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Sábado, 03 Octubre 2020 22:35

CASA DE LA PALABRA

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LA FIGURA PRESIDENCIAL

 

La Presidencia es como la montaña rusa.

Con la cara que uno pone cuando lo sueltan cuesta abajo,

con esa cara se queda uno para siempre.

Carlos Fuentes

(La silla del águila) 

 

Emanuel Alvarado

Nada más como aclaración (innecesaria quizá) no hablaré de ningún presidente, ni del que está en turno ni de ninguno de sus predecesores. No me referiré a Andrés Manuel López Obrador, en el caso de México (aunque le tocará buena parte de lo que diga). Tampoco al presidente de los Estados Unidos (que se ensucia solo).

 

Octavio Paz enseñó, particularmente a mí, que el ejercicio de la crítica y de la autocrítica debería convertirse y ser un ejercicio común, practicado por todos, a todas horas y en cada una de las actividades cotidianas que realizamos. Extendido siempre a todas las ramas humanas y en cada una de sus circunstancias.

Como contexto general diré que la democracia, en su sentido más amplio, exige —esa es la naturaleza racional del voto— que el presidente electo nos represente a todos, sin excepción, sin ripios. Con la consciencia de ello en todo momento.

De tal modo que ser presidente debiera convertirse en, y ser, una increíble responsabilidad y un compromiso imperecederos. Porque quien asume el cargo no puede permitir que su voluntad se desquebraje a las primeras horas de cambio ni ante los desafíos que implica semejante envergadura política.

Tal exigencia se le pide a ese caro encargo lo mismo para subir como para bajar; un presidente no se debe amilanar pero tampoco ufanarse. La probidad debería ser su norma y ser ejemplo constante de ecuanimidad su privilegio.

Entonces la figura presidencial debería ser una Institución por sí misma y respetada por todos a la luz de su propio y ejemplar comportamiento bajo la sucesión de presidentes —como personajes políticos de elevado espíritu de servicio— cuya gran y verdadera motivación simplemente debería ser el de servir a la Patria y al Pueblo sin mayor recompensa que la satisfacción de haber servido con honor, honestidad, justicia, profesionalismo y sobretodo con una inusitada voluntad.

Así, un presidente, como figura presidencial insisto, debe representarnos a todos. Estoy consciente de eso de que no se puede quedar bien con todos (ni lo harán jamás), pero la idea de que denoten un esfuerzo casi sobrehumano para tratar de complacernos a todos y no polaricen ni radicalicen no la podemos abandonar.

Dicho cargo, independiente a la figura humana que lo ostente, es de altísimas responsabilidades (así, en plural) y lo saben desde antes y juran que lo harán bien. Es por ello que son responsables de tanto, esa carga la deben llevar sobre sus hombros con estoicismo; porque les llegarán problemas de todo, seguridad pública, amenazas terroristas, desaparecidos, feminicidios, secuestros, economía, ecología, minas, aguas, mares, bosques, fauna, educación, cultura etcétera, etcétera, etcétera. 

En la iniciativa privada muchos ejecutivos ganan más que un presidente de cualquier república. Incluso existen innumerables profesionistas, empresarios e incluso catedráticos que ganan igual o más que un presidente… Entonces ¿qué es lo que les motiva a serlo? Si quitamos la posibilidad de enriquecerse ilícitamente, lo único que quedaría es el verdadero sentido patriótico y nacionalista de servir con ahínco.

Pero el que decide tomar semejante responsabilidad (y los que lo votamos) debe (mos) estar absolutamente consciente(s) de que dicho cargo no es un regalo ni una broma ni un juguete. Que no es él, que no es un partido político ni una administración pública. El verdadero legado está en ser una Institución presidencial, en una, idealmente, sucesión de personajes públicos que harán lo mejor que esté a su alcance para el porvenir, el progreso, la paz y el desarrollo de sus conciudadanos.

Los que llegan a ese cargo, al menos aquí en México, han dejado mucho que desear. Lamento hasta la impotencia sus fracasos e inhabilidades. Su poca inteligencia y el desprecio y gestos que tienen contra los pobres, los indígenas, los obreros o la gente común; y me avergüenza cómo abrazan al rico, al industrial, al inversionista extranjero… y olvidan el caro encargo que se les entregó: Representar a todo un pueblo y hablar y actuar en su nombre. ¡Viva México! Sigo esperando al presidente que tenga los tamaños, la inteligencia y la voluntad de cambiar lo malo.

 

©Emanuel Alvarado, 2020

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FB: @EmanuelAlvaradoEscritor 

 

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