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Sábado, 25 Julio 2020 22:23

Carnal, Miguel

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A la memoria de mi querido amigo Miguel Ángel Solís Maldonado

 

Julián Parra Ibarra

Carnal, Miguel Ángel, tengo ya más de cuatro meses encerrado en casa -haciendo ‘home office’, dicen los muy cultos-, pero yo digo que estoy encerrado-, y tú lo sabes bien porque la aparición primero, y la prolongación después de esta maldita pandemia, nos truncó la reunión que teníamos planeada sostener.

 

El domingo pasado me desayuné con la triste noticia de que habías partido al encuentro con el Padre Bueno, y yo pienso que no te fuiste, más bien creo que allá arriba necesitaban un buen director de comunicación social –quién te manda haber realizado tan bien tu trabajo-, y ‘el de arriba’ decidió reclutarte. Ya tiene ahora sí quién le maneje hasta sus redes sociales.

Además, para mí siempre seguirás presente, y prefiero recordarte como siempre, con ese tradicional saludo que siempre me dispensaste ‘Qué onda carnal’, ‘cómo estás carnal’. Era tradicional desde hace ¿35 años carnal, o más? Cuando nos conocimos y coincidimos en la vieja redacción de La Opinión en el Bulevar Independencia, y desde entonces la amistad floreció y se fortaleció pese a que en los años recientes ya no manteníamos contacto de manera tan frecuente, hasta que te sumaste primero a la campaña, y después a la administración de Homero Martínez, entonces sí volvimos a tener contacto casi a diario.

En los últimos días, carnal, desde que leí el mensaje que escribiste cuando ibas camino a la 71, te he mantenido de manera permanente en mis oraciones y por tanto te he tenido más presente que nunca. Vieras cómo he recordado tantas anécdotas que compartimos en nuestras andanzas en La Opinión.

Y a lo mejor me vas a reclamar que por qué tengo más presentes estas, pero te recuerdo en una serie de anécdotas, que estoy seguro que si las estuviéramos platicando juntos, estarías destornillándote de la risa ¿Te acuerdas que en una de las tradicionales regatas del Río Nazas, que patrocinaba nuestro periódico, allá por Monterreycillo, tratando de alcanzar la mejor toma de los remeros en uno de los ‘rápidos’, te nos fuiste de bruces al río con todo no sólo con la cámara que llevabas en las manos, sino con toda la mochila donde iba el resto del equipo fotográfico?

A lo mejor me vas a decir ‘cómo eres cabrón’, pero ¿sabes de qué me estaba acordando? De cuando algunas personas –no sé de qué organización o quien los patrocinaba- le fueron a decir a Vili –la señora Velia Margarita Guerrero Jaramillo, nuestra directora-, que iban a realizar un sobrevuelo en un globo aerostático por toda la ciudad, que si gustaba que los acompañara un fotógrafo para realizar fotos aéreas de la ciudad. Como tú estabas bien chavo y a esa edad todo nos parece fácil, te apuntaste para la odisea.

Me acuerdo de la carrilla de toda la raza de la redacción, porque una fuerte ráfaga de viento provocó que se perdiera el control del globo, que terminó, no sé si decir en tierra, pero sí colgado de los cables eléctricos allá por la Falcón, entre Presidente Carranza y la Hidalgo, justo en donde los laguneros conocemos como ‘la terminal de los Rojos’. Seguro que tú también te acuerdas, no te hagas.

Pero la aventura tuya que siempre ha sido para mí imborrable, fue el pleito que mantuviste durante un buen tiempo con una hembra de chanate ¿Te acuerdas, carnal? No te hagas, aunque pretendas fingir que no lo recuerdas, de todos modos yo lo voy a poner sobre la mesa, según lo que yo me acuerdo ¿Me dejas que lo platique, carnal? Va pues, con tu venia.

En esos tiempos, el bulevar Independencia tenía un par de camellones laterales, pero al llegar a la Cuauhtémoc, es decir, en Cuatro Caminos, la vía se reconvertía a un solo camellón central, que era ancho. Eran las 7:00 de la tarde de aquél día y la raza del periódico empezó a salir por la puerta principal –la misma para todos, entonces no había una puerta para los empleados y otra para los jefes, todos entrábamos y salíamos por la misma-, y como otros más, cada día cruzabas al otro lado del bulevar para tomar el ‘San Julián’ que te dejara en la Acuña, para transbordar en un Torreón-Gómez-Lerdo.

Pero al llegar al camellón central, bajo la sombra de aquellos frondosos árboles que hoy sólo existen en el recuerdo, te diste cuenta que un polluelo había caído de su nido, y sensible como siempre fuiste, dejaste a un lado tu mochila, tomaste con cuidado al pajarillo entre tus manos y trepaste al árbol para regresarlo a su nido, con tan mala suerte que justo en el momento que lo depositabas, llegó la madre y se te fue encima a picotazos, creyendo seguramente no que habías salvado a su polluelo, sino que pretendías robarlo o hacerle daño, y tuviste que huir corriendo para evadir el ataque de la violenta y agresiva madre, hembra de chanate.

Pero el pleito no terminó ese día, sino que se prolongó durante muchos días, no sé cuántos, pero lo que sí sé es que desde ese día tu ‘enemiga’, con puntualidad inglesa, todos los días unos pocos instantes antes de las 7:00 de la tarde, se posaba retadora en una de las ramas que le permitían mirar de frente la puerta principal de La Opinión, y esperaba paciente tu salida; y apenas te veía traspasar la puerta, sin siquiera darte tiempo de bajar el primero de los al menos una docena de escalones, emprendía su ataque a picotazos. De nada te valió que salieras ‘cobijado’ en medio de varios, ella te tenía bien identificado y los ataque se sucedieron un día tras otro, incluso un día que para tratar de despistarla usaste gorra y grandes lentes oscuros.

El pleito terminó, no porque hubieran hecho las paces, no porque hubieran fumado la pipa de la paz, terminó cuando la mamá chanate desapareció de los árboles del camellón del Independencia. Entonces, y sólo entonces, te dejó en paz y terminó tu pesadilla ‘pajarraca’.

¿Ahora sí ya te acordaste carnal?

Así es como yo te quiero seguir recordando, con nuestras cientos de andanzas dentro y fuera del periódico. Para mí sigues aquí, presente, entre todos nosotros. Quiero seguir sintiendo que nuestra amistad sigue, fuerte y firme, y que creció heredada quizá, porque tuve la fortuna de aunque por corto tiempo, ser compañero de trabajo de tu papá, Cristino Solís, el mero jefe de la familia de Solís del meritito Trincheras. Y aunque tengo la fortuna de considerarme amigo de tus hermanos Javier, Isaías, Alberto, con el que más he estrechado la amistad con el paso de los años es con Guillermo, Memo siempre le he dicho, nunca tuve la formalidad de decirle completo el Guillermo, pero encima, para mí es el Señor Solís.

Carnal, Miguel, seguiré haciéndote llegar mis columnas a tus correos como lo venía haciendo desde hace ya no sé cuántos años, y que tú generosamente albergaste en las páginas de tu revista ‘Semblanza’.

Me despido Carnal, con el gusto de haberte saludado y haber recordado instantes de tiempos idos, y con la alegría de saber que fuiste reclutado por el ‘mero mero’ para su área de comunicación social. Te mando un abrazo con mucho cariño, que hubiese querido dártelo físicamente, pero esta maldita pandemia hasta eso nos ha arrebatado, la posibilidad de abrazarnos. Pero aunque sea virtual, te estrecho y te aprieto bien fuerte, en un abrazo entre hermanos. Hasta siempre, carnal, Miguel.

 

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