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Miércoles, 25 Marzo 2020 09:52

‘¡Ah aquél Torreón!’

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Raúl Adalid Sainz

A veces recuerdo con verdadera nostalgia aquel Torreón de tinacos con inmensos jardines. Sí, ahí donde teníamos aquellas épicas partidas de futbol. Jugar en la calle con los amigos al bote de pateado, al chinchilaguas, a la bicicleta, a poner porterías señaladas por dos piedras. A escuchar el grito, "¡Aguas!", para prevenirnos de que venía un carro. Irnos a nadar y a jugar basket a la YMCA con los batos de la cuadra. 

 

Aquellos partidos de baloncesto al mando del coach chihuahuense Jaime Aguillón. Aquellos campamentos nocturnos donde le cantaba a la raza el corrido de Porfirio Cadena, alías "El ojo de vidrio". Aquellos domingos en el parque San Isidro para ver a mi querida "Ola Verde" del Laguna o las tardes del Revolución para ver a los "Diablos Blancos del Torreón". 

Así es, la Comarca tuvo dos equipos de Primera División. Los clásicos eran de garra, de ganar o morir. De vergüenza si perdía el equipo amado. Cómo olvidar aquel parque "Rosa Laguna", para ver las entradas nocturnas de "Los Algodoneros" del Unión Laguna. Cómo olvidar a "Minnie" Miñoso, a Pancho García, Jakie Ríos, y aquellas veinticinco victorias de Antonio Pollorena. Aquellas finales contra los Diablos Rojos del México. Aquel impresionante, "Gran Mecano", el Estadio Superior, que a todos nos maravilló. 

Ahí veíamos baseball observando al pájaro de acero descender o ascender por las pistas del aeropuerto Francisco Sarabia. Aquellos helados domingueros en la plaza de Lerdo. Sentir el beso de la amada en aquellas bancas verdes, amores matizados entre nieve de coco y fresa. Después la nocturna Morelos, dando vueltas desde la Colón hasta la Valdés Carrillo, ahí donde se erigía mi añorado, entrañable Cine Princesa. Bueno el cinematógrafo era otra cosa. 

Ahí era volar, encontrar otra posibilidad de vida. Viendo la pantalla yo soñaba. Apostaba que era la aventura misma viendo tres películas de King Kong. Podía reír viendo a Capulina en "El Zángano", podía luchar contra momias, viendo el encordado en calles guanajuatenses en aquella inquietante de "Santo y Blue Demon contra las Momias de Guanajuato".

Podía sentirme Julio Iglesias cantándole "Chiquilla" a aquella güera maravillosa en alguna playa de España. Podía comerme un lonche maravilloso de aguacate y carne en aquellos parajes de "Don Paco". Podía tomarme un tanque botanero en aquel "Salón Alameda" o en las delicias del "Ciriaco". Podía ir a un baile adolescente en el "Casino Leonístico", sacar a bailar a una chava al compás de "Los Pandava". 

Podía tomarme un café de Paraíso del Desierto y escuchar el jazz o el blues del piano de Carlitos Ramos. Podía encontrar mi vocación en aquel viejo y romántico teatro de la calle Bravo, ese que hoy fiel me espera, ese mi querido Teatro Mayrán, donde le encontré una razón a la vida. 

Podía irme con los cuates a echarme unas caguamas atrás del lienzo charro de la Torreón Jardín. Podía ir a "Los Sauces" y escuchar en par de veces los conciertos que ahí dio el "Príncipe de la Canción" José José. Podíamos reírnos en el contrabando adolescente pícaro entrando a las variedades picantes del cabaret "El Bosque". 

Podía jugar con mi abuelo a los barcos de papel por aquellos estanques del Bosque Venustiano Carranza, ahí donde, como decía Serrat, el estanque era el mar. Podía echarme la vaca en secundaria e irme a los "Billares Torreón", unos que tenías que descender unas escaleras para encontrar el verde pool de los paños de las mesas. 

Podía irme al boliche del Boulevard Independencia y tumbar bolos por horas en sonidos de choque de pelota. Podía reír con los cuates de la secu en el jardín de la casa de Marco Ontiveros, creyéndonos "Los Beatles", con cajones de madera de batería, la guitarra roja eléctrica de Marco, y un disco de fondo, cual play back de la canción " The Night Before". Éramos felices. Eramos dichosos en aquellas clases de karate de los Méndez Vigatá, esas que se daban en el Auditorio Municipal. 

Éramos chavos en las discos en aquel "Cirocos" o en aquella llamada "La Rosa". Y no olvido aquellas noches en la hoy ya derruida "Casa de la Cultura" del Boulevard Constitución. Aquellas noches de plática con los chavos del taller literario: Amparán, Jáquez, Marco Antonio Jiménez. Aquella bohemia con el escritor chiapaneco Eraclio Zepeda. Aquellos subyugantes estrenos teatrales de Rogelio Luévano en el Mayrán. Aquel "Medio Pelo", del doctor Garibay, con Sonia Salum y su aquella entrañable doña Paz.

Aquellas comidas corridas de Lerdo con Conchita. Aquel menudo curador de parranda en Barreto. Aquellas risas, risas de madrugada por las calles de mi Torreón oyendo en el radio alguna rola de Camilo, José José o de Cat Stevens.

Sí, era otro Torreón. Uno que nos conformó a aquellos que tuvimos la dicha de vivirlo. Hoy que lo veo a la distancia de nostalgia, me parece que recorro un telón y vuelvo a vivir la escena de tantos actos que aún me parecen gritar: "¡Tercera llamada, tercera llamada, comenzamos!".

 

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México-Tenochtitlan

 

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