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  • Jesús Marín Fotografia
Jueves, 01 Marzo 2018 09:56

LA VIDA, EL OCIO Y LA CULTURA

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Emanuel Alvarado

Permítaseme la expresión, como una licencia poética: «he vivido mucho durante estos últimos quince días»; lo anterior, obvio, entendiendo que para todos nosotros el día dura veinticuatro horas. Pero lo expreso como un síntoma de la felicidad, aunque en ello se contenga una enorme subjetividad. Porque tal y como lo muestran el Índice del Planeta Feliz y el Informe sobre la Felicidad Mundial, que calculan la felicidad de los países, y que incluyen entre sus factores de medición: el Producto Interno Bruto, la esperanza de vida y una existencia saludable, la satisfacción personal, el consumo ecológico, la libertad de tomar decisiones, la esperanza de vida, la generosidad, la percepción o ausencia de la corrupción y los aspectos negativos y positivos. “Como señala el informe, la felicidad es importante no sólo por sí misma, sino porque garantiza una mayor esperanza de vida, ser más productivos, tener sueldos más altos y ser mejores ciudadanos. En términos generales, la felicidad media del planeta se encuentra en un modesto 5.1 sobre 10.” El ocio es garante de la felicidad.


Entonces, vivir con intensidad (otra vez la subjetividad) tiene que ver con el desarrollo económico y por supuesto con el desarrollo cultural (súper subjetivo) y educativo de cada persona (entendiendo que sigo con la subjetividad). Veámoslo de esta manera: Si una persona no puede dedicar tiempo al ocio, asistir a espectáculos de arte, funciones deportivas y eventos de diversa índole, entonces su índice de felicidad irá bajando, porque la dicha es directamente proporcional al tiempo que tenemos para «disfrutar la vida». Más que las posibilidades económicas, es el tiempo que cada persona o grupo dedican al ocio (muchas veces gratuito, subvencionado o patrocinado incluso por lo privado) lo que genera recuerdos y momentos felices. Entonces persiste ahí una idea. Y es el hecho de que una persona que pase seis horas frente a un televisor o una pantalla de computadora o smartphone conectados a la Internet, tendrá una experiencia de vida muy diferente a quien pase seis horas del día leyendo. O bien quien pase sus fines de semana metido en eventos culturales, a quien pase un fin de semana emborrachándose o matando el tiempo mirando videos. Luego es, que basado en este índice, me puedo atrever, con aquélla licencia poética, a decir que en estos quince días he vivido mucho porque los he vivido con una tremenda intensidad. Me he dado el tiempo para dedicarlo a la cultura, la lectura, a trabajar en proyectos de creación propios y un etcétera que incluye la “invención” de una caja luminosa para ver diapositivas que construí con un alumno de regularización matemática para que aprenda las tablas de multiplicar.
Así, vivir con intensidad tendrá que ver con el tipo y cantidad de experiencias que se puedan acumular en un tiempo determinado. La calidad de la intensidad con la que se vivió crea una emoción y percepción positivas y provoca un detonante en el ánimo que contribuye a un estado de bienestar general. En este sentido es que el ocio o consumo cultural contribuye a tu felicidad, a la intensidad con la que vives, persistiendo un poder diferenciador de satisfacción personal. La intensidad de la vida tiene una relación con la cantidad de experiencias positivas que acumulas.
Me explico. En poco menos de quince días, estos acontecimientos tuvieron lugar en mi vida: corrí (paseé en) dos rutas nocturnas de ciclismo urbano por las calles de mi ciudad organizadas por un colectivo en compañía de mi hijo Diego, de 11 años, 42 kilómetros en total; quien además me hace rebozar de contento al pasar los fines de semana conmigo, particularmente cuando son largos, como este en que hubo Consejos Técnicos Escolares y estuvo conmigo desde el jueves, porque digamos, uno tiene más tiempo para continuar conociéndose y aprendiendo mutuamente; nos encontramos, además, con mi madre, que salía a la capital del estado a la graduación de mi cuñada del Primer Doctorado en Ciencias Forenses impartido en la Universidad de Guanajuato y le hicimos compañía mientras espera su autobús; cuando mi madre se marchó le pregunté a mi hijo que si tomábamos un bus al Forum Cultural o nos íbamos caminando; charlamos mientras caminábamos, a él le dio hambre y sed, buscábamos gorditas al comal que yo sabía nos quedaban en el camino; se acabaron temprano, incluso los tacos de junto; seguimos caminando, nos encontramos con una heladería al doblar la esquina, «a mí se me antoja un helado», dijo Diego como quien no quiere la cosa pero esperando una respuesta dispuesta a cumplir su antojo: ¡anda, vamos, yo también quiero uno! ¡Son baratos papá, cuestan a diez pesos, pagamos, la suma dio 26 pesos, «bueno, ya subieron, cuando yo vine costaban nada más diez pesos»; el helado, para quien no lo sabe, provoca sed (y más si te comes el barquillo de harina acaramelada), me pidió una de las botellas de agua que siempre cargo cuando salimos de paseo (a mí me quedó la costumbre de llevar «cantimplora» desde mis tiempos en que cursé la Primaria); seguimos caminando y pasamos por el Nou Camp, el estadio del equipo León, gran acontecimiento para un chico que sueña con ser futbolista, su rostro no puede expresar otra cosa que las miradas de asombro de quien viaja al Vaticano y contempla la Columnata de Bernini: se mantiene en éxtasis absoluto, y en el caso de mi hijo no para de hablar; finalmente llegamos al complejo cultural conocido como el Forum, que comprende: al Auditorio Mateo Herrera, el Museo de Arte e Historia de Guanajuato, el Teatro del Bicentenario, la Biblioteca Central Estatal y un Campus de la Universidad de Guanajuato donde se ofertan estudios en Arte y Cultura en licenciatura y posgrado; también, en el camino, compramos gorditas dulces de nata y antes de entrar al museo nos sentamos a comer gordas y de vez en cuando nos echábamos algunos buches de agua; Diego insistió en jugar con el ajedrez gigante que se encuentra en los jardines del Forum, entre el museo y el auditorio, jugamos una partida y quedamos tablas, lo apuré porque yo tenía en uno de mis bolsillos la lista con todas las actividades que pretendíamos ver del Festival Japonés Nihon Matsuri que cerraba la exposición IROHA, Diálogos en el arte Japón-México: música, artesanía, cerámica, kimonos, danza, pintura de la perfección artística del Japón nos rodearon; hicimos una pausa para comer, le dije: ven, vamos a un lugar que sólo yo conozco, lo metí a una callecita en forma de codo, comimos enchiladas suizas, muy ricas por cierto, y pasamos a una tiendita a comprar botanas; regresamos para asistir a una conferencia sobre las costumbres japonesas con la finalidad de poder entender más su cultura, una charla tremenda sobre la idiosincrasia y el comportamiento nipones; antes, para hacer tiempo, otras dos partidas de ajedrez y una visita a la biblioteca, donde me dirigí a la búsqueda de unos términos políticos mientras él «hacía una investigación en computadora»; finalmente asistimos al concierto de clausura y danza tradicional japonesa, misma que presentaron dos mujeres al sonido de una fusión de instrumentos occidentales, flauta transversal y piano, junto al arpa koto; disfrutamos los bocadillos casi insuficientes para la semejante cantidad de gente que asistimos y nos encaminamos a seguir nuestro fin de semana a casa de mi madre, en donde cenamos y vimos películas; sólo para levantarnos el domingo hasta las once de la mañana, ver más películas y meterme a la cocina a preparar desayuno y comida a un niño hambriento por tanto trajín que traíamos de un par de semanas; ya casi para retirarnos de la casa materna nos habla mi hermano, el esposo de la nueva doctora para avisarnos que iban para allá con sus cuatro hijos; los esperamos, llegaron con (verdadero) pollo frito y todo lo necesario para preparar las tradicionales guacamayas leonesas; comimos de nueva cuenta en su compañía, de verdad me gusta platicar con mi hermano, miramos las fotos de la graduación, mi hijo jugó de lo lindo con sus primos y yo quedé de volver, hoy miércoles a casa de mi madre, desde donde escribo estas líneas, para llevarla al Seguro Social mañana, para cumplir la eleva responsabilidad de ser un buen hijo y devolver algo de lo mucho que se merece.
¿Qué hay en todo esto? Un hilo conductor: la cultura y una infraestructura de políticas públicas y el hecho de formar parte de un público consumidor de arte y de cultura. León es una ciudad grande, y como toda ciudad que ronda los dos millones de habitantes, amenaza con desaparecer al León de antaño que conocí, amenaza su identidad (siempre en constante construcción), pero el arraigo se defiende. Y dentro de todo eso me di tiempo para fomentar la amistad entre mis amigas: Hylda, Mire, Liaa, Érika, encontrándome además con mi novia cuatro veces. Quince días de intensa cultura que hacen mi vida más rica y feliz. Dos semanas en las que traté de hacer mejor la vida de los demás, con la emoción cultural construyéndome.

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https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2013-09-10/dinamarca-lidera-el-ranking-de-los-paises-mas-felices-del-mundo_26822/

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