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  • Jesús Marín Fotografia
Lunes, 18 Febrero 2019 17:43

DOGMA DE FE

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El arte del fracaso

 

Marcos Durán Flores

La traducción ha existido desde que el hombre ha utilizado la palabra hablada. Se trata de una actividad que ha desempeñado un papel vital en la historia de la humanidad y cuyo uso se remonta hasta antes de la antigua Grecia, Persa y Roma, imperios que debían entenderse con los habitantes de sus territorios conquistados. Lo mismo ocurrió con los españoles, que utilizaban traductores para comunicarse con los indígenas de casi toda América Latina. En México, nuestra traductora más famosa fue “La Malinche”, mujer que se cree sirvió a Cortés más allá de sólo traducir del náhuatl a la lengua de Castilla.

 

Muchas de las traducciones antiguas fueron de naturaleza religiosa. Una de las más conocidas es la Septuaginta, la traducción de la Biblia hebrea al griego. La historia refiere que 72 eruditos judíos, seis por cada una de las doce tribus de Israel, fueron comisionados por Ptolomeo II, rey de Egipto, para traducir el Pentateuco, o la Torá, como llaman los judíos, y para nosotros, los de a pie, el “Antiguo Testamento” que incluye los libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y el Deuteronomio.

Pero quizás la traducción más importante de historia, fue cuando se tradujo del arameo al hebreo y después al griego, la historia de María, la madre de Nazareno, a quién en principio se le describía como “mujer joven” y la traducción lo cambio a “virgen”. Esta diferencia ortográfica, cambió la historia por completo, pues la profecía de la llegada del Mesías para liberar el pueblo de Israel terminó diciendo que una “virgen” daría a luz a un niño. Esto significaría un milagro, algo reservado sólo para Dios y por lo tanto, quien naciera de esa virgen, sería el hijo de Dios. Qué razón tuvo el gran Umberto Eco - de quien por cierto, hoy se cumplen tres años de su partida del mundo natural- cuando dijo que “La traducción es el arte del fracaso”.

Sucedió igual con la traducción de la Biblia latina estándar, a cargo de san Jerónimo, lo que para algunos expertos, fue el error de traducción más grave, pero también más exitoso de la historia. Otra traducción polémica fue la de Lutero, que tradujo la Biblia al alemán, dejando fuera, por decisión propia, varios de sus libros. Esto significó el cisma más grande que ha tenido la iglesia católica: la Reforma Protestante.

Y es que los traductores han sido claves para poder difundir la literatura, poesía y el conocimiento científico. El poeta romano Livio Andrónico tradujo “La Odisea” de Homero del griego al latín; Chaucer a Virgilio y Ovidio al inglés, mientras que Goethe tradujo al alemán a Voltaire, Shakespeare y Homero. Jorge Luis Borges tradujo al español obras de Oscar Wilde, Kafka, H.G. Wells, Edgar Allan Poe, Faulkner, Hesse, Kipling, Virginia Woolf y André Gide.

Una de piezas de evidencia más trascendentales en la historia de los traductores es la piedra de Rosetta, encontrada por un soldado de Napoleón en el Delta del Nilo y por su importancia, enviada a Alejandría y cuando Inglaterra derrotó a los franceses, el Gobierno de su majestad la colocó en el Museo Británico en Londres. 

La piedra de Rosetta es una pieza de color gris y rosado, que data del año 196 antes de la era actual y que presenta un decreto del rey Ptolomeo V de Egipto. El texto está en tres lenguajes diferentes: jeroglífico, demótico y griego. El texto jeroglífico tiene 14 líneas, el demótico 32 y el griego 54 líneas. Los jeroglíficos eran el lenguaje de los sacerdotes egipcios, el guion demótico era la lengua comúnmente utilizada y el griego se usaba para fines administrativos. 

Gracias al trabajo de lingüistas y arqueólogos, se convirtió en una herramienta para descifrar jeroglíficos egipcios antiguos. Con ello se tradujeron escrituras y de inscripciones en muros en todo el reino de los antiguos faraones. 

Yo tuve la Piedra de Rosetta ante mis ojos. Fue durante una visita a Londres en compañía de Juan Pablo Dávila, saltillense y admirado amigo que hoy trabaja para la oficina para el Desarrollo Industrial de la Organización de las Naciones Unidas, la ONUDI, que tiene su sede en Viena. Al ver la Piedra entendí que estaba ante el monumento que representaba la comunicación entre idiomas a través de la distancia y del tiempo, un sinónimo de cómo acortar la brecha para expandir el conocimiento.

@marcosduranf

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