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Viernes, 17 Julio 2020 09:34

Manipulación y simplismos

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Miguel Francisco Crespo Alvarado

Somos una sociedad occidentalizada. En mayor o menor medida, hemos ido adquiriendo los principios y las formas de esa cultura. Y como todo en esta vida, eso tiene su cara positiva, pero también su lado oscuro. La suposición de que el bien y el mal se contraponen en su pureza es uno de esos aspectos negativos, no sólo por el simplismo que supone tal división, sino porque nos conduce a mostrarnos a nosotros mismos como formando parte del lado positivo y correcto de la historia, al tiempo en que colocamos a otros del lado del mal. 

 

A partir de esa división se monta una lógica que mueve a unos a ubicar a quienes tienen riqueza como personas malas, mientras que aquellos que no la tienen son tomados como los buenos. Otros, ubican a quienes se dedican a la política o al servicio público como gente necesariamente mala, mientras que a aquellos que no lo hacen les atribuyen el papel de los totalmente buenos. Son tan solo dos ejemplos de ese tipo de discursos que justifican una confrontación que replica la lucha de la luz contra la oscuridad, propia de los preceptos occidentales. 

El problema es que, incluso aceptando que en el mundo de las ideas el bien y el mal en su pureza tengan algún sentido, en el terreno de lo concreto eso no es así. Hay grandes ejemplos de gente rica y buena, así como de personas que son pobres y al mismo tiempo muy mal intencionadas. Abundan también los ejemplos de funcionarios públicos ejemplares y de ciudadanos que son un desastre. Más aún, cada individuo concreto tenemos nuestros aspectos positivos y negativos, porque el bien y el mal se encarnan en cada uno de nosotros sin excepción. 

Si hoy por todas partes triunfa el populismo obedece, en gran medida, a que el discurso manipulador y maniqueo que manejan les permite aprovechar la condición cultural: “Ustedes son el pueblo bueno y han sido víctimas de los ricos y de los políticos. Yo soy diferente porque yo soy el pueblo, los buenos mandan a través de mí.” O bien, “soy ciudadano, nunca he estado en la función pública y eso purifica mi alma, me hace impoluto”. 

Los populistas de izquierda y de derecha hablan en términos de esa división entre bien y mal que, aunque todos sepamos muy bien que no existe, la asumimos como verdadera por lo mucho que nos conviene en lo particular. La idea contraria, la de que no hay nada absolutamente bueno o totalmente malo, permite, entre otras cosas, combatir los simplismos y la manipulación que hoy hace que en los tiempos de gran dificultad que estamos viviendo, nos lideren personas que justifican sus actos con el discurso barato y bobo del combate contra los culpables de todos los fracasos individuales y colectivos de una nación. 

 

Doctor en Ciencias Aplicadas. Director del GIISI S.C. Miembro fundador de la Escuela Latinoamericana de Pensamiento y Diseño Sistémicos. Integrante del Consejo de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción de Coahuila.

 

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