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  • Jesús Marín Fotografia
Lunes, 08 Enero 2018 09:59

UN VIAJE AL MÁS ACÁ

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Lilia Rivera Mantilla

Aquel 8 de mayo de 1945, ante la rendición incondicional de la Alemania nazi presentada a los Aliados de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se llenó de júbilo, esperanzado en que pronto reinara, por muchos años, la efímera paz que se había disfrutado en las apenas cuatro décadas que habían transcurrido del progresista siglo XX. El imperio japonés no se rendía, había que someterlo, y tres meses después del feliz Día de la Victoria, los Estados Unidos hacen estallar en Hiroshima y Nagasaki dos bombas atómicas, que borran del mapa a esas ciudades y causan la muerte de 250,000 personas, aproximadamente; dichas muertes fueron en el momento de los bombardeos, porque tiempo después siguieron presentándose fallecimientos a causa del envenenamiento por radiación.


Entonces, ante la posibilidad de que el hombre destruyera todo el planeta, Los Custodios, quienes habían creado la Tierra y a la raza humana, tomaron una decisión: llamar de emergencia a las almas puras, esas que nunca habían encarnado en un cuerpo humano, para que ayudaran a purificar y elevar la vibración del planeta, y evitar así su destrucción.
Por eso desde la década de 1950, estas almas, nunca antes encarnadas, han estado llegando a la Tierra para preparar a la humanidad a un cambio masivo, un camino hacia la quinta dimensión.

 


Así pudieron haber sido las naves de Los Custodios. Sobrevolando el cielo del desierto lagunero.


LA PIEDRA GOLPEADORA
La Tierra es un planeta difícil para vivir, porque el hombre lo ha contaminado de una vibración muy densa, la cual amenaza la supervivencia del mundo en su conjunto. Tal vez por esta razón muchas de aquellas almas que habían decidido nacer en hogares terrícolas, encontraron muy difícil adaptarse al ambiente enrarecido. Esta podría ser la razón de por qué la niña que estaba destinada a ser la primogénita del joven reportero y su esposa, se tardaba en nacer. Hubo la necesidad de sacarla con fórceps. Fórceps suena como “a la fuerza”.
La pequeña Margarita (le pusieron nombres de flores para hacerle más respirable el aire) lloraba mucho, día y noche, sobre todo cuando ya reinaba la oscuridad. Su joven madre se pasaba, durante la madrugada, horas completas acunándola en su brazos, al ritmo del balanceo de la mecedora; cuenta la leyenda familiar que, en alguna ocasión, la joven mujer se puso a llorar al no saber cómo calmar y hacer dormir a su recién nacida. Sin embargo, cuando a la niña la paseaban en la calle, a la hora que fuera, se mostraba contenta y serena; el tormento empezaba al entrar en la pequeña casa de la calle Blanco, casi esquina con Abasolo, en la aún hermosa y progresista Torreón, Coahuila.
En una ocasión, cuando la pequeña contaba con seis meses de edad, estaban reunidas en la pequeña sala de la casa, su madre, sus dos abuelas y por supuesto ella también. Era un día frío y airoso. La estancia contaba con una ventana hacia la calle, la cual estaba cerrada en ese momento, una puerta que daba hacia el pasillo de entrada, la cual también estaba cerrada para que no se colara el aire helado hacia el interior, y una puerta que comunicaba con otro cuarto, en donde no había nadie a esa hora. Mientras las mujeres platicaban, se sintió una ráfaga de aire y, como de costumbre, la pequeña empezó a llorar. De pronto, su abuela paterna lanzó un grito de dolor: una piedra, como esas de río, le pegó con fuerza en un brazo, y una fotografía familiar, colgada en la pared, cayó al suelo. Asustadas y sorprendidas, recogieron y revisaron la piedra lanzada quién sabe desde dónde y por quién. La ventana y puerta que comunicaban con el exterior estaban cerradas; además, ¿qué fue lo que descolgó a la fotografía de la pared? y algo para preguntarse: ¿vería algo la pequeña Margarita que solo las almas puras pueden ver? ¿Qué ocasionaba su llanto y perturbaba su apenas iniciada vida?
NO DEJES LLORAR A LA NIÑA
Era costumbre del joven reportero - quien trabajaba en un periódico cerca de su casa y del que se decía que era defensor de la comunidad, que era serio, veraz y ameno- pasar un momento por su hogar para ver cómo estaban su esposa e hija, cuando, de noche, iba rumbo a la cárcel del municipio –también a unas pocas cuadras de la casa- a recabar la información de última hora para que apareciera al día siguiente en la nueva edición del periódico. Por eso aquella noche, a su esposa no le pareció raro creer escuchar la voz de su esposo que le pedía que no dejara llorar a la niña.
Había logrado dormir a la pequeña y ella se sentía cansada, llevaba algunos meses de un nuevo embarazo, así es que decidió recostarse en su cama, con su hijita a un lado. Algo empezó a inquietar a la niña, quien empezó a llorar, pero esta vez la joven mujer decidió no hacerle mucho caso, esperanzada en que la bebé volviera a quedarse dormida en unos minutos más. Entonces, de pronto, le pareció escuchar una voz que le decía: “¡No dejes llorar a la niña!”. Dedujo que seguramente se estaría adormeciendo y que eso había sido a causa de un momento de ensoñación. Volvió a cerrar los ojos y, suavemente, daba ligeros golpes sobre su niña, con la intención de que sintiera su presencia y volviera a quedarse dormida. Pero el llanto de la niña la hacía mantenerse despierta. Entonces, al tiempo que sintió como si una mano golpeara en su cadera, volvió a escuchar la misma voz que en tono imperativo le pedía que no dejara llorar a la pequeña.
Convencida de que no había sido un sueño, de que la voz que escuchó en dos ocasiones era real, preguntó con voz fuerte: “¿eres tú, Alfredo?”, pero no obtuvo respuesta. Su esposo acostumbraba jugar bromas a los demás, por lo mismo pensó que, seguramente, estaría escondido entre los macetones con helechos que adornaban el pasillo de entrada; salió a buscarlo, revisó entre las macetas pero no encontró a nadie, solamente ella y su pequeña estaban en la casa.
Asustada, envolvió a su hija en una cobija y salió con ella a la calle. Al poco rato, distinguió la figura de su esposo que caminaba al inicio de la cuadra para tomar su camino de rutina rumbo a la Policía. Alarmado, le preguntó a su esposa por qué estaban ella y la niña en la calle, a esas horas de la noche. Sin escatimar detalles, le contó la experiencia que acababa de tener dentro de la casa, él le aseguró que no había pasado antes por ahí. Entraron a la casa para revisar que todo estuviera en orden. No encontraron a nadie. Y decidieron que esa noche irían a dormir a casa de la abuela paterna, necesitaban los tres descansar y solo había que caminar una cuadra más.

Calle Blanco norte, casi esquina con Abasolo. La casa de la esquina era propiedad del ingeniero José García Carrillo. Al lado se puede ver una casa de una planta, dos ventanas y una pequeña entrada hacia la puerta principal, ahí vivió durante muchos años, junto a su familia, don Pablo C. Moreno, primer cronista oficial de la ciudad, recuerdo que con ese título se le conocía. Y al lado, estaba la casa donde vivieron mis papás en los primeros años de la década de los cincuenta. Ese es el lugar donde ocurrieron los hechos de la piedra golpeadora y las voces que exigían que mi mamá no me dejara llorar.

LA CALLE DE LAS SIRENAS
Eso parecía ser en aquellos años la avenida Abasolo, pero no porque allí se pudieran ver esos seres marinos mitológicos mitad mujer y mitad pez, no; era por el ulular de las sirenas del camión de los bomberos y de las ambulancias de la Cruz Roja que pasaban a toda velocidad por el bulevar Independencia, a veces, también, así anunciaban su llegada las patrullas a la antigua cárcel de la ciudad. Y en esos barrios transcurrieron los primeros años de la infancia de la niña que, conforme crecía, fue dejando de llorar.
Su abuelita vivía en la última cuadra de la avenida. Desde ahí se veía el amplio bulevar y, paralelo a éste, corría el antiguo Canal del Coyote, al que todos llamaban “el tajo”. A la niña le gustaba que su abuelita le contara cosas de difícil explicación que le hubieran sucedido en esas calles tan llenas de misteriosas energías revolucionarias.
Y su abuela le contaba que cuando su hijo era soltero y vivía en esa casa, a ella le angustiaba el hecho de que su hijo tenía que recorrer varias calles, tal vez no muy iluminadas, cuando ya tarde en la noche salía de trabajar del periódico a unas cuantas cuadras de la casa. Entonces ella lo esperaba en la puerta de la casa. Una de esas noches, mientras esperaba a su hijo, alcanzó a ver como si un resplandor emergiera desde el interior del tajo; aunque le pareció extraño, no le ocasionó ninguna inquietud, pero aquella luz avanzaba hacia el bulevar, como si fuera a atravesar esa avenida; y al aumentar su tamaño, iba tomando la forma de una silueta humana; la abuela se llenó de terror al ver que aquella figura flotaba en el aire y, sin dejarse paralizar por el miedo, entró de prisa a la casa, cerrando de golpe la puerta.
Al poco rato, cuando llegó su hijo y le contó lo sucedido, él mismo se llenó de temor al pensar que también podría vivir la misma experiencia y que, seguramente, ya no habría nadie esperando por él en la puerta de la casa.
Aunque la niña ya no era tan pequeña, le gustaba ir a la casa de su abuela y quedarse a dormir con ella los fines de semana. Se sentía bien ahí. Sin embargo, empezó a notar que algunas mañanas, al despertar y empezar a espabilarse, veía un grupo de esferas brillantes, color verde, como si danzaran en determinado ángulo del cuarto. Aquello le causaba extrañeza, no miedo, pero le parecía raro que aunque se cubriera los ojos, cuando volvía a abrirlos, las esferas seguían ahí, no estáticas, tenían cierto movimiento. Cuando esto se repitió en varias ocasiones, lo que hizo la niña fue pedirle a su mamá que la llevara con el oftalmólogo pues algo estaba pasando con sus ojos, leía tanto a su corta edad que, a lo mejor, ya padecía de vista cansada. Lógico, el médico no encontró nada anormal en su vista.

Esta es la antigua cárcel de la ciudad. Se encontraba sobre la avenida Abasolo, apenas pasando la Falcón. También, ahí estaba el Cuerpo de Bomberos. La foto muestra la inauguración del sitio en el año de 1945. A este lugar se dirigía mi papá durante la noche, para llevar la información de última hora al periódico en donde trabajó toda su vida: El Siglo de Torreón.


EL AGUA, LA SANGRE, LOS TESOROS Y OTRAS COSAS
Los ríos, las lagunas, el mar son escenarios en donde se desarrolla actividad paranormal, según cuentan las leyendas urbanas. Torreón estaba rodeada de agua, un gran asentamiento en la ribera de un río. El agua que corría por los tajos puede considerarse como un conductor de fuerzas paranormales. Quizás por eso se contaban tantas historias de hechos sobrenaturales en esos canales. Muchos eran los que gustaban de contar las escalofriantes experiencias que habían vivido al encontrarse con aquellas figuras espectrales que emanaban luz, casi siempre blanca.
Pero también se dice que la sangre joven derramada por hechos violentos, deja impregnado el suelo donde cayó de una energía estática, que puede seguir sintiéndose en el ambiente durante siglos. Apenas cuarenta años antes de los hechos inexplicables que ocurrían por aquellos barrios, la ciudad había sido escenario de cruentas batallas revolucionarias.
Y entre las historias que se contaban, se decía que muchos afortunados que tenían dinero que poner a salvo, sobre todo monedas y joyas, hacían entierros en lugares escogidos para ello, con la esperanza de que, una vez terminada la guerra, pudieran desenterrarlo y de nuevo disponer de aquello que les pertenecía. Y Torreón se convirtió en la ciudad de los tesoros enterrados. Por ejemplo, pudo ser en la calle Blanco, la avenida Abasolo o la calle Falcón, pero se aseguraba que alguno de los habitantes de una casa construida en una de esas calles, había encontrado un tesoro, lo cual les había permitido montar un negocio familiar que obtuvo prestigio en la ciudad.
Un fenómeno paranormal del que se habla mucho en estos tiempos, es el de los orbes. Esas esferas que mucha gente asegura ver flotando en algunos lugares; sobre todo, ahora las perciben mucho al ver fotografías y películas caseras tomadas con cámaras digitales. Pero aquella niña las veía solo en la casa de su abuela, en ciertos rincones; por ejemplo, ese donde ella tenía algo así como un pequeño altar; había algunas imágenes religiosas, era común que hubiera alguna veladora encendida consagrada a alguna de aquellas figuras; también era común escuchar a su abuela rezar con devoción antes de ir a dormir. Es más agradable pensar que aquellos orbes fueran la manifestación o señal de que en ese lugar había seres de luz, ángeles o los espíritus de almas buenas que eran atraídos por los rezos y la buena vibración de ese rincón de la casa. O ¿alguien estaría vigilando a la niña? ¿Alguien la protegería de alguna fuerza impura? Cuando la niña llegó a la pubertad, su vista mejoró, porque ya jamás volvió a ver a aquellas esferas danzarinas.
Los custodios y las semillas estelares. Una teoría lanzada por Dolores Cannon, regresionista estadounidense, fallecida hace poco tiempo.

La vieja casa de doña Inés Meléndez , viuda de don Ciro Meléndez. Ella se quedó como propietaria de la construcción que se ve colapsada. Viejas construcciones que se levantaron a las orillas del centro y a las orillas de los viejos canales. Pero ya se veía venir la modernidad, todo era cuestión de atravesar los inseguros puentes rumbo a las colonias de casas tipo americano. Esa era la señal del progreso. (Abasolo y Falcón)

 

GUADALAJARA EN UN LLANO, MEXICO EN UNA LAGUNA
Nací en una ribera del río Nazas, quién sabe qué tan vibrador sería, pero me tocó verlo llevar mucha agua, a veces amenazante, otras portando vida para aquellas tierras desérticas. Hace casi 44 años, cambié de laguna y vine a vivir a esta ciudad levantada sobre agua: lagos, canales, lagunas y hasta playas. Calles llenas de leyendas, en donde tal vez las voces de todos aquellos que las han caminado durante cientos de años, aún permanecen vibrando en el ambiente como macabras psicofonías, pero se confunden con la alharaca de las voces de los miles y miles que a diario transitan por esta enorme ciudad.
Y por aquí voy. Mientras me siento hostigada hasta el mareo por tanta historia plasmada en cada piedra, no dejo de pensar en el esplendor perdido de otra ciudad en donde, al caminar a plena luz del día, si se abre bien el oído, se podrán escuchar murmullos de lamentos de los ya desencarnados, aquellos que a lo largo de sus vidas plasmaron su energía en cada esfuerzo que hicieron por el progreso de Torreón, por La Laguna.

Otra de las viejas casas que aún quedan en esos viejos barrios. Calles llenas de gente y de vida hace más de sesenta años. Vecinos que se conocían de toda la vida. Cuando tengo oportunidad las vuelvo a recorrer, pero ahora lo que más se siente es el silencio y el abandono.

Cuadras que forman manzanas, en donde se contaba que había tesoros enterrados. Ahí estaba el por qué a los hechos inexplicables atribuidos a las almas en pena. (Casa de la familia Carranza García, Abasolo entre las calles Falcón y Blanco).

En esta cuadra se encontraba la casa en donde vivió mi abuelita casi hasta su muerte. Desde la puerta de su casa, veía emerger del tajo aquellas energías luminosas de forma humana. Por estas calles corrimos y convivimos los descendientes de las familias Carranza Martínez, Martínez Luna, Mesta Martínez, Reyes Rivera, Rivera Martínez, Rivera Mantilla, Iturriaga Cruz, García Carrillo. Carranza García y tantos otros cuyos nombres no recuerdo ahora.

 

 Algún domingo de la primavera de 1968. Casi para terminar la avenida Abasolo. Al fondo se pueden ver el Bulevar Independencia y las casas que se encontraban al cruzar el canal del Coyote. En la foto aparecemos: quien ha escrito este relato, Elba Valenzuela (estamos afuera de su casa) y Magdalena Rivera, mi hermana.

 

Esto no es Torreón. Esta foto muestra la Central de Bomberos y la Estaciòn de Policía “Eje Central”, que se encuentran a cuadra y media de mi casa. Tengo 38 años viviendo en el mismo lugar, pero estas estaciones de servicios ciudadanos se instalaron hace unos quince años los bomberos y unos diez la estación de policía. Con la explicación quiero aclarar que nosotros llegamos a vivir aquí poco más de veinte años antes de que se hicieran estas construcciones. Todo este entorno me recuerda a aquel que había en los alrededores de la casa en donde pasé tal vez mis primeros tres años de vida. Sí, el círculo siempre se cierra por donde comienza.

 

Lilia Rivera Mantilla, Ciudad de México, diciembre de 2017

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