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  • Jesús Marín Fotografia
Lunes, 27 Junio 2016 16:50

La lucha libre y el barrio

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Javier López Medina
Si algún deporte se parece al barrio, es la lucha libre, ahí se reproduce con todos sus “asegunes”.
He ido a los deportes más populares de la ciudad, como el futbol, el box, y el beisbol, pero donde se reproduce el barrio como una fotografía, es en la lucha libre.
El lugar, la familia, los hijos, el “rudo”, el “limpio”, y las pasiones desbordadas, son la esencia de la lucha libre.
La lucha libre, antes se hacía en la plaza de Toros Torreón, sus llenos eran a reventar, y los luchadores eran verdaderos maestros del pancracio, el tiempo la ha llevado a la decadencia, pero sobreviven a la modernidad como una llama que no pretende extinguirse, porque en su corazón lleva la flama.


Sobrevive en pequeñas “arenas” de Torreón y Gómez Palacio; cada sábado o domingo, personas del barrio, van a la lucha libre, pero casi nadie llega solo; casi todos van con sus familias, sus esposos, esposas, hijos, hijas, o nietos.
Parvadas de niños y niñas entre los cuatro y los doce años de edad, suben al ring antes de que empiece la lucha, y empiezan a realizar sus acrobacias aprendidas en el ir y venir a la lucha libre: se lanzan de la tercera cuerda, hacen la “Huracarana”, del legendario Huracán Ramírez; la “Tapatía”, de Rito Ramírez, el “Caballito” del Santo, la “619” de Rey Misterio. Vuelan, luchan y sueñan como lo hacen sus ídolos del momento.
Los luchadores aparecen de un cuarto espontáneo, suben al cuadrilátero, y empieza la obra de teatro donde el público tiene un lugar de privilegio: nada más y nada menos que el privilegio de “soltarse la greña”, “dejarse caer” con lo que traen guardado desde hace rato y decirle a los luchadores, “hasta de lo que se van a morir”.
Señoras, señores, muchachos, muchachas, viejitos, viejitas, por un momento se “quitan la máscara”, se dejan de formalidades, de apariencias, de poses y de las buenas costumbres, para sacar su “otro yo”.
Mientras los gladiadores se trenzan entre llaves y contra llaves, el público no deja de gritar, de defender a su ídolo: el lenguaje “florido”, propio de mi barrio, y con “marca registrada”, rasga el cuadrilátero, de norte a sur y de este a oeste. Y los rudos, como otro acto nuevo de la misma obra, se detienen unos segundos para devolver “la flor”.
Al final, la lucha termina, todos están de acuerdo en que es una obra de teatro que se pierde entre la realidad y la fantasía, entre golpes de verdad y de mentiras; entre las llaves acordadas y las llaves que no estaban en el “cuadernillo” de la obra; entre el “juego” de un deporte y la pérdida de una máscara que devela un misterio reciente.
Los niños, las niñas, los muchachos y las muchachas, los viejitos y las viejitas, se van, pero volverán, revivirá la misma obra y harán de la lucha libre una tradición, un culto, una veneración.
Mientras, los padres y los abuelos sigan llevando sus niños y sus niñas, sus nietos y sus nietas, ésta existirá como flama eterna, en la oscuridad de la modernidad. Y sobrevivirá contra viento y marea.

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