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Viernes, 03 Enero 2020 09:15

EL SENTIDO DE LA VIDA Y SU PROPÓSITO

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Emanuel Alvarado

La sociedad es un complejo conjunto de relaciones interpersonales. Cada persona es en sí misma un laberinto de pensamientos, emociones y sentimientos casi siempre impredecibles. La suma total de estos laberintos individuales al entramado global se vuelve caótica, inimaginable y probablemente tóxica.

 

El mundo como lo conocemos está dividido en porciones todo el tiempo y bajo toda circunstancia: fronteras, sistemas de gobierno, propiedad privada, reglamentos, leyes, constituciones y normas escritas o no escritas que condicionan nuestro actuar en cada instante y ante los demás.

Es decir, somos libres en la medida en que respetamos estas reglas de un juego a veces siniestro. La competencia, los niveles de especialización laboral aunados al consumismo y el materialismo dan como resultado una carrera contra el tiempo, la vida, los demás y el lamentable qué dirán.

No puedo dejar de pensar en la sentencia de Isaac Asimov: «Si el progreso material y tecnológico humanos fuera a la par del desarrollo emocional y espiritual la historia del mundo sería otra». Nos hemos enfrascado en un torbellino de adquisiciones innecesarias. En la compra de modelos de existencia que poco o nada tienen que ver con lo elemental y necesario, por ello trascendental, para la vida humana.

Esas complejas individualidades, condicionadas por modelos de existencias vacías, tienen que interactuar con la Tierra; un planeta, un ente cósmico que es a su vez un ser vivo, complejo, sofisticado y a pesar de todo lo que sabemos sobre él… prácticamente desconocido. Y lo que es peor: ignorado.

Nuestro planeta, como sistema, necesita tener una buena salud para su correcto funcionamiento. Es, en la mayor brevedad posible, algo de una lógica esencial: si la Tierra, nuestro hogar, no está sana, nosotros no podremos estar bien ni vivir. Dos ejemplos increíbles de cómo funciona la sociedad en sus diversos aspectos (sin que con ello intente decir que el primer ejemplo esté mal; más bien los uso para decir que el segundo está muy mal):

Se han recaudado más de mil millones de euros para la reconstrucción de la catedral de Notre Dame; y está bien, es un icono de la arquitectura gótica, patrimonio cultural de la humanidad y símbolo de una ciudad y un país que ha dado muchos de los mejores pensadores, sabios, científicos artísticas y políticos del mundo. El segundo ejemplo, cocido también en fuego, son los incendios de la Amazonía (el pulmón más grande de la Tierra) cuya recaudación y atención para su rescate y conservación parecen no importarle al mundo.

Provengo de una familia donde incesantemente nos llaman e inculcan a hacer lo correcto. Desde niños, y hasta estos días de adultez, se nos dice que debemos hacer el bien. Crecimos en un medio ambiente familiar donde el respeto a la Naturaleza, a las creencias religiosas y al prójimo forman parte de las enseñanzas diarias.

Fuimos educados para respetar la vida, incluso mi padre nos heredó un dejo de chamanismo que me encanta; porque me hace ver a la Tierra como un ser vivo al que hay que cuidar y respetar. Me mostró una cosmogonía que abarca el entendimiento de que hay un propósito superior para existir. Que debería persistir un espíritu de trascendencia. Que nuestro paso por el mundo signifique algo. Que seamos, a fin de cuentas, útiles a los demás y a la Tierra.

Los filósofos griegos, y antes los orientales, se cuestionaban el sentido de la vida. Lo seguimos haciendo, pretendemos alcanzar eso, que para abreviar, nombraré «entendimiento». Los más osados le llaman «iluminación». Otros podrán ponerle muchos otros nombres; podríamos sintetizarlo en algo práctico: el despertar de la consciencia. ¿Y qué sería esto? El camino de lo correcto. Siempre he creído que el óctuple sendero de Buda, de seguirse, terminaría con muchos de los males del mundo: aquí les dejo una modesta síntesis, invitándoles a leer su bibliografía:

La recta visión: La comprensión y asimilación de las Cuatro Nobles Verdades, que hablan sobre el entendimiento de la naturaleza y la existencia.

El recto anhelo: El deseo genuino de liberarte del apego y la ignorancia. Es distanciarte de la crueldad, la mala voluntad y la energía sexual mal canalizada.

El recto lenguaje: De tu boca sólo deben salir palabras de amor y bienestar. Tener un lenguaje asertivo y eliminar la mentira, los chismes e insultos de tu vida.

La recta acción: Debes evitar conductas que dañen a tu prójimo, que causen sufrimiento derivado de malas acciones como robar o matar.

El recto modo de vida: Debes vivir en el respeto a todos los seres sintientes y ser honesto.

El recto esfuerzo: Debes hacer uso de tu fuerza de voluntad para exaltar tus virtudes y darle la vuelta a tus defectos. Este es el camino al bienestar.

La recta conciencia: Debes ser consciente de tu cuerpo, tu mente y tu espíritu. Debes alejarte del deseo, la ignorancia y en general, de las emociones negativas.

La recta concentración: Debes meditar constantemente y hacer las paces con el concepto de la impermanencia (lo único seguro es el cambio). Asimismo, cultivar un estado de quietud que te lleve hacia la iluminación.

Entonces se vuelve urgente e impostergable que como humanidad hallemos el modo en que podremos preservar la vida en el planeta. ¿Cómo restaurar la Tierra del daño que se le ha hecho? Luchar por la dignidad humana que nos es inherente por el simple hecho de nacer. Recomponer el tejido social tan dañado. ¿Cómo volvernos de verdad hermanos?

El camino no será fácil. Pero tendremos que hacerlo. Comencemos con las pequeñas acciones diarias. De ese modo gradual, seguro, no será tan difícil. Sólo cada día y con todos los que estén a nuestro alrededor. Necesitamos un gran perdón global, un reencuentro con nosotros mismos y los demás. Les deseo un buen año, una buena vida y mucha paz. Siempre suyo.

 

 

©Emanuel Alvarado, 1º de enero 2020

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FB: @EmanuelAlvaradoEscritor 

 

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