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  • Jesús Marín Fotografia
Miércoles, 23 Enero 2019 21:09

FUNDAMENTO Y VALIDEZ DE UN PARTIDO POLÍTICO

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Emanuel Alvarado

Una de las teorizaciones políticas propias que más me gusta compartir, consiste en el hecho de mencionar que las asambleas, como máximo órgano de gobierno dentro de un partido político, son la base para el buen o mal funcionamiento del mismo. Una asamblea genera los vicios o las virtudes como agrupación, su articulación, lo mismo para constituirse como posteriormente las generales, desde el llamado de la convocatoria hasta la declaratoria de cuórum, define la clase de partido que se es. Puesto que, de la calidad de una asamblea, como máximo gobierno de una entidad política (hay “dirigentes” que ni saben esto), se derivan todas sus demás acciones.

 

Antes, y enseguida de esa ideal y legítima asamblea, están sus Estatutos, la Declaración de Principios y su Plan de Acción, que corresponden a la base bajo la cual se regirán internamente, ya que juntos conforman sus documentos básicos. Con ellos podrán organizarse y determinarse, pero siempre de conformidad a las normas establecidas por la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales y la Ley General de Partidos Políticos. Es decir, nada ni nadie por encima de la Ley.

Esos documentos básicos, en México, son más o menos iguales; o si se quiere, lo expreso de una manera sucinta: todos están redactados bienintencionadamente. Me he dado a la tarea de leerlos todos desde hace varios años; en el fondo casi expresan lo mismo. Como no me gusta hacerles publicidad a las siglas de los partidos no les diré aquí cuál de todos ellos es el mejor redactado y cuál el mejor diseñado, pero sin duda la sorpresa será muy grande para los curiosos que se atrevan a leerlos.

El origen de esas similitudes radica en que para registrarse les entregan un machote que deben seguir, es por ello que algunos incluso resultan evidentemente copiados textualmente de otros, y desde ahí ya podemos comenzar a percibir su poca y casi nula imaginación discursiva.

Como quiera que sea, esos documentos constituyen las cartas con las que jugarán su rol en el entorno político nacional. Antes, y sólo como antecedente, estará la historia de su conformación y registro (viciado en todos los casos desde mi punto de vista). Es decir, nacen con defectos de fondo y forma, tanto en su estructura como en sus acciones. El origen del problema no es una definición de concepto, sino los alcances precisamente de ese concepto: la democracia, que nunca es verdaderamente representativa, sino más bien parcial (dada la miopía en que se basan y forman; a lo que tendríamos que agregar las trampas y chapuzas en que operan esas asambleas de fundación); pues nunca resultan equitativas ni justas. Siempre con la ventaja de algunos sobre los otros. Amañados para quedarse con el control del partido.

Entonces, ¿qué es lo que tenemos?: partidos con origen dudosamente democrático, con rangos de acción sometidos a documentos básicos cuyos alcances y operación quedan truncos por la incapacidad, institucional o humana, de echarlos a andar.

Así, si lo «democráticamente representativo» es un mal necesario (pues su ideal es casi desde cualquier perspectiva imposible de llevar a cabo), lo que nos queda es el respeto irrestricto a sus documentos básicos, marco de su acción. La exigencia entonces se vuelca sobre su cumplimiento y el respeto a las Leyes y a la Constitución. Si este marco de operación no es respetado, entonces no queda nada y su legitimidad se puede cuestionar con gran desenfado por parte de cualquiera de nosotros.

Porque nadie se vuelve legal y honesto sólo por decirlo y creerlo, hay que serlo de verdad y hechos. No es suficiente con creer que uno es el bueno y el otro el malo; ambas cosas son fruto de los mismos prejuicios y vicios humanos. Las dictaduras y el fascismo han comenzado bajo la creencia de una supuesta supremacía personal sobre la colectividad. Si esos estatutos no se siguen al pie de la letra, emanando como emanan los gobiernos de los partidos políticos, ¡cómo podemos esperar que sean buenos gobiernos si son malos partidos políticos!, si incluso su legitimidad puede cuestionarse de origen como vimos líneas arriba. 

Así, cada partido, para ratificar la posibilidad de ser un buen gobierno, de llegar a serlo, tendrá que procurar que su actividad al interior de sus senos municipales, estatales y el nacional sean de una absoluta claridad, imparciales, democráticos y sobretodo moral y legalmente capaces, sin cortapisas de ninguna índole respecto a su funcionamiento institucional. De otro modo estarán condenados al fracaso, a ganar en las urnas por el cansancio de los votantes sobre otros, pero no por una auténtica vocación y voluntad por servir a los demás desinteresadamente. Lo cómico e irónico de ello (que desgraciadamente termina en ruina para el pueblo) es que precisamente al ser gobierno brotan los defectos de ese origen errado.

Y, como corolario, tendré que remarcar que uno de los grandes vicios de los partidos políticos en general, es que al alcanzar sus candidatos puestos y representaciones en los gobiernos locales, estatales y nacional, pasando por las cámaras de diputados y senadores, no dejan de ser partido; ese mal se mantiene en el “espíritu del partido” que cree que es el gobierno, ambos, militancia y burocracia, no han entendido, y lamentablemente parece que no entenderán, que los partidos políticos y el gobierno son dos entes distintos aunque éste emane de aquéllos. Olvidando un principio fundamental: que ellos, los gobiernos, deben hacer acciones de gobierno y no de partido. Asimismo, los partidos deben hacer exclusivamente acciones de partido y no pretender ser extensión de un gobierno; porque además eso denigra su condición de instituto político, mengua su credibilidad y distorsiona su quehacer social.

 

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FB: @EmanuelAlvaradoEscritor

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