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Lunes, 14 Septiembre 2020 23:24

DOGMA DE FE

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Marcos Durán Flores

Durante toda la mañana del 15 de septiembre de 1810, en el poblado de Dolores Hidalgo, Guanajuato, la niebla no dejaba ver más allá de unos cuantos metros y una pertinaz llovizna había convertido sus calles en un terreno resbaladizo y sucio. Esa noche,Miguel Hidalgojunto aIgnacio AllendeyJuan Aldama planeaban hacer un llamado a larebelión y lo hicieron alborotando a unos cuantos habitantes que curiosos se habían reunido al escuchar las campanadas de la única iglesia del pueblo. Ahí, alrededor de las cinco de la mañana, habían escuchado al cura Hidalgo gritar “¡Viva la religión católica! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la Patria y reine por siempre en este continente americano nuestra sagrada patrona, la Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal gobierno!”.

Pasaron unas horas de la arenga cuando Hidalgo, Aldama y Allende se preguntaron: “¿Y ahora qué hacemos?”. Lo primero que se les ocurrió fue encarcelar a los españoles que vivían en Dolores. El primero fue donNicolás Fernández, subdelegado designado para atender los asuntos del Virrey. En esas mismas horas se conformó el primer ejército insurgente en donde se contaba a 36 militares al mando deMariano Abasolo, alrededor de 500 milicianos con Allende al frente, ocho sirvientes del cura Hidalgo y 70 presos que habían sido liberados de la cárcel municipal. Las armas eran espadas, lanzas y piedras; la organización, la disciplina y preparación militar eran inexistentes; la estrategia era la improvisación.

Desde Dolores, empezaron un recorrido de pueblo en pueblo en donde peones de hacienda, algunos criollos, pero sobre todo campesinos, se sumaban sin una idea clara de lo que hacían o querían. Aun así, el grupo sorprendía a los pocos soldados realistas que cuidaban los pueblos de Guanajuato. En principio, la lucha buscaba encontrar una forma de gobierno leal a la corona española, que había tenido que abdicar a favor de los Bonaparte y el temor era que sucediera lo mismo con las colonias. Al paso de los meses, se empezó a demandar con claridad la independencia respecto a España.

Pero muy pronto y luego de enfrentar algunos reveses, más espectaculares que certeros, el Virreinato contraatacó con fuerza al punto de casi extinguir el movimiento. Con Hidalgo, Allende y Aldama muertos, la lucha quedó a la deriva y fueron Morelos, López Rayón, Matamoros, Abasolo, Guerrero y

Victoria –que no sólo son nombres de calles sino hombres de carne y hueso– que continuaron con la gesta.

Tuvieron que morir cientos de miles de mexicanos, algunos cuantos españoles, debilitarse el Imperio y pasar 11 años con 11 días para que un 27 de septiembre de 1821, con la firma de los Tratados de Córdoba y el Plan de Iguala, España reconociera la separación de su colonia más importante, el verdadero acto fundacional de México.

Han pasado apenas 210 años de esa mañana, y hoy conviene reflexionar sobre el significado de esta lucha y si de verdad hemos alcanzado los ideales de soberanía, libertad e igualdad. Es cierto, la Independencia era tan sólo un medio y no un fin, el paso necesario para lograr la razón de ser de todo el movimiento: ser libres. Para mí, la más importante de esas libertades es la de poder expresar nuestras opiniones sin más límites que las que la ley marque. El primero de los artículos de la Constitución lo dice con claridad: queda prohibida toda discriminación motivada por opiniones, o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas. Mucha gente ha muerto para que nosotros pudiéramos alcanzar ese ideal que hoy llamamos libertad de expresión.

Tras unos meses de iniciado el movimiento insurgente, en marzo de 1811, Hidalgo y Allende viajaron al norte en un intento por reorganizar y extender la lucha. Se instalaron aquí en Saltillo, en una casona ubicada en el centro histórico. Ahí recibieron un comunicado del virrey Francisco Javier Venegas, ofreciendo el indulto a cambio de abandonar la lucha. La respuesta de Hidalgo fue de tal dignidad y entereza, que se convirtió en un ejemplo que sólo pueden dar esos héroes que con su muerte y ejemplo nos dieron patria y libertad. El indulto, Señor Excelentísimo, es para los criminales, no para los defensores de la Patria.

@marcosduranf

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