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  • Jesús Marín Fotografia
Viernes, 09 Diciembre 2016 12:03

EL SENTIDO SOCIAL DE LA CULTURA

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Emanuel Alvarado
Quienes trabajamos alrededor y a favor de la cultura; es decir, los promotores culturales, más de una vez, si no es que muchas, a lo largo de nuestra vida nos preguntaremos si “vale la pena hacer ese esfuerzo ingrato de culturizar a otros” con lo que creemos sus vidas serán mejores: canto, danza, actuación, escritura, interpretación, lectura, plástica y un largo y profundo etcétera derivado de las Bellas Artes, la Tradición y las Costumbres que juntas forman un legado cultural que nos avala como una sociedad —digámoslo sin pretensiones— compleja en cuanto al conjunto de elementos, vastos y diversos, que nos van conformando desde que esa casualidad llamada Descubrimiento de América destapó la otra parte del planeta y cambió la idea de unos y otros sobre el mundo de manera inusitada y para siempre.


La respuesta a esa pregunta equívoca la hallamos todas la veces en el esperanzador espectáculo de las caras y la piel emocionadas del público que está formado por nuestro pueblo. La carita de una niña o una abuela ante un giro de danza o un canto. La sonrisa de un niño o la de un hombre bragado y recio con su rostro campesino debajo del sombrero riendo frente a los actores o escuchando un cuento… Sí, la emoción cultural se aparece en cada ser que es trastocado por los elementos del arte o las raíces de nuestro acervo cultural.
Es por eso que nos empeñamos en la dura batalla, para pensar sobre «¿Quién dijo que todo está perdido?» (lo digo con Mercedes Sosa, que lo dice a través de Fito Páez), o para hacer «un discurso sobre mi derecho a hablar» (expresado por Silvio Rodríguez). Sólo así puedo imaginar que Gerhart Münch se quedara en un pueblito (Tacámbaro) de Michoacán a vivir durante tantos años hasta su muerte. ¿Qué se tiene o qué se lleva en la sangre para ver lo que otros no aprecian o simplemente existen con ello a flor de piel, a flor de tierra como si nada? No lo sabemos, pero el resultado de cultivar, de cultivarse, de cultivarnos se nota en los niveles de consciencia social que se logra con el desarrollo del pensamiento crítico que generan la educación y la cultura en una nación.
Si pensamos en el desarrollo de la cultura, en un mapa que vaya desde Grecia antigua a Tenochtitlán, veremos que es la suma de ingenio y voluntad. Reflejo de inteligencias vivas, espíritu de progreso, venas enteras de ejercicios creativos que vislumbraban «otra forma de ser humano y libre» (Rosario castellanos).
Eso tienen en común los proyectos de LA CASA DEL ESCRITOR en Tacámbaro, Michoacán y la Universidad Popular de las Artes en Coquimbo, Chile; ser parte de la promotoría cultural de gran calado, aglutinamiento de muchas voluntades y vocaciones para generar y preservar la emoción cultural. Aquella que está presente en cada acto de traslación entre los artistas y los espectadores, entre los elementos de la tradición y las costumbres junto a cada ser humano que se regocije ante la «voluntad creadora» (Samuel Ramos) comunicada en poesía «de un alma a otra alma» (Octavio Paz). En cada esfuerzo humano que busca agrandar nuestro universo. La creación como aportación para generar cambios en la comunidad. Saber para ser, si no mejores, al menos distintos. La Belleza como sustitución de lo vulgar y lo grosero que resulta ir por ahí, por la vida, por el destino como un alma que da pena de tanta ignorancia que lleva arrastrando, de tanto polvo sin sentido acumulado.
¿Tendremos la voluntad, el arraigo, la creatividad y el talento para impulsar proyectos culturales y artísticos? El tiempo lo dirá. Por mi parte los invito a que hagamos comunidad en mi hogar: LA CASA DEL ESCRITOR. Que nos una la Literatura, que la lectura sea una fuente inagotable para nuestras charlas. Para que los sueños, que son los sueños de muchos otros se multipliquen y nos despierten de esta pesadilla que están provocando el consumo, la corrupción y la simulación política, local o global, en nuestra forma de vivir…
LA CASA DEL ESCRITOR abrirá sus puertas y sus páginas. Seremos muchas cosas y muchos actos que provoquen un cambio. Haremos comunidad. Seremos un centro de estudios sobre literatura y lectura. Queremos ser parte de una sociedad que aspire a ser distinta como distintas son las necesidades que tenemos para generar un cambio que devuelva, de verdad, la dignidad de las consciencias.
En cada ciudad de México existen los promotores culturales. Desde Tijuana a Mérida, desde Sinaloa a Veracruz todos luchan y perseveran para ofrecer espacios, eventos, actos que son verdaderos oasis en la tormenta de arenas movedizas en que han convertido, malos servidores públicos y mercenarios mercantilistas, casi todas las alternativas de educación, cultura, deporte, salud, vivienda, transporte y alimentación que teníamos.
Debemos devolver el sentido social de la cultura a su posición que, en México, dicho sea de paso es un derecho constitucional. Tratemos de resarcir el daño, el puñetazo, el terrible golpe asestado que representa la sustitución de políticas públicas culturales por la insípida evangelización audiovisual de televisoras e internet. El proceso parece irreversible ante los millones de smartphones sujetos en las manos de otros tantos seres humanos. ¿Sueño o utopía? ¿Idealismo? No. El cambio climático nos alcanzó, lo ha hecho la barbarie, la desertización del suelo lo hizo. Estamos ante un desastre de dimensiones jamás vistas. ¿Y qué creen?, la cultura, la educación y una vuelta de tuerca es lo único que podrá salvarnos.

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