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Viernes, 04 Septiembre 2020 09:33

Informe: emotividad y democracia

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Miguel Francisco Crespo Alvarado

Los pensadores de la Ilustración supusieron, tal vez con una enorme ingenuidad, que una sólida formación generalizada en los fundamentos de la ciencia posibilitaría la construcción de democracias funcionales, capaces de propiciar y sostener sociedades justas y prósperas. Su idea era sencilla: con una educación escolar obligatoria basada en la difusión de los principios científicos a cargo del Estado se formaría una opinión pública homogénea capaz de establecer los acuerdos necesarios para vivir bien.

 

Desde esa sociedad científicamente cultivada, surgirían gobernantes con una excepcional capacidad para comprender los problemas y encontrar soluciones satisfactorias para todos. Individuos cuya autoridad descansaría en sus dotes racionales y no en su carisma o en su linaje. Dotes que se verían reflejadas por el elevado nivel de fundamentación científica de sus decisiones. Serían, pues, el ejemplo a seguir por su capacidad para hacer uso de la razón. 

La democracia -que hoy llamamos “representativa”- iba a funcionar, de acuerdo con los pensadores de la Ilustración, porque gobernantes y gobernados iban a compartir un lenguaje común que les permitiera, a su vez, abrazar una misma visión de su nación y de su destino. Tres siglos después del surgimiento de esas ideas la realidad muestra una cara bastante distinta. 

Incluso en los países gestores de las ideas Ilustradas, no existe ese mundo idílico que imaginaron quienes las concibieron. Por supuesto que hay mejores y peores ejemplos. Pero aún en los países nórdicos, que son los que lograron concretar mejor las formas del Iluminismo, el Estado y la democracia van perdiendo terreno. 

En México, de acuerdo con un estudio que presentó el año pasado la empresa 3M, 85% de los ciudadanos reconoce que nada sabe sobre ciencia. Siendo así, no resulta nada extraño que la vinculación con la política esté fundamentalmente orientada por los apetitos y las emociones. 

Por ejemplo, esta semana escuchamos un discurso con motivo del segundo informe de gobierno de López Obrador. Independientemente de su contenido, su mensaje estuvo altamente cargado de una visión emotivista del ejercicio del poder. De hecho, no recuerdo otro en el que un presidente haya descalificado tan abiertamente a grupos cuya dedicación – en este caso la defensa del medio ambiente- entorpece sus planes. Es de notar que, lejos de haber expuesto los datos y argumentos que demuestran que esos grupos están equivocados, lo que hizo fue llamarlos “pseudo-ambientalistas”, saliéndose del guion que estaba leyendo para dejarse llevar por un sentimiento pasional.

Pero así también, de manera emotiva, el informe fue recibido por quienes lo atendieron. De hecho, hubo muy poco espacio para la reflexión rigurosa y racional. Más aún, los pocos ejercicios que se dedicaron a realizar un análisis concienzudo y riguroso sobre lo informado pasaron sin pena ni gloria, en medio de vítores de un bando e insultos del otro. 

Tanto para quienes lo aplauden todo, como para quienes son incapaces de reconocer nada bueno al actual régimen, la democracia, que no es un partido de futbol, va a seguir perdiendo su valor y su relevancia para la vida. La razón es simple: todo lo centran en la figura de un hombre y sus caprichosos vaivenes emocionales; no en los datos que va arrojando la administración que encabeza junto con los otros diversos factores de poder, nacionales e internacionales, que están interactuando en ese complejísimo escenario que nos está tocando vivir. 

Doctor en Ciencias Aplicadas. Director del GIISI S.C. Miembro fundador de la Escuela Latinoamericana de Pensamiento y Diseño Sistémicos. Integrante del Consejo de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción de Coahuila.

 

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