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Miércoles, 28 Octubre 2020 21:20

Lágrimas no ayudan

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Arcelia Ayup Silveti

Muchas veces escuché que de un día para otro te puede cambiar la vida, lo cual me parecía lejano y sin sentido. Para una persona joven, sana, plena, inquieta, trabajadora y vital como yo, eso no es posible. Desde el inicio de la pandemia he extremado precauciones; trabajé desde casa; salía lo menos indispensable y recibía a pocas personas en mi domicilio. También dejé de visitar a mi mamá por precaución de contagiarla. En un par de convivencias laborarles inevitables, cuidé los detalles sanitarios. 

 

Sin embargo, me contagié. En el estúpido examen apareció mi nombre y con mayúsculas: POSITIVO SARS-CoV-2. Me mantengo fuera de peligro porque no presento fiebre, tengo buena oxigenación y estoy en mi casa sólo con mi perro. Tengo una semana del proceso; con unos días más pesados que otros. Una gran debilidad me agobia y no me suelta, duermo la mayor parte del tiempo. A veces no puedo ni sostenerme en pie; un día, no tuve fuerzas ni para hablar. Hasta he perdido el apetito, que eso es difícil de creer para quienes me conocen. El tratamiento me provoca vómitos y dolores de cabeza son muy fuertes. No me es posible leer o ver televisión. Hasta hoy pude teclear un poco. 

Antier mis vecinos tuvieron reunión, se escuchaban en la madrugada sus risas y música. Cerré las ventanas y pedí que no se contagiaran. 

Lo mío es mínimo y me ha sido muy pesado. Tengo varios amigos y familiares que estuvieron en circunstancias muy lamentables, hospitalizados y con ventiladores. Por fortuna, todos la libraron y me cuentan con los ojos llorosos que ha sido lo más difícil de sus vidas. Que es una enfermedad traicionera y muy cabrona a la cual no hemos dimensionado. 

Con frecuencia veía en redes muchas personas en lugares públicos y de viaje. Hace ocho días que no las veo. Pero les diré que no les desearía ni media hora de mis malestares, que es terrible no poder pararte de la cama, y además obligarte, porque nadie puede estar en tu casa para ayudarte sin peligro a contagiarlo. No es agradable saber que tienes el refrigerador con insumos para prepararte algo rico y no tener fuerzas para hacerlo. Que mientras desayuno un cereal, veo por la ventana autos llenos y personas que pasean a sus perros, divertidos y sin cubre bocas. 

Por fortuna, tengo ángeles al pendiente de mí y estoy en la mitad del proceso. Si algún ser querido se contagió ayúdales a elevar la frecuencia, con pensamientos positivos, si las condiciones lo permiten, hazlos reír, llévales fruta, un taco o una limonada preparada en casa, eso tiene un gran valor. No le des poder al miedo, ponte en acción y lejos de las lágrimas, esas no ayudan.

De verdad, ni a mi peor enemigo le deseo lo que estoy viviendo. Este pinchi virus es una verdadera ruleta rusa. En La Laguna no hay camas de hospital. ¿Te arriesgas?

 

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