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Viernes, 31 Julio 2020 11:43

Justicia y posverdad

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Miguel Francisco Crespo Alvarado

Una característica central de eso que llamamos la época moderna en Occidente fue la incorporación del método científico a todos los campos del quehacer humano. De acuerdo con la narrativa del progreso racional difundida de manera amplia en los siglos XIX y XX, las sociedades modernas se encontraban en un proceso de maduración y abandono de las formas más primigenias de la humanidad, caracterizadas por la aceptación de creencias falsas basadas en la superstición y en los dogmas religiosos. 

 

Para que las sociedades pudieran alcanzar la mayoría de edad era indispensable la generalización de una educación cuyo propósito central fuera difundir los principios de la ciencia moderna y su método, basado en la verificación del nivel de correctitud de los conocimientos, gracias a la experimentación y la presentación de evidencias.  Se trataba, entre otras cosas, de formar una opinión pública científicamente informada, que basara sus opiniones en evidencia rigurosa. 

Lo que en la actualidad es conocido bajo el título de posmodernidad implica no sólo el abandono de la narrativa del progreso sino también la reducción del papel que la ciencia debe jugar en la vida cotidiana. En general, en nuestros días las personas sólo quieren hacer uso de los dispositivos tecnológicos que se producen gracias a los avances científicos; pero no desean saber nada de la ciencia, de sus postulados o sus métodos. 

La expansión de la posmodernidad en el mundo occidental ocurre de manera más vertiginosa en aquellas sociedades que, como la nuestra, nunca llegaron realmente a ser modernas; es decir, que jamás lograron difundir de forma amplia entre su población el conocimiento científico y su aplicación en todos los ámbitos del quehacer humano. El árbol de nuestra pretendida modernidad fue fácilmente arrancado por los vientos posmodernos a falta de raíces lo suficientemente fuertes. 

Una de las actividades humanas que mayor deterioro sufren ante el creciente dominio de la posmodernidad -y su gemela la posverdad- es la de la administración e impartición de justicia, que se pensaba iban a ser plenamente asistidas por la ciencia. La verdad científicamente demostrada debería ser, desde el punto de vista moderno, la base de todo juicio humano. Sin embargo, hoy basta la declaración de alguien contra otra persona para que a esta segunda la opinión pública le juzgue y le condene. 

Son muy pocas las personas que exigen las evidencias que ratifiquen la acusación. Se condena o se absuelve sin sentir ninguna necesidad de contar con las pruebas que corroboren que se está haciendo lo concreto. Y se juzga la actuación de las autoridades judiciales con base a esa opinión, la cual depende directamente de la emoción que prevalezca con respecto al imputado: si nos cae bien o está a favor de nuestros intereses y convicciones, entonces es inocente. Pero si tenemos, por la razón que sea, cualquier sentimiento negativo, entonces lo declaramos culpable y lo condenamos sin experimentar ningún tipo de remordimiento, porque en lo individual y en lo colectivo la verdad no nos hace falta alguna. 

¿Podemos pensar en un mundo más injusto que este que estamos construyendo aceleradamente desde la posverdad? 

Doctor en Ciencias Aplicadas. Director del GIISI S.C. Miembro fundador de la Escuela Latinoamericana de Pensamiento y Diseño Sistémicos. Integrante del Consejo de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción de Coahuila.

 

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