, o tomar las calles y gritar desesperadamente sus penas ante la falta de escucha y acuerdos, optaron por la primera opción de aquella triada estratégica de presión para impulsar un cambio económico o político, descrita por el economista Albert O. Hirschman en su libro “Salida, Voz y Lealtad”.

En efecto, los gobernadores aliancistas no optaron por obedecer ciegamente pero tampoco por pelear. Eligieron, en cambio, salir de la Conago. Con la esperanza, tal vez, de que “alguien”, cuya prioridad sea el fortalecimiento del pacto federal, los invite a regresar, no sin antes, anhelan, a que ese “alguien” ceda a sus condiciones.

Eso, lo saben, jamás sucederá.

Determinaron, en consecuencia, tal y como lo expresan en su aviso del 14 de septiembre: “…anunciamos nuestro retiro de la Conferencia Nacional de Gobernadores en busca de construir nuevas formas de organización y acción más acordes a las circunstancias cambiantes y sus riesgos”. Fin del comunicado.

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